
SEMANA SANTAVIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
- SEMANA SANTAVIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
- Primera parte:Liturgia de la palabra
- Tips Litúrgicos del Día
- Citas Bíblicas del Día
- Santo del Día
- Monicion de Entrada
- Monición a la Primera Lectura
- Primera Lectura del Día de Hoy
- Lectura del libro de Isaías 52, 13 -- 53, 12
- Salmo del Día de Hoy
- SALMO Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25
- Monición a la Segunda Lectura
- Segunda Lectura del Dia de Hoy
- Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
- ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Flp 2, 8-9
- Monición al Evangelio
- Evangelio del Día de Hoy
- Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 -- 19, 42Se apoderaron de Jesús y lo ataron
- Oración Universal
- Segunda parte:Adoración de la santa Cruz
- Himno a la Cruz
- Monición de Presentación de Ofrendas
- Tercera parte:Sagrada comunión
- Reflexión del día: La Cruz, el Misterio del Amor Llevado al Extremo
- Monición de despedida
- Referencias
1. La Iglesia, según la antigua tradición, ni hoy ni mañana celebra los sacramentos, excepto la Penitencia y la Unción de los enfermos.
2. En este día, la comunión se distribuye a los fieles únicamente en la celebración de la Pasión del Señor; a los enfermos que no pueden asistir a esta celebración, se les puede llevar la comunión en cualquier momento del día.
3. El altar debe estar totalmente despojado: sin cruz, sin candelabros y sin manteles.
Celebración de la Pasión del Señor
4. Después del mediodía, alrededor de las tres de la tarde, a no ser que alguna razón pastoral aconseje un horario más tardío, se realiza la celebración de la Pasión del Señor, que consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, Adoración de la Cruz, y Sagrada Comunión.
5. La celebración comienza en silencio. Si hay que decir algunas palabras de introducción, debe hacerse antes de la entrada de los ministros. El sacerdote y el diácono, revestidos con ornamentos rojos como para la Misa, se dirigen en silencio al altar, hacen reverencia y se postran rostro en tierra o, según las circunstancias, se arrodillan y oran en silencio. Todos los demás se ponen de rodillas.
6. Después, el sacerdote, con los ministros, se dirige a la sede y, vuelto hacia el pueblo, con las manos juntas, dice una de las dos oraciones siguientes, omitiendo la invitación Oremos.
Día de ayuno y abstinencia.
Primera parte:
Liturgia de la palabra
7. Todos toman asiento y se proclama la primera lectura, tomada de libro de Isaías (52, 13 53, 12) con el salmo correspondiente.
8. Sigue la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos (4, 14-16; 5, 7-9), y el canto antes del Evangelio.
9. Luego se lee la historia de la Pasión del Señor según san Juan (18, 1 - 19, 42), del mismo modo que el domingo precedente.
10. Concluida la lectura de la Pasión, hágase una breve homilía, y terminada ésta los fieles pueden ser invitados a hacer un tiempo de oración en silencio.
Tips Litúrgicos del Día
Día de ayuno y abstinencia.
- Color litúrgico: Rojo (representa la sangre de los mártires y la Pasión de Cristo).
- Ayuno y abstinencia: Es un día de penitencia obligatoria en toda la Iglesia universal.
- Ausencia de Eucaristía: Hoy no se celebra la Santa Misa. Se celebra la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor.
- Silencio y recogimiento: El altar debe estar completamente desnudo, sin cruz, sin candelabros y sin manteles.
Citas Bíblicas del Día
• Primera Lectura:Lectura del libro de Isaías 52, 13 -- 53, 12
• Salmo Responsorial: SALMO Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25
- Segunda Lectura del Dia: Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
Evangelio: Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 -- 19, 42
Santo del Día
Aunque el 3 de abril el Martirologio Romano recuerda a santos como San Ricardo de Chichester (obispo conocido por su profunda caridad y defensa de la fe en Inglaterra), en el Viernes Santo la liturgia de la Iglesia se centra única y exclusivamente en el misterio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Ninguna fiesta o memoria de santos puede opacar la inmensidad de la cruz en este día santo.
Monicion de Entrada
La profecía que estamos a punto de escuchar fue escrita por Isaías siglos antes de que Jesús caminara hacia el Calvario, y sin embargo, es de una precisión estremecedora. Nos presenta la figura del "Siervo Doliente", aquel que asume voluntariamente el castigo que nosotros merecíamos. Al escuchar esta lectura, no pensemos solo en un evento histórico del pasado, sino en nuestras propias cruces actuales. Ese Siervo desfigurado y humillado es el mismo Cristo que hoy carga con las heridas de nuestra sociedad, con nuestros dolores más íntimos y con las iniquidades del mundo entero, para transformarlas en gracia y redención.
