
- Tips Litúrgicos del Día
- Citas Bíblicas del Día
- Santo del Día: Solemnidad del Domingo de Corpus Christi (Ciclo A)
- Monición de Entrada
- Monición a la Primera Lectura
- Primera Lectura
- Salmo Responsorial
- Monición a la Segunda Lectura
- Segunda Lectura
- Monición del Evangelio
- SECUENCIA
- Evangelio del día
- Oración de los Fieles
- Monición de Presentación de Ofrendas
- Oración de Comunión Espiritual
- Reflexión del día
- Monición de despedida
- Referencias
- Moniciones al Domingo X del Tiempo Ordinario
OJO: Si en tu País no celebran Corpus este domingo podrás encontrar las moniciones del Domingo X del Tiempo Ordinario día al Final de este artículo
Tips Litúrgicos del Día
- Color Litúrgico: Blanco o dorado. Simboliza la alegría, la pureza y la gloria de Cristo resucitado, colores propios de las fiestas del Señor y solemnidades, reflejando la majestuosidad y la santidad de la presencia eucarística.
- Foco de Meditación: La presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como alimento para la vida eterna y principio de unidad para la Iglesia.
- Actitud Espiritual: Adoración profunda y agradecimiento por el don de la Eucaristía, viviendo la comunión con Cristo y los hermanos en la vida familiar y laboral, siendo "pan partido" para los demás.
Citas Bíblicas del Día
- Primera Lectura: Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a ()
- Salmo Responsorial: 147, 12-15. 19-20
- Segunda Lectura: Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 16-17 ()
- Evangelio del Día: Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58 ()
Santo del Día: Solemnidad del Domingo de Corpus Christi (Ciclo A)
La Solemnidad de Corpus Christi, o Cuerpo y Sangre de Cristo, es una celebración que hunde sus raíces en la profunda fe de la Iglesia en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Su historia es un testimonio conmovedor de cómo la devoción popular y el discernimiento teológico se entrelazan para enriquecer la liturgia. Sus orígenes se remontan al siglo XIII, impulsados por la visión y la profunda piedad de Santa Juliana de Cornillón, una monja agustina de Lieja, Bélgica. Desde joven, Juliana tuvo una visión recurrente de una luna llena con una mancha oscura, que interpretó como la ausencia de una fiesta dedicada específicamente al Santísimo Sacramento, a pesar de que la Eucaristía era el centro de la vida cristiana. Su incansable labor y su pasión por la Eucaristía llevaron a que, en 1246, el obispo de Lieja instituyera la fiesta en su diócesis.
Un evento milagroso conocido como el Milagro de Bolsena en 1263, en el que una hostia consagrada sangró durante la celebración de la Misa por un sacerdote que dudaba de la transubstanciación, reforzó la necesidad de esta solemnidad. La noticia de este prodigio llegó al Papa Urbano IV, quien se encontraba cerca en Orvieto. Conmovido por el milagro y recordando la petición de Santa Juliana, el Papa Urbano IV extendió la fiesta de Corpus Christi a toda la Iglesia universal en 1264 mediante la bula "Transiturus de hoc mundo". Este acto papal fue un hito fundamental, consolidando la celebración que hoy conocemos. La solemnidad no solo es un recordatorio de la Última Cena, sino una afirmación jubilosa del misterio central de nuestra fe: que Jesús es el "pan vivo bajado del cielo", su Cuerpo y Sangre, alimento de vida eterna para la humanidad. Es una invitación perpetua a la adoración, a la comunión profunda y a reconocer en este sacramento la fuente inagotable de nuestra salvación y la promesa de la vida inmortal. Es la culminación del amor de Dios hecho presente, visible y palpable en el altar, que nutre y sostiene nuestro peregrinar hacia el Padre.
Monición de Entrada
Hermanos y hermanas en Cristo, bienvenidos a esta celebración gozosa de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Hoy la Iglesia universal se une para proclamar con fe inquebrantable el misterio sublime de la Eucaristía. Es el día en que adoramos a Jesús realmente presente entre nosotros, no solo en espíritu, sino en Su Cuerpo y Sangre, bajo las especies del pan y del vino. Esta solemnidad nos invita a recordar el largo camino de la fe, como el pueblo de Israel en el desierto, y a reconocer en Jesús el verdadero maná, el alimento que nos sustenta para la vida eterna. Abramos nuestros corazones para recibir este don inmenso y para renovar nuestro compromiso de ser uno con Él y entre nosotros.
