Evangelio del dia 2026-06-28

Lecturas y Evangelio de hoy Domingo 28 de Junio de 2026 - Domingo Decimotercero del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio del dia 2026-06-28
Evangelio del dia 2026-06-28
Lecturas y Evangelio de hoy Domingo 28 de Junio de 2026 - Domingo Decimotercero del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Tips Litúrgicos del Día

  • Color Litúrgico: Verde. Se utiliza durante el Tiempo Ordinario como símbolo de la esperanza cristiana, el crecimiento espiritual y la fecundidad de la fe que debe germinar y dar frutos en la vida diaria.
  • Foco de Meditación: La radicalidad del amor a Cristo que se manifiesta en la priorización de su voluntad en nuestra vida y en la generosidad hacia el prójimo, con la certeza de la recompensa divina.
  • Actitud Espiritual: Asumir con valentía las 'cruces' cotidianas –pequeños sacrificios, renuncias, actos de servicio– por amor a Cristo, confiando en que en esa entrega reside la verdadera plenitud.

Citas Bíblicas del Día

  • Primera Lectura: Lectura del segundo libro de los Reyes     4, 8-11. 14-16a ()
  • Salmo Responsorial: Sal 88, 2-3. 16-19
  • Segunda Lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma (6, 3-4, 8-11)
  • Evangelio del Día: Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 37-42 ()

Santo del Día: Domingo Decimotercero del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Índice del Artículo

El Domingo Decimotercero del Tiempo Ordinario, en el Ciclo A, nos sumerge en una profunda reflexión sobre las exigencias inherentes al discipulado cristiano y la inmensa gracia que fluye de la acogida a Cristo y a quienes le representan. La teología central de este día se articula en torno a la radicalidad del amor, la primacía de Cristo en nuestras vidas, la identificación con su misterio pascual a través del Bautismo, y la promesa infalible de la recompensa divina a quienes abren su corazón a Dios y a sus mensajeros. Jesús nos confronta con una verdad incómoda pero liberadora: el amor a Él debe trascender cualquier vínculo terrenal, incluso los más sagrados, como el filial o el parental. Esta exigencia no implica un desprecio de los afectos humanos, sino una reordenación fundamental de nuestras prioridades, reconociendo que solo en Él encuentran su verdadero sentido y plenitud. Cargar con la cruz, esa imagen tan potente, nos habla de abrazar el sufrimiento, la renuncia y la dificultad como parte intrínseca del seguimiento, una participación activa en el camino redentor del Maestro. Es en esta aparente pérdida de la vida, de nuestras seguridades y egoísmos, donde paradójicamente encontramos la vida auténtica, una vida que se nos ha regalado y renovado por el Bautismo. La liturgia de hoy nos recuerda que por este sacramento hemos muerto con Cristo para resucitar a una existencia nueva, capacitados para vivir conforme a las exigencias del Evangelio. Finalmente, la generosidad de la mujer sunamita hacia Eliseo y la promesa de Jesús a quienes acogen a un profeta o a un justo, incluso con el gesto más sencillo como un vaso de agua fría, nos revela la ternura y la justicia de Dios, que no deja sin recompensa ni el más pequeño acto de amor realizado en su nombre. Es un llamado a la hospitalidad, a la generosidad desinteresada y al reconocimiento de Cristo en el prójimo, especialmente en aquellos que llevan su mensaje.

Monición de Entrada

Hermanos y hermanas, bienvenidos a esta celebración eucarística, el Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario. Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre la radicalidad del seguimiento de Cristo. Jesús nos llama a un amor que le ponga por encima de todo, a tomar nuestra cruz y a perder nuestra vida para encontrarla. Pero no nos deja solos en esta exigencia; nos recuerda que en cada gesto de acogida a sus mensajeros, a los más pequeños, es a Él mismo a quien acogemos, y que cada acto de amor tiene una recompensa eterna. Abramos nuestro corazón a esta Palabra que nos desafía y nos consuela, y renovemos nuestro compromiso bautismal de vivir una vida nueva en Cristo.

Monición a la Primera Lectura

En la Primera Lectura, el libro de los Reyes nos presenta un hermoso ejemplo de fe y hospitalidad. Escuchemos cómo la generosidad de una mujer sencilla que reconoce al 'santo hombre de Dios' es prodigiosamente recompensada por el Señor, adelantando la promesa de Jesús sobre la acogida a sus profetas.

