Evangelio, Moniciones y Lecturas de hoy Lunes 18 de Mayo de 2026

Índice del Artículo

Queridos hermanos, en este Lunes de la VII Semana de Pascua nos reunimos como comunidad para celebrar la victoria definitiva de Cristo. La liturgia nos presenta hoy a San Juan I, Papa y mártir, un pastor que no negoció la verdad y que, en medio de las más duras tribulaciones, selló con su vida la fe que predicaba. Su testimonio nos prepara para recibir el Don del Espíritu Santo en la inminente Solemnidad de Pentecostés. Invoquemos, como él, la paz que el mundo no puede dar, esa paz que brota de la certeza de que el Señor ha vencido al mundo.

Tips Litúrgicos del Día

  • Dedica los primeros minutos de tu día al recogimiento interior, pidiendo el don de la paz. Ante las luchas cotidianas, repite como un susurro las palabras de Jesús: «Tened valor: yo he vencido al mundo».
  • Presta especial atención a los signos del Espíritu Santo en la liturgia de hoy. La imposición de manos que narran los Hechos nos recuerda el sacramento de la Confirmación que muchos hemos recibido. Renueva interiormente las promesas de tu bautismo.
  • En la Santa Misa, escucha la proclamación de la Palabra con los oídos del corazón. El Evangelio es un bálsamo para quien se siente agobiado: no es una paz barata, sino la certeza de una compañía que no falla en la prueba.
  • Hoy es un día propicio para el examen de conciencia vespertino. Pregúntate: ¿He buscado seguridades mundanas o he confiado en Aquel que venció al mundo?
  • Incluye en tu oración personal o familiar a los pastores de la Iglesia. A ejemplo de San Juan I, intercede por el Papa, los obispos y sacerdotes para que sean testigos fieles, especialmente ante las presiones del mundo.
  • Ofrece un pequeño sacrificio por quienes sufren persecución a causa de su fe en Cristo. La libertad religiosa sigue siendo una herida abierta en muchos lugares; que nuestra oración y penitencia sean un bálsamo para ellos.

Citas Bíblicas del Día

La Palabra de Dios es fuente viva de consuelo. Meditemos juntos las frases centrales que la Iglesia nos regala en este día:

  • «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?» (Hechos 19, 2). Una pregunta que nos interpela sobre la docilidad al Espíritu en nuestra vida diaria.
  • «Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo» (Hechos 19, 6). El signo visible de la plenitud del don de Dios que transforma a los creyentes.
  • «Reyes de la tierra, cantad a Dios» (Salmo 67, 33). Una invitación a unir nuestras voces en la alabanza al Rey del universo.
  • «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33). La promesa que sostiene la esperanza del cristiano en medio de la tribulación.

Santo del Día: San Juan I, Papa y Mártir

Hoy conmemoramos a San Juan I, Sumo Pontífice y mártir del siglo VI. Nacido en la Toscana italiana, fue elegido Papa en el año 523, en un convulso contexto político y religioso. El rey ostrogodo Teodorico, adepto a la herejía arriana, lo obligó a viajar a Constantinopla para mediar con el emperador Justino I, buscando suavizar las medidas contra los herejes. Aunque el Papa fue recibido con gran veneración en Oriente, su misión diplomática fue considerada un fracaso por el rey. A su regreso, fue encarcelado y sometido a duros maltratos, que lo llevaron a la muerte el 18 de mayo del año 526. El Martirologio Romano lo describe como un pastor que, ante el poder terrenal, no dudó en ofrecer su vida por la verdadera fe, prefiriendo la fidelidad a Dios antes que la seguridad personal.

Monición de Entrada

Queridos hermanos: La luz pascual sigue brillando con fuerza en esta recta final hacia Pentecostés. Hoy la Iglesia nos invita a contemplar dos realidades inseparables: la acción transformadora del Espíritu Santo, que desciende sobre los discípulos de Éfeso, y la valentía de San Juan I, un pastor que dio su vida por la unidad de la fe. Al comenzar esta Eucaristía, pidamos la gracia de vivir sin miedo, sabiendo que Cristo ya ha vencido al mundo. De pie, recibamos al Señor que viene a nuestro encuentro.

Monición a la Primera Lectura

La primera lectura, del libro de los Hechos, nos traslada a la comunidad de Éfeso. Allí, Pablo descubre que hay creyentes que aún no han recibido la plenitud del Espíritu Santo. A través de la imposición de manos, se manifiesta la fuerza renovadora de Pentecostés. Escuchemos cómo el Espíritu irrumpe y transforma la vida de aquellos primeros cristianos, porque es el mismo Espíritu el que hoy quiere renovar nuestras vidas.