Monición a la Primera Lectura
Escuchemos ahora la Palabra de Dios del libro del Deuteronomio. Esta lectura nos transporta al desierto, donde Dios puso a prueba a su pueblo, pero también lo alimentó con el maná. Nos recuerda que el Señor no solo prueba nuestra fe, sino que también nos provee el alimento necesario para el camino, enseñándonos a confiar plenamente en Él.
Primera Lectura
Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a ()
Moisés habló al pueblo diciendo:
«Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el
desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para
conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus
mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná,
ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no
vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
No olvides al Señor, tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de
esclavitud, y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes
abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra
sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te
alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres.»
Salmo Responsorial
147, 12-15. 19-20
R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!
O bien:
Aleluia.
¡Glorifica al Señor, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión!
El reforzó los cerrojos de tus puertas
y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.
El asegura la paz en tus fronteras
y te sacia con lo mejor del trigo.
Envía su mensaje a la tierra,
su palabra corre velozmente. R.
Revela su palabra a Jacob,
sus preceptos y mandatos a Israel:
a ningún otro pueblo trató así
ni le dio a conocer sus mandamientos. R.
Monición a la Segunda Lectura
De la Primera Carta a los Corintios, el apóstol Pablo nos invita a contemplar la Eucaristía como el sacramento de la unidad. El pan que compartimos y el cáliz que bendecimos nos hacen partícipes del Cuerpo y la Sangre de Cristo, transformándonos en un solo cuerpo, en una sola comunidad de fe.
Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 16-17 ()
Hermanos:
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de
Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que
hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo,
porque participamos de ese único pan.
Monición del Evangelio
Nos ponemos de pie para escuchar la proclamación del Santo Evangelio, Palabra viva de Jesús. En este texto de San Juan, el Señor se presenta a sí mismo como el "Pan de Vida" que ha bajado del cielo, un alimento que nos da la vida eterna. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón para acoger esta verdad que nos sostiene y nos salva.
SECUENCIA
Esta secuencia es optativa y puede decirse íntegra desde * Este es el pan de los ángeles.
Glorifica, Sión, a tu Salvador,
aclama con himnos y cantos
a tu Jefe y tu Pastor.
Glorifícalo cuanto puedas,
porque Él está sobre todo elogio
y nunca lo glorificarás bastante.
El motivo de alabanza
que hoy se nos propone
es el pan que da la vida.
El mismo pan que en la Cena
Cristo entregó a los Doce,
congregados como hermanos.
Alabemos ese pan con entusiasmo,
alabémoslo con alegría,
que resuene nuestro júbilo ferviente.
Porque hoy celebramos el día
en que se renueva la institución
de este sagrado banquete.
En esta mesa del nuevo Rey,
la Pascua de la nueva alianza
pone fin a la Pascua antigua.
El nuevo rito sustituye al viejo,
las sombras se disipan ante la verdad,
la luz ahuyenta las tinieblas.
Lo que Cristo hizo en la Cena,
mandó que se repitiera
en memoria de su amor.
Instruidos con su enseñanza,
consagramos el pan y el vino
para el sacrificio de la salvación.
Es verdad de fe para los cristianos
que el pan se convierte en la carne,
y el vino, en la sangre de Cristo.
Lo que no comprendes y no ves
es atestiguado por la fe,
por encima del orden natural.
Bajo la forma del pan y del vino,
que son signos solamente,
se ocultan preciosas realidades.
Su carne es comida, y su sangre, bebida,
pero bajo cada uno de estos signos,
está Cristo todo entero.
Se lo recibe íntegramente,
sin que nadie pueda dividirlo
ni quebrarlo ni partirlo.
Lo recibe uno, lo reciben mil,
tanto éstos como aquél,
sin que nadie pueda consumirlo.
Es vida para unos y muerte para otros.
Buenos y malos, todos lo reciben,
pero con diverso resultado.
Es muerte para los pecadores y vida para los justos;
mira como un mismo alimento
tiene efectos tan contrarios.
Cuando se parte la hostia, no vaciles:
recuerda que en cada fragmento
está Cristo todo entero.
La realidad permanece intacta,
sólo se parten los signos,
y Cristo no queda disminuido,
ni en su ser ni en su medida.
* Este es el pan de los ángeles,
convertido en alimento de los hombres peregrinos:
es el verdadero pan de los hijos,
que no debe tirarse a los perros.