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes     4, 8-11. 14-16a ()

Un día, Eliseo pasó por Sunám. Había allí una mujer pudiente, que le insistió
para que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, él iba a comer allí. Ella
dijo a su marido: «Mira, me he dado cuenta de que ese que pasa siempre por nuestra casa es
un santo hombre de Dios. Vamos a construirle una pequeña habitación en la terraza; le
pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando él venga, tendrá
donde alojarse».

Un día Eliseo llegó por allí, se retiró a la habitación de arriba y se acostó.
Entonces llamó a Guejazí, su servidor, y le preguntó: «¿Qué se puede hacer por esta mujer?» Guejazí respondió:
«Lamentablemente, no tiene un hijo y su marido es viejo». «Llámala», dijo Eliseo. Cuando la
llamó, ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año próximo, para esta misma
época, tendrás un hijo en tus brazos».

Salmo Responsorial

Sal 88, 2-3. 16-19

R. Cantaré eternamente el amor del Señor.

Cantaré eternamente el amor del Señor,

proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.

Porque Tú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente,

mi fidelidad está afianzada en el cielo». R.

¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!

Ellos caminarán a la luz de tu rostro;

se alegrarán sin cesar en tu Nombre,

serán exaltados a causa de tu justicia. R.

Porque Tú eres su gloria y su fuerza;

con tu favor, acrecientas nuestro poder.

Sí, el Señor es nuestro escudo,

el Santo de Israel es realmente nuestro rey. R.

Monición a la Segunda Lectura

La carta de san Pablo a los Romanos nos invita a una profunda reflexión sobre nuestro Bautismo. Escuchemos cómo, a través de este sacramento, hemos sido injertados en la muerte y resurrección de Cristo, llamados a vivir una existencia nueva, liberados del pecado y orientados totalmente hacia Dios.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma (6, 3-4, 8-11)

Hermanos:

¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús,
nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte,
para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una
Vida nueva.

Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él.
Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene
poder sobre Él. Al morir, Él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive,
vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en
Cristo Jesús.

Monición del Evangelio

De pie, hermanos, para escuchar el Evangelio. Jesús nos dirige hoy unas palabras exigentes, pero llenas de una verdad liberadora. Nos llama a un amor sin reservas, a tomar nuestra cruz y a una entrega total. Escuchemos con atención a nuestro Señor, que nos revela el camino de la verdadera vida y la promesa de su inmensa recompensa.

Evangelio del día

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 37-42 ()

Dijo Jesús a sus apóstoles:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

Oración de los Fieles

  • Por el Papa Francisco, nuestros obispos y sacerdotes, para que, al reconocerse a sí mismos como enviados de Cristo, prediquen con valentía su Evangelio y nos ayuden a discernir el camino del verdadero discipulado y la primacía de Cristo en nuestras vidas. Roguemos al Señor.
  • Por los gobernantes de las naciones y por todos aquellos que tienen en sus manos la responsabilidad de la justicia social, para que, inspirados por el Espíritu Santo, trabajen incansablemente por la dignidad de cada persona, especialmente de los más pequeños y desfavorecidos. Roguemos al Señor.
  • Por los enfermos, los que sufren en sus familias y los que llevan alguna cruz pesada en el corazón, para que encuentren consuelo y fortaleza en Cristo, imitando su paciencia y entrega, y descubran que al perder su vida por Él, la encontrarán plena y eterna. Roguemos al Señor.
  • Por nuestra comunidad de fe, especialmente por todos los lectores y colaboradores del portal caminoyoracion.org, para que perseveremos en la oración conjunta, en el estudio de la Palabra y en la vivencia de una fe que transforma, poniendo a Cristo como centro de nuestra vida digital y real. Roguemos al Señor.
  • Por nuestras familias y comunidades locales, para que sepamos reconocer a Cristo en el prójimo, especialmente en los que necesitan de nuestra acogida y servicio, y que nuestra hospitalidad sea un signo vivo de la recompensa divina prometida. Roguemos al Señor.

Monición de Presentación de Ofrendas

Presentamos ahora, hermanos, el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, que pronto se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Con ellos, elevamos al Padre nuestras vidas, nuestros anhelos, nuestras cruces cotidianas y nuestro firme propósito de amar a Jesús por encima de todo. Que esta ofrenda sea signo de nuestra entrega total a Él, quien nos hace partícipes de su Vida nueva y nos promete la recompensa eterna.

Oración de Comunión Espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma. Pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a ti. Señor, no permitas que jamás me separe de ti. Amén.