Primera Lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     19, 1-8

Mientras Apolo permanecía en Corinto, Pablo atravesando la región interior, llegó a Éfeso. Allí encontró a algunos discípulos y les preguntó: «Cuando ustedes abrazaron la fe, ¿recibieron el Espíritu Santo?»
Ellos le dijeron: «Ni siquiera hemos oído decir que hay un Espíritu Santo».
«Entonces, ¿qué bautismo recibieron?», les preguntó Pablo.
«El de Juan Bautista», respondieron.
Pablo les dijo: «Juan bautizaba con el bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyera en el que vendría después de él, es decir, en Jesús».
Al oír estas palabras, ellos se hicieron bautizar en el Nombre del Señor Jesús. Pablo les impuso las manos, y descendió sobre ellos el Espíritu Santo. Entonces comenzaron a hablar en distintas lenguas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.
Pablo fue luego a la sinagoga y durante tres meses predicó abiertamente, hablando sobre el Reino de Dios y tratando de persuadir a los oyentes.

Palabra de Dios.

Salmo

SALMO    Sal 67, 2-5ac. 6-7ab

R. ¡Pueblos de la tierra, canten al Señor!

O bien:

Aleluia.

¡Se alza el Señor!
Sus enemigos se dispersan
y sus adversarios huyen delante de Él.
Tú los disipas como se disipa el humo;
como se derrite la cera ante el fuego,
así desaparecen los impíos delante del Señor. R.

Los justos se regocijan,
gritan de gozo delante del Señor
y se llenan de alegría.
¡Canten al Señor,
entonen un himno a su Nombre!
Su Nombre es «el Señor». R.

El Señor en su santa Morada
es padre de los huérfanos y defensor de las viudas:
Él instala en un hogar a los solitarios
y hace salir con felicidad a los cautivos. R.

almo 67, 2-3. 4-5ac. 6-7ab

Monición del Evangelio

El Evangelio según san Juan nos sitúa en la íntima conversación de Jesús con sus discípulos en la Última Cena. Ante la inminencia de su Pasión, el Señor no les oculta la realidad: vendrán luchas, pruebas e incluso el aparente fracaso. Pero culmina su discurso con una promesa rotunda que disipa todo temor: «Tened valor: yo he vencido al mundo». Puestos de pie, aclamemos con alegría esta Palabra de salvación.

Evangelio del día

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     16, 29-33

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, los discípulos le dijeron a Jesús: «Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que Tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que Tú has salido de Dios».
Jesús les respondió: «¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: Yo he vencido al mundo».

Palabra del Señor.

Oración de los Fieles

Con el corazón lleno de confianza, sabiendo que Cristo ha vencido al mundo, presentemos al Padre nuestras plegarias por la Iglesia y por la humanidad entera.

  • Por la Santa Iglesia de Dios, para que, animada por el Espíritu Santo, sea siempre signo e instrumento de la paz de Cristo en medio de las tribulaciones del mundo. Roguemos al Señor.
  • Por el Papa, los obispos y todos los pastores, para que, a ejemplo de San Juan I, prefieran siempre la fidelidad al Evangelio antes que los aplausos del mundo. Roguemos al Señor.
  • Por los que trabajan en la evangelización digital y, en especial, por los lectores y colaboradores de “Camino y Oración”, para que sus contenidos lleven la certeza de la victoria de Cristo a quienes se sienten solos, confundidos o agobiados. Roguemos al Señor.
  • Por los que sufren persecución, cárcel o muerte a causa de su fe, para que encuentren consuelo en la promesa del Señor y experimenten la solidaridad de toda la Iglesia. Roguemos al Señor.
  • Por nosotros, reunidos en esta asamblea, para que, fortalecidos por la Palabra y el Cuerpo de Cristo, sepamos afrontar con valentía las luchas cotidianas, dando testimonio del amor que vence al odio. Roguemos al Señor.

Dios todopoderoso y eterno, que prometiste la paz a los que confían en Ti, escucha nuestras oraciones y concédenos la firmeza en la fe, para que un día participemos de la victoria plena de tu Hijo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Monición de Presentación de Ofrendas

Junto al pan y al vino que presentamos en el altar, depositemos también nuestras luchas, nuestros cansancios y nuestros miedos. Que el Señor los transforme con la fuerza de su Espíritu, como transformó a aquellos doce hombres de Éfeso, para que nuestra vida se convierta en una ofrenda agradable a Dios. Unidos a la victoria de Cristo, presentemos con confianza estos dones.

Oración de Comunión Espiritual

Para todos aquellos que no pueden acercarse a recibir sacramentalmente al Señor, hagamos este acto de íntima unión espiritual:

«Señor Jesús, creo firmemente que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte en mi alma. Pero, no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y, como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Ti. No permitas, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén».