Monición a la Primera Lectura
En esta penúltima etapa de nuestro camino cuaresmal, la liturgia nos presenta el Tercer Cántico del Siervo de Yahvé, una de las cumbres proféticas del libro de Isaías. Este texto no es solo una predicción histórica de los sufrimientos de Cristo, sino una hoja de ruta para todo aquel que enfrenta la adversidad manteniendo la fe.
El profeta nos describe a un hombre que tiene "lengua de discípulo" porque primero ha tenido un "oído de discípulo". Es la figura del justo que, en medio de los ultrajes, los golpes y la humillación, no retrocede ni se rebela, porque su seguridad no reside en sus propias fuerzas, sino en el auxilio del Señor Dios.
Para nosotros, que a menudo nos sentimos fatigados por las exigencias de la vida o heridos por la incomprensión de quienes nos rodean, estas palabras son un bálsamo. El Siervo nos enseña que la verdadera fortaleza nace de la confianza absoluta en Aquel que nos justifica. Escuchemos con atención esta profecía, que nos prepara para contemplar a Jesús como el Siervo que, por amor, endureció su rostro como el pedernal para caminar hacia la Cruz por nuestra salvación.
Primera Lectura del Día de Hoy
Él fue traspasado por nuestras rebeldías
Lectura del libro de Isaías 52, 13 -- 53, 12
Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. Así como muchos quedaron horrorizados a causa de Él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano, así también Él asombrará a muchas naciones, y ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán algo que nunca habían oído.
¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor?
Él creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada.
Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.
Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.
Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca.
El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado.
Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.
Palabra de Dios
R/ Te Alabamos Señor
Salmo del Día de Hoy
SALMO Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Yo me refugio en ti, Señor,
¡que nunca me vea defraudado!
Yo pongo mi vida en tus manos:
Tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Soy la burla de todos mis enemigos
y la irrisión de mis propios vecinos;
para mis amigos soy motivo de espanto,
los que me ven por la calle huyen de mí.
Como un muerto, he caído en el olvido,
me he convertido en una cosa inútil.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos
y de aquellos que me persiguen.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Que brille tu rostro sobre tu servidor,
sálvame por tu misericordia.
Sean fuertes y valerosos,
todos los que esperan en el Señor.
R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Monición a la Segunda Lectura
A veces podemos caer en la tentación de pensar que Dios está lejos de nuestro sufrimiento humano, que no comprende nuestras angustias. La Carta a los Hebreos viene a desmentir radicalmente esa idea. Se nos revela a Jesús como el Sumo Sacerdote perfecto, pero no uno distante o intocable, sino uno que experimentó en carne propia el miedo, el llanto y el dolor extremo. Él aprendió sufriendo lo que es la obediencia filial al Padre, y por eso es capaz de compadecerse profundamente de nuestras debilidades. Escuchemos cómo esta Palabra nos invita a acercarnos sin miedo y con total confianza al trono de la gracia divina.
Segunda Lectura del Dia de Hoy
Aprendió qué significa obedecer
y llegó a ser causa de salvación eterna
para todos los que le obedecen
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.
Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.
Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.
Palabra de Dios.
R/ Te Alabamos Señor
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Flp 2, 8-9
Cristo se humilló por nosotros
hasta aceptar por obediencia la muerte,
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el nombre que está sobre todo Nombre.
Monición al Evangelio
Llegamos al momento cumbre de la liturgia de la Palabra de hoy: la narración de la Pasión según el apóstol San Juan. A diferencia de los otros evangelistas, Juan —quien estuvo firme al pie de la cruz junto a la Virgen María— no nos muestra a un Jesús derrotado o víctima de las circunstancias, sino a un Rey soberano. Para San Juan, la Cruz no es un patíbulo de humillación, sino el trono de gloria desde donde Cristo reina, juzga y vence al mundo. Cada interrogatorio, cada azote y cada palabra pronunciada por Jesús es un testimonio vivo de la Verdad. Escuchemos de pie y en profundo recogimiento, dejando que este misterio de amor absoluto penetre nuestras entrañas.
Evangelio del Día de Hoy
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 -- 19, 42Se apoderaron de Jesús y lo ataron
C. Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar un huerto y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:
+ «¿A quién buscan?»
C. Le respondieron:
S.«A Jesús, el Nazareno.»
C. Él les dijo:
+ «Soy Yo.»
C. Judas, el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy Yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente:
+ «¿A quién buscan?»
C. Le dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Jesús repitió:
+ «Ya les dije que soy Yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan.»
C. Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro:
+ «Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre ?»
Llevaron primero a Jesús ante Anás
C. El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo.»
Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»
C. Él le respondió:
S. «No lo soy.»
C. Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió:
+ «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho.»
C. Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole:
S. «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?»
C. Jesús le respondió:
+ «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás
¿No eres tú también uno de sus discípulos? No lo soy
C. Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron:
S. «¿No eres tú también uno de sus discípulos?»
C. El lo negó y dijo:
S. «No lo soy.»
C. Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió:
S. «¿Acaso no te vi con él en la huerta?»
C. Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.