Reflexión del día

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Nos encontramos en el Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario, un día en el que la Liturgia de la Palabra, en su Ciclo A, nos presenta una serie de exigencias radicales, pero al mismo tiempo nos ofrece la promesa de una recompensa que supera toda expectativa humana. Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre la primacía de Cristo en nuestra existencia, el significado profundo de nuestro Bautismo y la bendición que proviene de la hospitalidad y el servicio a los demás.

Comencemos nuestra meditación con la Primera Lectura, tomada del segundo libro de los Reyes (4, 8-11. 14-16a). Aquí, se nos narra la conmovedora historia de la mujer sunamita. Esta mujer, distinguida por su posición económica, muestra una hospitalidad excepcional hacia el profeta Eliseo. Lo que es aún más significativo es que su generosidad no nace de un interés material, sino de un profundo discernimiento espiritual: ella reconoce a Eliseo como un «santo hombre de Dios». Esta percepción la impulsa a ir más allá de la mera cortesía, proponiendo a su marido construir una pequeña habitación para el profeta, un espacio de intimidad y descanso donde él pudiera retirarse. Su acción es pura donación, sin esperar nada a cambio. Sin embargo, la generosidad de Dios es siempre superabundante. A pesar de que la mujer no tenía hijos y no había expresado este deseo, el Señor, a través de Eliseo, le concede el don de un hijo. Esta narración es un poderoso testimonio de cómo la acogida desinteresada a los siervos de Dios es correspondida con creces por la divina providencia. La mujer sunamita encarna la actitud de quien sabe ver a Dios en sus enviados y responde con un amor concreto y práctico. Su historia es un preludio maravilloso a las promesas de Jesús en el Evangelio.

Luego, la Segunda Lectura, de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma (6, 3-4, 8-11), nos sumerge en el misterio central de nuestra fe: el Bautismo. Pablo nos recuerda que «todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte». Esta frase es clave para entender la radicalidad de la vida cristiana. El Bautismo no es un mero rito iniciático; es una muerte simbólica y real al pecado, al 'viejo yo', a todo aquello que nos separa de Dios y nos encadena a las vanidades del mundo. Al ser sepultados con Cristo en su muerte, participamos de su sacrificio redentor. Pero esta muerte no es el final, sino el umbral de una nueva existencia. «Para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva». Esta 'Vida nueva' es una vida en el Espíritu, una vida donde Cristo vive en nosotros, capacitándonos para amar como Él amó, para perdonar, para servir y para poner a Dios en el centro de todo. Morir con Cristo para resucitar con Él es la base teológica que nos permite comprender y asumir las exigencias que el Evangelio nos presentará a continuación. Es la gracia bautismal la que nos empodera para vivir el radicalismo del discipulado.

Finalmente, el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (10, 37-42) nos confronta directamente con las palabras desafiantes de Jesús a sus apóstoles y, por extensión, a cada uno de nosotros. Jesús no anda con rodeos: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.» Esta afirmación, que puede sonar dura, no pretende abolir el amor filial o parental, que son fundamentales y bellos. Más bien, establece la primacía absoluta de Dios en nuestra escala de valores. Es un llamado a que el amor a Cristo sea la fuente, el fundamento y la medida de todos nuestros demás amores. Solo cuando amamos a Dios sobre todas las cosas, podemos amar verdadera y plenamente a nuestros prójimos, pues es en Él donde reside la capacidad de un amor auténtico y desinteresado. Esta es una verdad profunda y liberadora para la vida familiar; cuando Cristo es el centro, las relaciones se purifican y fortalecen.

La siguiente exigencia es igualmente radical: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.» Tomar la cruz no es buscar el sufrimiento por el sufrimiento mismo, sino abrazar las dificultades, las renuncias, las incomprensiones e incluso los sacrificios personales que surgen inevitablemente del seguimiento de Jesús. En la vida familiar y laboral, esto puede significar perdonar una y otra vez, cargar con las cargas del cónyuge o de los hijos, asumir responsabilidades extra en el trabajo con espíritu de servicio, o defender la verdad y la justicia incluso cuando es impopular. La cruz es la expresión de nuestro amor y fidelidad a Cristo en las circunstancias concretas de nuestra existencia. Es un camino de purificación y de crecimiento que nos une más íntimamente a Él.