Varios signos lo anunciaron:
el sacrificio de Isaac,
la inmolación del Cordero pascual
y el maná que comieron nuestros padres.
Jesús, buen Pastor, pan verdadero,
ten piedad de nosotros:
apaciéntanos y cuídanos;
permítenos contemplar los bienes eternos
en la tierra de los vivientes.
Tú, que lo sabes y lo puedes todo,
tú, que nos alimentas en este mundo,
conviértenos en tus comensales del cielo,
en tus coherederos y amigos,
junto con todos los santos.
ALELUIA Jn 6, 51
Aleluia.
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente", dice el Señor.
Aleluia.
Evangelio del día
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58 ()
Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá
eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer
su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y
no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que
come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre,
de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Oración de los Fieles
- Por el Papa Francisco, nuestro Obispo y todos los sacerdotes del mundo, para que, alimentados por la Eucaristía, continúen siendo fieles dispensadores de este sacramento y pastores según el corazón de Cristo. Roguemos al Señor.
- Por los gobernantes y líderes de todas las naciones, para que, inspirados por el espíritu de servicio y entrega que brota de la Eucaristía, trabajen incansablemente por la justicia, la paz y la dignidad de todos los seres humanos. Roguemos al Señor.
- Por nuestros hermanos y hermanas enfermos, por quienes atraviesan momentos de dolor, soledad o dificultad en nuestras familias y comunidades, para que encuentren consuelo y fortaleza en Cristo, Pan de Vida, y en el amor de la Iglesia. Roguemos al Señor.
- Por la comunidad de fe en internet y por todos los lectores del portal caminoyoracion.org, para que la Palabra de Dios y la oración los alimenten, y perseveremos juntos en la búsqueda de la santidad y la comunión con el Señor. Roguemos al Señor.
- Por nuestra comunidad parroquial y por todas las familias aquí presentes, para que la participación en este banquete eucarístico nos haga más hermanos, más generosos y más solidarios con los que nos rodean. Roguemos al Señor.
Monición de Presentación de Ofrendas
Al presentar el pan y el vino, traemos ante el altar no solo estos humildes dones, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, sino también nuestras vidas, nuestros esfuerzos, nuestras alegrías y nuestras penas. En este pan y este vino, símbolos de nuestra existencia, se hará presente Cristo Eucaristía, que se entrega por nosotros. Que este sacrificio perfecto nos una más íntimamente a Él y nos transforme en ofrenda viva para Dios Padre.
Oración de Comunión Espiritual
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma. Pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a ti. Señor, no permitas que jamás me separe de ti. Amén.
Reflexión del día
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos envuelve hoy en un misterio de amor inaudito, un misterio que es el corazón palpitante de nuestra fe. Es la celebración de Jesús mismo, el Pan de Vida, que se entrega enteramente por nosotros para nuestro sustento y nuestra salvación. La liturgia de este día, con las lecturas del Ciclo A, nos invita a recorrer un camino de profunda meditación sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, su significado para nuestra vida personal, familiar y comunitaria.
La Primera Lectura, tomada del libro del Deuteronomio (8, 2-3. 14b-16a), nos sitúa en el contexto del desierto. Moisés recuerda al pueblo de Israel los cuarenta años de peregrinación, un tiempo de prueba y aprendizaje. Dios permitió el hambre y luego los alimentó con el maná, un alimento desconocido, "para que supieras que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor". Este pasaje no es una simple lección de historia antigua; es una catequesis fundamental sobre la providencia divina y la necesidad de la fe. En nuestras vidas modernas, a menudo nos vemos inmersos en "desiertos" de preocupaciones, ansiedades, o vacíos existenciales. Dios, como hizo con Israel, nos permite experimentar nuestras limitaciones para que reconozcamos nuestra dependencia de Él. Nos enseña que las seguridades materiales, aunque importantes, no son nuestro alimento último. El verdadero sustento, el que da sentido y plenitud, proviene de la Palabra y de la presencia de Dios. El maná del desierto fue un prefiguración, una "sombra" del verdadero Pan de Vida que Jesús nos dará. Nos invita a un discernimiento constante: ¿dónde buscamos nuestro alimento vital? ¿En las cosas pasajeras del mundo, o en lo que realmente alimenta el alma y el espíritu?