Mi realeza no es de este mundo
C. Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó:
S. «¿Qué acusación traen contra este hombre?»
C. Ellos respondieron:
S. «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado.»
C. Pilato les dijo:
S. «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen.»
C. Los judíos le dijeron:
S. «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie.»
C. Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:
S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»
C. Jesús le respondió:
+ «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»
C. Jesús respondió:
+ «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí.»
C. Pilato le dijo:
S. «¿Entonces Tú eres rey?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz.»
C. Pilato le preguntó:
S. «¿Qué es la verdad?»
C. Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?»
C. Ellos comenzaron a gritar, diciendo:
S. «¡A Él no, a Barrabás!»
C. Barrabás era un bandido.
¡Salud, rey de los judíos!
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto púrpura, y acercándose, le decían:
S. «¡Salud, rey de los judíos!»,
C. Y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo:
S. «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en Él ningún motivo de condena.»
C. Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato les dijo:
S. «¡Aquí tienen al hombre!»
C. Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron:
S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en Él ningún motivo para condenarlo.»
C. Los judíos respondieron:
S. «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque Él pretende ser Hijo de Dios.
C. Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús:
S. «¿De dónde eres Tú?»
C. Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo:
S. «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?»
C. Jesús le respondió:
+ «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave.»
¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!
C. Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban:
S. «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César.»
C. Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo, «Gábata.»
Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos:
S. «Aquí tienen a su rey.»
C. Ellos vociferaban:
S. «¡Sácalo! ¡Sácalo! ¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «¿Voy a crucificar a su rey?»
C. Los sumos sacerdotes respondieron:
S. «No tenemos otro rey que el César.»
Lo crucificaron, y con él a otros dos.
C. Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota.» Allí lo crucificaron; y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz.
Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas: "El rey de los judíos", sino: "Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos.
C. Pilato respondió:
S. «Lo escrito, escrito está.»
Se repartieron mis vestiduras
C. Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:
S. «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.»
C. Así se cumplió la Escritura que dice: "Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica". Esto fue lo que hicieron los soldados.
Aquí tienes a tu hijo. Aquí tienes a tu madre
C. Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo:
+ «Mujer, aquí tienes a tu hijo.»
C. Luego dijo al discípulo:
+ «Aquí tienes a tu madre.»
C. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.
Todo se ha cumplido
C. Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:
+ «Tengo sed.»
C. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:
+ «Todo se ha cumplido.»
C. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.
En seguida brotó sangre y agua
C. Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a Él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: "No le quebrarán ninguno de sus huesos". Y otro pasaje de la Escritura, dice: "Verán al que ellos mismos traspasaron".
Envolvieron con vendas el cuerpo de Jesús,
agregándole la mezcla de perfumes
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.
Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.
En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús
Palabra del Señor.
R/ Gloria a Ti Señor Jesus
Oración Universal
11. La Liturgia de la Palabra concluye con la oración universal que se hace de este modo: el diácono o, en su ausencia, un laico, desde el ambón, dice la invitación que expresa la intención; después todos oran en silencio durante unos momentos y, seguidamente, el sacerdote, desde la sede o, si parece más oportuno, desde el altar, con las manos extendidas, reza la oración. Los fieles pueden permanecer de rodillas o de pie durante toda la oración.
12. También puede conservarse la costumbre antigua de alternar la postura de los fieles, para lo cual el diácono, después de la monición, dice Nos ponemos de rodillas, permaneciendo todos en esa posición, en silencio, hasta que el diácono invita diciendo Nos ponemos de pie, para escuchar la oración que pronuncia el sacerdote.
Las Conferencias Episcopales pueden establecer otras invitaciones para introducir la oración del sacerdote.