Reflexión del Día: En Cristo, la victoria sobre el miedo

La liturgia de este día nos sitúa, de forma providencial, ante una verdad que suele ser esquiva a nuestra experiencia cotidiana: la victoria de Cristo no es solo un evento futuro, sino una realidad presente que sostiene nuestra historia. El Evangelio que acabamos de proclamar contiene una de las confesiones más sinceras y, a la vez, más ilusorias de los apóstoles: «Ahora vemos que lo sabes todo... creemos que has salido de Dios». Jesús les responde con un realismo que desarma, anunciándoles su próxima dispersión. Y justo ahí, en el umbral de su Pasión, pronuncia las palabras que iluminan todas las noches oscuras de la humanidad: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

El Papa emérito Benedicto XVI comentaba con precisión esta paradoja: «La paz de Jesús no es una paz mundana, no es la paz de una vida sin dificultades, sin preocupaciones; es una paz que vence a través de la lucha» (Benedicto XVI, Ángelus, 21 de mayo de 2006). Cristo no nos ahorra la batalla, pero nos asegura la victoria. Esta es la certeza que distingue la esperanza cristiana de un mero optimismo humano. Quienes viven buscando desesperadamente una seguridad absoluta en el plano material o afectivo suelen encontrarse con el vacío, porque la paz del mundo es efímera; la paz de Cristo, en cambio, arraiga en el corazón como una roca firme.

La primera lectura nos ofrece el modelo de cómo se gesta esta victoria en lo concreto. Pablo llega a Éfeso y encuentra una fe incompleta, un grupo de discípulos que «ni siquiera han oído hablar de un Espíritu Santo». Es decir, su fe carecía del dinamismo interior, de la fuerza transformadora. Y aquí se revela algo crucial: la victoria de Cristo no se experimenta con las solas fuerzas humanas, sino por la acción del Espíritu Santo. La imposición de manos de Pablo es el signo visible de que la Iglesia no es un club de buenas intenciones, sino una comunidad carismática donde el Espíritu sigue hablando y actuando. Como afirma el Catecismo, «el Espíritu Santo, con su gracia, es el “primero” en el despertar de nuestra fe y en la vida nueva, que consiste en conocer al Padre y a su enviado, Jesucristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 683).

El testimonio de San Juan I encarna esta victoria pascual en un grado heroico. Su figura emerge en el siglo VI, en medio de un complejo juego de presiones políticas y teológicas. El rey arriano Teodorico lo envía a Constantinopla, y aunque la mediación diplomática fracasa a los ojos humanos, su fidelidad pastoral brilla con luz propia. San Juan I no negoció la verdad; prefirió ser encerrado en un oscuro calabozo en Rávena antes que traicionar la doctrina recibida de los Apóstoles. Allí, los maltratos y suplicios lo llevaron a la muerte. Pero su martirio no fue una derrota, sino la máxima expresión de la promesa de Jesús: «Tened valor: yo he vencido al mundo». En el aparente fracaso de una misión y en la soledad de una prisión, la victoria de Cristo se manifestó como fidelidad y como paz interior.

Quienes hoy se encuentran agotados, quienes perciben que sus proyectos se desmoronan o quienes sienten la presión de un ambiente adverso a la fe, pueden mirar a San Juan I y sentirse comprendidos. El Papa Francisco, en una de sus homilías matutinas, nos recordaba que «un corazón que se deja llevar por la tribulación, que no sabe ir más allá, pierde la paz» (Francisco, Homilía en Santa Marta, 4 de mayo de 2020). La solución no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Alguien. La paz bíblica no es la calma chicha del que no tiene conflictos, sino la conciencia de estar acompañados en el centro mismo del conflicto.

En esta semana que nos separa de Pentecostés, la liturgia nos invita a un examen personal: ¿Hemos recibido el Espíritu Santo o nuestra fe es solo una herencia cultural, un barniz sin fuego? El gran San Ireneo de Lyon nos dejó una frase luminosa: «La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios» (San Ireneo, Contra las herejías, Libro IV, 20, 7). El Espíritu es quien nos vivifica, quien nos permite ver a Dios en cada circunstancia. Necesitamos un nuevo Pentecostés en nuestra vida personal y eclesial, una renovada efusión del Espíritu que nos hable en lenguas de caridad, de servicio, de unidad.

Que la intercesión de San Juan I nos obtenga la valentía que no es temeridad, sino confianza filial. Que su ejemplo nos enseñe a no pactar nunca con el error, pero también a no perder jamás la paz, porque el Cordero inmolado ya ha vencido. Como escribe San Juan en su Apocalipsis: «Ellos le vencieron por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas hasta la muerte» (Ap 12, 11). Esa es nuestra victoria.

Monición de Despedida

Hemos escuchado la voz del Buen Pastor que nos dice: «Tened valor». Alimentados con el Pan de Vida y la Palabra que no pasa, somos enviados ahora a nuestras casas, trabajos y estudios. No tengáis miedo de las luchas cotidianas: Cristo camina con nosotros porque Él ya ha vencido al mundo. Llevad a todos la paz y la certeza del Resucitado. Podéis ir en paz. Amén.

Referencias

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