La Segunda Lectura, de la Primera Carta del apóstol San Pablo a los Corintios (10, 16-17), nos introduce directamente en el misterio eucarístico, ofreciéndonos una clave esencial para comprender su profundidad. Pablo pregunta: "¿La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?". La respuesta es un rotundo sí. Pero no se detiene ahí. Continúa con una verdad transformadora: "Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan". Aquí, el apóstol subraya dos dimensiones cruciales de la Eucaristía: la comunión con Cristo y la comunión entre nosotros. Cuando comulgamos, no solo recibimos un alimento espiritual; nos unimos íntimamente al Cuerpo y la Sangre de Cristo, asumiendo su vida y su misión. Esta unión personal con Cristo nos lleva inevitablemente a la unidad con los demás. Si todos participamos del mismo Pan, formamos un solo Cuerpo: la Iglesia. Esto tiene implicaciones profundas para nuestra vida familiar, laboral y social. ¿Vivimos la Eucaristía como un llamado a la unidad, superando divisiones, perdonando, construyendo puentes? ¿Somos conscientes de que cada vez que comulgamos, nos comprometemos a ser reflejo de Cristo y a construir su Reino de amor y justicia en el mundo? La Eucaristía nos arranca de nuestro individualismo y nos inserta en una comunidad de amor fraterno.
Finalmente, el Evangelio de San Juan (6, 51-58) nos presenta las palabras más directas y desafiantes de Jesús sobre este misterio: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo". La reacción de los judíos –"¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?"– refleja la dificultad humana de aceptar una verdad tan sublime y a la vez tan "escandalosa" para la lógica terrenal. Pero Jesús no suaviza sus palabras; al contrario, las reafirma con mayor contundencia: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida".
Este pasaje es la base teológica de nuestra fe en la presencia real y sustancial de Jesús en la Eucaristía. No es un símbolo, no es una mera representación, sino el propio Jesús, vivo y resucitado, que se nos ofrece como alimento. Este alimento nos da la "Vida eterna", una vida que comienza aquí y ahora, una participación en la propia vida divina. ¿Qué significa esto para nosotros, laicos inmersos en el ajetreo diario? Significa que la Misa dominical, y la Eucaristía en particular, no es una obligación, sino una necesidad vital. Es el encuentro que nos sostiene, nos fortalece, nos sana y nos transforma. En el ámbito familiar, la Eucaristía es el modelo de entrega y servicio mutuo. Nos enseña a "darnos" como Cristo se dio, a ser alimento y sostén para nuestros cónyuges, hijos, padres y hermanos. En el trabajo, nos impulsa a vivir con integridad, a servir con generosidad y a construir un ambiente de justicia y caridad, recordando que Cristo, el Pan de Vida, nos llama a santificar todas las dimensiones de nuestra existencia.
El desierto de la primera lectura, el cuerpo de Cristo de la segunda y el Pan de Vida del evangelio se entrelazan para mostrarnos que, a lo largo de nuestra historia personal y colectiva, Dios nos nutre, nos prueba y nos une en torno a su Hijo. La Eucaristía es la cumbre de este amor, el sacramento que nos anticipa el banquete celestial y nos da la fuerza para vivir como discípulos en este mundo. Nos invita a una constante conversión, a una vida eucarística que se traduzca en amor concreto a Dios y al prójimo. A abrir las puertas de nuestras casas y nuestros corazones para acoger a Cristo y para ser Cristo para los demás, especialmente para los más necesitados. La Eucaristía nos llama a ser "custodios" de la presencia de Jesús, no solo en el sagrario, sino también en nuestra propia vida, llevando su amor y su luz a cada rincón de nuestra existencia.
Que esta solemnidad nos impulse a una fe más profunda, a una adoración más sentida y a una caridad más activa. Que nos renueve en el compromiso de vivir como un solo cuerpo en Cristo, compartiendo el pan espiritual y material con todos. Que el Pan de Vida nos fortalezca para ser testigos gozosos del Evangelio en un mundo sediento de esperanza y de amor. Para que esta fe se arraigue y crezca en nuestros hogares, y para que podamos nutrir nuestra vida espiritual diariamente, les invitamos a rezar el Santo Rosario con nosotros, a profundizar en las lecturas del día visitando el Evangelio de hoy, y a descubrir una rica colección de oraciones que alimenten su alma. Pueden unirse a la oración mariana a través de Santo Rosario, una práctica que nos une a la Madre de Dios y a la comunidad de la Iglesia.