13. Ante una grave necesidad pública, el Obispo diocesano puede permitir o mandar que se añada una intención especial.
- I. Por la santa Iglesia
Oremos, queridos hermanos, por la santa Iglesia de Dios,
que nuestro Dios y Señor le conceda la paz y la unidad,
se digne protegerla en toda la tierra,
y nos conceda glorificarlo
con una vida calma y serena.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que en Cristo has revelado tu gloria a todas las naciones:
protege la obra de tu misericordia,
para que la Iglesia, extendida por toda la tierra,
persevere con fe inquebrantable
en la confesión de tu Nombre.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén. - II. Por el Papa
Oremos también por nuestro santo Padre, el Papa N.,
para que Dios nuestro Señor,
que lo llamó al orden episcopal,
lo asista y proteja en bien de su Iglesia,
para gobernar al pueblo santo de Dios.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
con tu sabiduría ordenas todas las cosas;
escucha nuestra oración y protege con amor al Papa que nos diste,
para que el pueblo cristiano que tú gobiernas
progrese siempre en la fe, guiado por su pastor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén. - III. Por el pueblo de Dios y sus ministros
Oremos también por nuestro obispo N.*,
por todos los obispos, presbíteros y diáconos de la Iglesia,
y por todo el pueblo santo de Dios.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que con tu Espíritu santificas y gobiernas a la Iglesia,
escucha nuestras súplicas por tus ministros
para que, con ayuda de la gracia, todos te sirvan con fidelidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén. - IV. Por los catecúmenos
Oremos también por (nuestros) los catecúmenos:
que Dios nuestro Señor abra los oídos de sus corazones
y les manifieste su misericordia,
de manera que, perdonados sus pecados
por medio del agua bautismal,
sean incorporados a Jesucristo.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que fecundas sin cesar a tu Iglesia con nuevos miembros;
acrecienta la fe y la sabiduría de (nuestros) los catecúmenos,
para que, renacidos en la fuente bautismal,
sean contados entre tus hijos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén. - V. Por la unidad de los cristianos
Oremos también por todos nuestros hermanos que creen en Cristo;
para que Dios nuestro Señor reúna y conserve en su única Iglesia
a quienes procuran vivir en la verdad.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que congregas a quienes están dispersos
y conservas en la comunión a quienes ya están unidos,
mira con bondad el rebaño de tu Hijo,
para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad
reúnan a los que han sido consagrados por el único bautismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén - VI. Por los Judíos
Oremos también por el pueblo judío,
a quien Dios nuestro Señor habló primero,
para que se acreciente en ellos el amor de su Nombre
y la fidelidad a su alianza.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que confiaste tus promesas a Abraham y a su descendencia,
escucha con bondad las súplicas de tu Iglesia,
para que el pueblo de la primera Alianza
llegue a la plenitud de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén - VII. Por quienes no creen en Cristo
Oremos igualmente por quienes no creen en Cristo,
para que, iluminados por el Espíritu Santo,
ellos también puedan encontrar el camino de la salvación.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
concede a quienes no creen en Cristo
que, viviendo en tu presencia con sinceridad de corazón,
encuentren la verdad;
y a nosotros, danos progresar en la caridad fraterna
y en el deseo de conocerte mejor
para ser, ante el mundo, testigos más auténticos de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén
VIII. Por quienes no creen en Dios
Oremos también por quienes no conocen a Dios,
para que, buscando con sinceridad lo que es recto,
puedan llegar hasta él.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno:
tú has creado al hombre para que te buscara con ansia
y hallara reposo al encontrarte;
concede que todos, aun en medio de las dificultades,
por los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes,
se alegren al reconocerte como único Dios verdadero
y Padre de todos los hombres.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén
IX. Por los gobernantes
Oremos también por los gobernantes de las naciones,
para que Dios nuestro Señor
guíe sus mentes y sus corazones, según su voluntad,
hacia la paz verdadera y la libertad de todos.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
en cuyas manos están los corazones de los hombres
y los derechos de las naciones,
asiste con bondad a nuestros gobernantes
para que, con tu protección, afiancen en toda la tierra
la prosperidad de los pueblos, la paz duradera y la libertad religiosa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén. - X. Por los que sufren
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso
por todos los que sufren las consecuencias del pecado en el mundo,
para que aleje las enfermedades, alimente a los que tienen hambre,
redima a los encarcelados, libere de la injusticia a los oprimidos,
dé seguridad a los viajeros, conceda el regreso a los ausentes,
la salud a los enfermos y la salvación a los moribundos.
Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
consuelo de los afligidos y fuerza de los atribulados;
lleguen hasta ti las súplicas de los que te invocan
en cualquier necesidad,
para que puedan alegrarse al experimentar
la cercanía de tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén
Segunda parte:
Adoración de la santa Cruz
14. Concluida la oración universal, se realiza la solemne adoración de la santa Cruz. De las dos formas que se proponen a continuación para mostrar la cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada, de acuerdo con las circunstancias.
Presentación de la santa Cruz
Primera forma
15. El diácono u otro ministro idóneo lleva procesionalmente la Cruz, cubierta con un velo morado, por la iglesia hasta el medio del presbiterio, acompañado por dos ministros con cirios encendidos. El sacerdote, de pie ante el altar, recibe la cruz y, descubriéndola en la parte superior, la eleva, invitando a los fieles a adorar la Cruz, con las palabras Este es el árbol de la Cruz, ayudado en el canto por el diácono o si es necesario por el coro. Todos responden Vengan y adoremos. Acabada la aclamación, todos se arrodillan y adoran en silencio, durante unos momentos, la Cruz que el sacerdote, de pie, mantiene en alto.
- Este es el árbol de la Cruz
donde estuvo suspendida
la salvación del mundo.
Todos responden: Vengan y adoremos.
Luego, el sacerdote descubre el brazo derecho de la Cruz y, elevándola nuevamente, comienza la invitación Este es el árbol de la Cruz, como en la primera vez.
Finalmente, descubre totalmente la Cruz y, elevándola, comienza por tercera vez la invitación Este es el árbol de la Cruz, y se hace como en la primera vez.
Segunda forma
16. El sacerdote o el diácono, con los ministros, u otro ministro idóneo, se dirige a la puerta de la iglesia donde toma la Cruz descubierta. Desde allí, se hace la procesión por la iglesia hacia el presbiterio, acompañado por dos ministros con cirios encendidos. Cerca de la puerta, en medio del templo y antes de ingresar al presbiterio, el que lleva la Cruz la eleva y dice la invitación Este es el árbol de la Cruz, a la que todos responden Vengan y adoremos. Después de cada respuesta, todos se arrodillan y adoran en silencio, como se ha indicado antes.
Adoración de la santa Cruz
17. Después, acompañado por dos ministros con cirios encendidos, el sacerdote lleva la cruz hasta el ingreso del presbiterio o a otro lugar apto, y allí la coloca o la entrega a los ministros para que la sostengan, dejando los cirios a ambos lados de la Cruz.
18. Para adorar la Cruz, se acerca primero el sacerdote, habiéndose quitado la casulla y el calzado, si es oportuno. Después se acercan procesionalmente el clero, los ministros laicos y los fieles, y veneran la Cruz con una genuflexión simple o con algún otro signo adecuado según la costumbre del lugar, por ejemplo, besando la cruz.
19. Para la adoración sólo debe haber una única Cruz. Si por la gran cantidad de participantes en la celebración, no todos pueden acercarse individualmente, el sacerdote, después que parte del clero y de los fieles ha hecho la adoración, toma la Cruz y, de pie ante el altar, invita al pueblo con breves palabras a adorarla. Luego levanta la Cruz en alto durante unos momentos y los fieles la adoran en silencio.
20. Mientras se realiza la adoración de la Cruz, se canta la antífona Señor, adoramos tu Cruz, los Improperios, el himno Esta es la Cruz de nuestra fe, u otro canto adecuado. Los fieles, luego de venerar la Cruz, regresan a sus lugares y se sientan.
Cantos para la adoración de la santa CruzAntífona
Señor, adoramos tu Cruz,
alabamos y glorificamos tu santa Resurrección.
Porque gracias al árbol de la Cruz
el gozo llegó al mundo entero.
Cf. Sal 66, 2
V. El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros.
Y se repite la antífona: Señor, adoramos tu Cruz,...
Improperios
Las partes que corresponden al primer coro se indican con el número 1; las que corresponden al segundo, con el número 2; las partes que deben ser cantadas por ambos coros se indican con los números 1 y 2. También pueden cantarlos dos cantores.
I
1 y 2: ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
1.Yo te saqué de Egipto;
tú preparaste una cruz para tu Salvador.
1.Hágios o Theós.
2.Santo es Dios.
1.Hágios Ischyrós.
2.Santo y Fuerte.
1.Hágios Athánatos, eléison himás.
2.Santo e Inmortal, ten piedad de nosotros.
1 y 2:Yo te guié cuarenta años por el desierto,
te alimenté con el maná,
te introduje en una tierra excelente;
tú preparaste una Cruz para tu Salvador.
1. Hágios o Theós.
2. Santo es Dios.
1. Hágios Ischyrós.
2. Santo y Fuerte.
1. Hágios Athánatos, elèison himás.
2. Santo e Inmortal, ten piedad de nosotros.
1 y 2: ¿Qué más pude hacer por ti?
Yo te planté como viña mía
escogida y hermosa.
¡Qué amarga te has vuelto!
Para mi sed me diste vinagre,
con la lanza traspasaste el costado de tu Salvador.
1. Hágios o Theós.
2. Santo es Dios.
1. Hágios Ischyrós.
2. Santo y Fuerte.
1. Hágios Athánatos, eléison himás.
2. Santo e Inmortal, ten piedad de nosotros.
II
Cantores
Yo por ti azoté a Egipto y a sus primogénitos;
tú me entregaste para que me azotaran.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo te saqué de Egipto,
sumergiendo al Faraón en el Mar Rojo;
tú me entregaste a los sumos sacerdotes.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo abrí el mar delante de ti;
tú, con una lanza, abriste mi costado.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo te guiaba como una columna de nubes;
tú me guiaste al pretorio de Pilato.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo te sustenté con maná en el desierto;
tú me abofeteaste y me azotaste.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo te di a beber el agua salvadora
que brotó de la peña;
tú me diste a beber hiel y vinagre.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo por ti herí a los reyes cananeos;
tú me heriste la cabeza con la caña.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo te di un cetro real;
tú me pusiste una corona de espinas.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Cantores
Yo te levanté con gran poder;
tú me colgaste del patíbulo de la Cruz.