Que la Eucaristía sea el centro de nuestra vida, el faro que ilumine nuestro camino, la fuente de nuestra fortaleza y el anticipo de la gloria eterna. Que, al participar en este sagrado banquete, experimentemos la presencia viva y transformadora de Jesucristo, y que esta experiencia nos impulse a ser pan partido para un mundo hambriento de Dios. Amén.
Monición de despedida
Hermanos, hemos sido alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Pan de Vida Eterna. Que esta comunión nos impulse a llevar la presencia de Jesús a nuestros hogares, a nuestros trabajos y a cada rincón de nuestra sociedad. Vayan en paz a vivir el amor que hemos recibido, siendo luz y sal para el mundo, y dando testimonio de la unidad y la caridad que brotan de la Eucaristía. La misa ha terminado, podemos ir en paz.
Referencias
Conferencia Episcopal Española. (2018). Liturgia de las Horas: Solemnidad del día. Madrid: Coeditores Litúrgicos.
Catecismo de la Iglesia Católica. (1997). Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
Evangelio del día en la Liturgia Oficial de la Iglesia. Recuperado de la fuente oficial y literal: https://www.curas.com.ar/Leccionarios/Dominical/4%20Pascua/LcorpusA.htm
Moniciones al Domingo X del Tiempo Ordinario
Monición de Entrada
Hermanos y hermanas, sean todos bienvenidos a la celebración de la Eucaristía en este décimo domingo del Tiempo Ordinario.
Hoy la liturgia nos hace un llamado profundo a la misericordia y a la autenticidad de nuestra fe. La Palabra de Dios nos recordará que el Señor no busca de nosotros ritos vacíos o apariencias, sino un corazón compasivo, dispuesto a amar y a perdonar. Con la alegría de sabernos llamados por Jesús, exactamente así como somos, pongámonos de pie y entonemos juntos el canto de entrada para iniciar nuestra celebración.
Monición a la Primera Lectura (Oseas 6, 3-6)
El profeta Oseas nos transmite hoy un mensaje muy claro y directo de parte de Dios: Él prefiere el amor, el conocimiento interno y la misericordia, mucho antes que los sacrificios externos. Escuchemos con atención esta hermosa invitación a vivir una fe sincera y coherente.
Monición a la Segunda Lectura (Romanos 4, 18-25)
El apóstol San Pablo nos presenta la figura de Abraham como el gran modelo del creyente. A pesar de su vejez y de lo que parecía humanamente imposible, Abraham confió plenamente en la promesa de Dios, "apoyado en la esperanza, contra toda esperanza". Escuchemos esta lectura que nos anima a fortalecer nuestra propia confianza en el Señor.
Monición al Evangelio (Mateo 9, 9-13)
El Evangelio de hoy nos narra la vocación del apóstol Mateo. Jesús rompe los esquemas de su tiempo al llamar a un recaudador de impuestos y sentarse a comer con él y con otros marginados. Hoy Cristo nos dice a cada uno de nosotros: "Misericordia quiero y no sacrificios", recordándonos que ha venido a sanar a los enfermos y a llamar a los pecadores. Nos ponemos de pie y, con aclamación, nos preparamos para escuchar el Santo Evangelio.
Oración de los Fieles (Opcional)
Si también necesitas guiar las peticiones, puedes usar este esquema:
Celebrante: Con la confianza puesta en Dios, que nos llama a su mesa sin fijarse en nuestras debilidades, presentémosle nuestras necesidades diciendo: Señor, ten misericordia de nosotros.
- Por la Iglesia: Para que, a ejemplo de Jesús, sea siempre una casa de puertas abiertas, acogedora y llena de misericordia para todos los que buscan consuelo y perdón. Oremos.
- Por los gobernantes y líderes del mundo: Para que sus decisiones estén guiadas por la compasión, la justicia y el deseo genuino de atender a los más vulnerables y marginados de la sociedad. Oremos.
- Por los enfermos, los tristes y los que se sienten excluidos: Para que experimenten la cercanía de Cristo, el médico de los cuerpos y de las almas, y encuentren en nosotros una mano amiga. Oremos.
- Por nuestra comunidad parroquial: Para que dejemos a un lado los prejuicios, aprendamos a mirarnos con los ojos de Jesús y vivamos una fe basada en el amor sincero y no solo en las apariencias. Oremos.
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