1 y 2. ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
¡Respóndeme!
Himno a la Cruz
Todos:
Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles:
ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.
¡Árbol precioso, benditos clavos, que llevan tan dulce carga!
Cantores:
Que canten nuestras voces la victoria de este glorioso combate;
que celebren el triunfo de Cristo en el nuevo trofeo de la cruz,
donde el Redentor del mundo se inmoló como vencedor.
Todos:
Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles:
ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.
Cantores:
El Creador tuvo compasión de Adán, nuestro padre pecador,
que al comer el fruto prohibido se precipitó hacia la muerte;
y para reparar los daños de ese árbol, Dios eligió el árbol de la Cruz.
Todos:
¡Árbol precioso, benditos clavos, que llevan tan dulce carga!
Cantores:
En el plan de nuestra salvación estaba previsto de antemano
que los engaños del demonio fueran desbaratados por Dios,
sacando el remedio de un árbol, así como de un árbol vino el mal.
Todos:
Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles:
ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.
Cantores:
Por eso, cuando se cumplió el tiempo señalado por Dios,
el Padre envió desde el Cielo a su Hijo creador del mundo,
y éste revistiéndose de nuestra carne nació del seno de la Virgen
Todos:
¡Árbol precioso, benditos clavos, que llevan tan dulce carga!
Cantores:
Llora y gime el niño, recostado en estrecho pesebre;
la Virgen Madre lo envuelve con unos pobres pañales,
y así quedan atados las manos y los pies de un Dios.
Todos:
Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles:
ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.
Cantores:
Al cumplir los treinta años de su vida en este mundo,
el Redentor se entregó libremente para sufrir su Pasión:
como un cordero fue elevado en la cruz, inmolándose por todos.
Todos:
¡Árbol precioso, benditos clavos, que llevan tan dulce carga!
Cantores:
Cuando ya estaba agotado, le dieron a beber hiel;
las espinas, los clavos y la lanza traspasaron su bendito cuerpo,
haciendo manar el agua y la sangre
que lavan la tierra, el mar y los astros.
Todos:
Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles:
ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.
Cantores:
Doblega tus ramas, árbol altivo, ablanda tus tensas fibras,
suaviza la rigidez que te dio la naturaleza,
y ofrece un apoyo más suave a los miembros del Rey celestial.
Todos:
¡Árbol precioso, benditos clavos, que llevan tan dulce carga!
Cantores:
Tú sólo fuiste digno de llevar la Víctima del mundo;
tú eres el arca que nos conduce al puerto de la salvación;
tú fuiste empapado en la sangre divina
brotada del cuerpo del Cordero.
Todos:
Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles:
ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.
La conclusión nunca debe omitirse:
Todos:
¡Demos gloria eterna a la santa Trinidad!
¡Gloria igual al Padre y al Hijo, gloria al Espíritu Santo!
Que todos celebren el nombre de un solo Dios en tres personas.
Amén.
20 bis. Según la tradición y costumbre del lugar, y si pastoralmente parece oportuno, puede cantarse el himno Stabat Mater o algún otro canto alusivo conmemorando los dolores de la Santísima Virgen.
Memoria de los dolores de la Santísima Virgen María
Junto a la Cruz
Según una antigua tradición, en la tarde del viernes santo se realizaba en nuestras iglesias un piadoso ejercicio en memoria de los dolores sufridos por la Santísima Virgen María junto a la cruz de su Hijo y de su estado de profunda soledad después de la muerte de Jesús.
Donde se considere oportuno conservar este ejercicio tradicional, realícese de tal manera que, en su forma exterior, en el tiempo elegido y en otras particularidades, de ningún modo reste importancia a la solemne acción litúrgica con que la Iglesia celebra en este día la Pasión y la Muerte del Señor.
En lugar del piadoso ejercicio tradicional, será más conveniente insertar la memoria del dolor de María en la misma acción litúrgica con la que se celebra la Pasión del Señor; de esta manera aparecerá con más evidencia que la Virgen María está unida indisolublemente a la obra de salvación realizada por su Hijo.
Después de la adoración de la cruz, el celebrante se dirige brevemente a los fieles con estas palabras u otras semejantes:
Queridísimos hermanos:
Hemos adorado solemnemente la Cruz, en la cual nuestro Señor Jesucristo, muriendo, redimió al género humano.
También María estaba junto a la Cruz del Hijo, por voluntad de Dios Padre. Sobre todo en aquel momento, la espada profetizada por Simeón le traspasó el alma; y aquella fue la hora de la cual le había hablado Jesús en Caná.
Junto a la Cruz, la Madre fuerte en el inmenso dolor que sufría con su Hijo único, asociándose con ánimo maternal a su sacrificio, compartió amorosamente la inmolación y aceptó del Hijo moribundo, como testamento de la caridad divina, ser la Madre de todos los hombres.
Así, María, la nueva Eva, sostenida por la fe, fortalecida por la esperanza y llena de amor, llegó a ser modelo para toda la Iglesia. Por tanto, adorando el eterno plan de Dios Padre, nosotros que hemos celebrado la memoria de la Pasión del Hijo, recordamos también el dolor de la Madre.
Después de la introducción, el diácono, o el mismo sacerdote, invita a los fieles a recogerse en silenciosa plegaria.
Después de la pausa de silencio, pueden cantarse algunas estrofas del Stabat Mater u otro canto que sea realmente adecuado a esta celebración por el contenido, expresión literal y musical.
21. Finalizada la adoración, el diácono o un ministro coloca la Cruz delante del altar o sobre él. Junto a la Cruz, se colocan dos velas.
Monición de Presentación de Ofrendas
Monición de Presentación de Ofrendas (Colecta por los Santos Lugares)
Como bien sabemos, en este Viernes Santo la Iglesia no celebra la Eucaristía, por lo que hoy no presentaremos el pan y el vino sobre el altar. Sin embargo, la liturgia nos llama a una caridad concreta y tangible a través de la Colecta Pontificia por los Santos Lugares. Hoy nuestra ofrenda económica es un abrazo solidario a nuestros hermanos cristianos que custodian la tierra donde Jesús nació, vivió, murió y resucitó. Con nuestra generosidad, ayudamos a mantener vivas las escuelas, parroquias y obras sociales de la Iglesia en Tierra Santa, apoyando a una comunidad que a menudo sufre marginación, guerra y dificultad. Seamos reflejo del amor de Cristo con nuestra ayuda.
Tercera parte:
Sagrada comunión
22. Sobre el altar se extiende el mantel y se colocan el corporal y el Misal. Luego el diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, con el velo humeral trae el Santísimo Sacramento desde el lugar de la reserva por el camino más breve, mientras todos permanecen de pie y en silencio. Dos ministros acompañan al Santísimo Sacramento con cirios encendidos, que colocan junto al altar o sobre el mismo.
Una vez colocado el Santísimo Sacramento sobre el altar y descubierto el copón, el sacerdote se acerca, hace genuflexión y sube al altar.
23. El sacerdote, con las manos juntas, dice en alta voz:
Fieles a la recomendación del Salvador
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:
El sacerdote con las manos extendidas continúa junto con el pueblo:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
24. El sacerdote, con las manos extendidas, prosigue él solo:
Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.
Junta las manos.
El pueblo concluye la oración, aclamando:
Tuyo es el reino,
tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
25. A continuación el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto:
Señor Jesucristo,
la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre
no sea para mí un motivo de juicio y condenación,
sino que, por tu piedad,
sirva para defensa de alma y cuerpo
y como remedio saludable.
26. El sacerdote hace genuflexión, toma una hostia consagrada y, sosteniéndola un poco elevada sobre el copón, la muestra al pueblo diciendo:
Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Y, juntamente con el pueblo, añade:
Señor, no soy digno
de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya
bastará para sanarme.
27. Y comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo, diciendo en voz baja: El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna.
28. Después distribuye la comunión a los fieles. Durante la comunión se puede cantar el Salmo 21 u otros cantos apropiados.
29. Concluida la distribución de la comunión, el diácono o un ministro idóneo lleva el copón al lugar preparado especialmente fuera de la iglesia, o bien si lo exigen las circunstancias, es colocado en el sagrario.
30. Después el sacerdote dice: Oremos; según las circunstancias, se hace una pausa de sagrado silencio; luego el sacerdote dice la siguiente oración:
Dios todopoderoso y eterno,
tú nos has redimido
por la santa muerte y la resurrección de Jesucristo;
mantén viva en nosotros la obra de tu misericordia
para que, por la participación de este misterio,
permanezcamos dedicados a tu servicio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
31. Para despedir al pueblo, el diácono o en su defecto el mismo sacerdote puede invitar con estas palabras: Inclinémonos para recibir la bendición.
Luego el sacerdote, de pie y mirando hacia el pueblo, con las manos extendidas sobre él, dice la siguiente oración sobre el pueblo:
Te pedimos, Señor,
que descienda una abundante bendición sobre tu pueblo,
que ha recordado la muerte de tu Hijo
con la esperanza de su Resurrección.
Llegue a él tu perdón, concédele tu consuelo,
acrecienta su fe y asegúrale la eterna salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
32. Después de hacer genuflexión delante de la cruz, se retiran todos en silencio.
33. Luego de la celebración se despoja el altar, quedando solamente la Cruz y los dos o cuatro candeleros.
34. Los que han participado de la solemne acción litúrgica de la tarde no celebran el Oficio de Vísperas.
Reflexión del día: La Cruz, el Misterio del Amor Llevado al Extremo
Al adentrarnos en las lecturas de este Viernes Santo del 2026, nos enfrentamos cara a cara con el misterio más insondable del cristianismo. La Pasión de Cristo, narrada tan vívidamente por San Juan, no es simplemente el relato de un error judicial o de la crueldad humana. Es, ante todo, la revelación definitiva de quién es Dios.
A menudo, nuestra sociedad moderna huye del dolor. Nos escondemos de la enfermedad, evitamos las conversaciones difíciles y buscamos consuelos pasajeros para silenciar nuestras angustias interiores. Para la madre que llora por el futuro de sus hijos, para el padre de familia abrumado por las deudas, o para el joven que siente un vacío existencial inmenso frente a su futuro profesional, el Viernes Santo parece, a primera vista, un día de oscuridad. Sin embargo, es precisamente aquí donde encontramos la verdadera luz.
El Siervo Doliente que Entiende tu Dolor
La primera lectura de Isaías nos presenta un Mesías que no es ajeno a nuestras batallas. Él es el "varón de dolores, conocedor del sufrimiento". La doctrina de la Iglesia nos enseña que Cristo, al asumir nuestra naturaleza humana, asumió también todo nuestro sufrimiento. El Papa San Juan Pablo II, en su carta apostólica Salvifici Doloris, nos recuerda que "Cristo ha elevado el sufrimiento humano al nivel de la redención" (Juan Pablo II, 1984, p. 19).
Esto significa que cuando te sientes traicionado por un amigo, incomprendido en tu matrimonio o atrapado en la ansiedad, no estás gritando al vacío. Jesús en el Huerto de los Olivos y en el "Enlosado" de Pilato, ya experimentó esa soledad extrema. Él entiende la angustia del trabajador injustamente tratado, porque Él mismo fue juzgado con falsedad.
La Verdad Frente al Mundo Moderno
En el evangelio, hay un diálogo fascinante y desgarrador entre Jesús y Pilato. Pilato pregunta, con escepticismo cínico: "¿Y qué es la verdad?". Esta es la misma pregunta que resuena en nuestra cultura contemporánea, sumergida en el relativismo. Muchos buscan respuestas en filosofías de moda, en el éxito profesional o en gurús de autoayuda, sintiéndose cada vez más vacíos.
El Papa Benedicto XVI profundizó magistralmente en este encuentro, señalando que la verdad no es un concepto abstracto, sino una Persona: Jesucristo (Ratzinger, 2011, p. 222). Jesús responde a Pilato y al mundo moderno no con un argumento filosófico, sino entregando su vida. Su reino no es de este mundo, no se impone por la fuerza de las armas, sino por el poder irresistible del amor que se deja traspasar en la cruz.
Del Miedo a la Confianza
La carta a los Hebreos nos exhorta a acercarnos "confiadamente al trono de la gracia". Hoy, el madero de la cruz es ese trono. No importa cuán lejos te sientas de Dios, no importa el peso de las malas decisiones de tu pasado; de su costado abierto brotan sangre y agua, símbolos de los sacramentos de la Eucaristía y el Bautismo, signos de su misericordia inagotable (Catecismo de la Iglesia Católica, 1992, n. 1225).
En este Viernes Santo, detente. Apaga las notificaciones. Mira un crucifijo. Ahí está tu valor. Vales la sangre del Hijo de Dios. Deja que esa certeza empape tus heridas y te prepare para la esperanza invencible que, aunque hoy descansa en el sepulcro, estallará de vida en la mañana de Pascua.
Monición de despedida
Hemos contemplado la muerte del Señor, pero sabemos que la historia de la salvación no termina aquí. Notarán que esta celebración concluye de una manera abrupta, sin la bendición final ni el canto de salida tradicional. Este silencio litúrgico simboliza el luto, el dolor y la espera; es un puente espiritual que nos conecta directamente con la solemne Vigilia Pascual. Nos retiramos hoy en paz, pero manteniendo un recogimiento profundo en nuestros hogares. Acompañemos a la Virgen María en su doloroso silencio, guardando en nuestro corazón la esperanza invencible de que la muerte ha sido vencida. Podéis ir en paz.
Referencias
Textos litúrgicos tomados fielmente del Leccionario Católico (Conferencia Episcopal), de acuerdo al repositorio: https://curas.com.ar/wp/libros-liturgicos/
Catecismo de la Iglesia Católica. (1992). La celebración del misterio cristiano. Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p2s2c1a1_sp.html
Juan Pablo II. (1984). Carta Apostólica Salvifici Doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano. Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_letters/1984/documents/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris.html
Ratzinger, J. (Benedicto XVI). (2011). Jesús de Nazaret: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Ediciones Encuentro. https://edicionesencuentro.com/libro/jesus-de-nazaret-ii/
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