El paradoxal principio de Jesús, «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará», es el corazón de la sabiduría cristiana. Buscar nuestra vida en las seguridades humanas, en el éxito mundano, en el placer efímero o en la acumulación de bienes, nos lleva a una pérdida real de la plenitud. En cambio, cuando nos desprendemos de estos apegos, cuando entregamos nuestra vida al servicio de Cristo y de su Reino, cuando nos vaciamos de nosotros mismos, es entonces cuando encontramos la vida verdadera y eterna. Esta 'pérdida' es, en realidad, una inversión que produce dividendos eternos.

Finalmente, Jesús concluye su discurso con una promesa que vincula directamente con la historia de la sunamita: «El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.» Aquí, el Señor nos revela su inmensa generosidad y su identificación con sus mensajeros y con los más pequeños. Cada acto de caridad, cada gesto de acogida, por insignificante que parezca, hecho con un corazón creyente y en nombre de Cristo, es reconocido y recompensado por Él mismo. Esto es aplicable a nuestra vida diaria de muchas maneras: ¿cómo acogemos a los que nos hablan de Dios en nuestras familias o comunidades? ¿Cómo tratamos a los que consideramos 'pequeños' o insignificantes? ¿Nuestra hospitalidad es sincera y generosa?

La conexión entre las lecturas es palpable y profunda. La Segunda Lectura nos proporciona el fundamento para la vida nueva que se nos pide en el Evangelio: una vida nacida de la muerte y resurrección con Cristo en el Bautismo, que nos capacita para amarle sobre todas las cosas y tomar nuestra cruz. La Primera Lectura nos ofrece un ejemplo concreto y anticipado de la recompensa que promete Jesús en el Evangelio a quienes acogen a sus enviados. La mujer sunamita no pierde su vida, sino que la ve transformada y bendecida precisamente por su apertura y generosidad hacia el profeta. Así, el Señor no solo nos exige, sino que nos promete una plenitud y una recompensa que superan con creces cualquier sacrificio.

Para nosotros, laicos modernos, ¿cómo vivimos estas verdades? Significa quizás que en el ajetreo diario, en las decisiones laborales, en la educación de nuestros hijos o en el cuidado de nuestros ancianos, debemos preguntarnos: ¿Dónde está Cristo en todo esto? ¿Estoy amando a mi familia a través de Cristo, o permitiendo que los afectos humanos se conviertan en ídolos que me alejan de Él? ¿Estoy asumiendo mis responsabilidades diarias con un espíritu de servicio y entrega, viendo en ellas mi 'cruz' que me une a Él? ¿Estoy dispuesto a 'perder' el tiempo o el dinero para ayudar a un necesitado, sabiendo que en esa entrega mi vida se enriquece verdaderamente? Cada gesto de paciencia, cada palabra de aliento, cada ayuda desinteresada, cada vez que ponemos a Cristo en el centro de nuestra casa y de nuestro trabajo, estamos viviendo el Evangelio.

Recordemos que esta llamada radical no es una carga insoportable, sino una invitación a la verdadera libertad y alegría. Dios, que nos pide un amor sin límites, es Él mismo Amor sin límites. Si anhelamos profundizar en esta senda de fe y amor, los animo a dedicar tiempo a la oración personal. Para rezar el rosario y meditar en los misterios de nuestra fe, visiten Santo Rosario. Para reflexionar diariamente sobre la Palabra de Dios que nos alimenta, pueden encontrar valiosos recursos en Evangelio de hoy. Y para enriquecer vuestra vida espiritual con diversas súplicas y meditaciones, les invito a explorar nuestra colección de oraciones. Que estos recursos nos ayuden a mantener el corazón encendido y la mirada fija en Cristo.

Que la gracia de este domingo nos impulse a una entrega más generosa, a un amor más profundo por Cristo y a una confianza inquebrantable en su promesa de vida eterna y recompensa abundante para quienes le siguen con el corazón indiviso. Que nuestra vida sea un testimonio vivo de esa 'Vida nueva' a la que hemos sido llamados por el Bautismo, un faro de esperanza y caridad para el mundo que nos rodea. Amén.

Monición de despedida

Hermanos, habiendo sido alimentados por la Palabra y el Pan de Vida, salgamos ahora a nuestros hogares, a nuestros trabajos y a nuestras comunidades, llevando en el corazón la radicalidad del amor de Cristo. Que cada uno de nosotros se convierta en un discípulo que, tomando su cruz, encuentre su vida en Él y sea un mensajero de su amor y su paz, acogiendo y sirviendo a nuestros hermanos con la generosidad de Dios. Vayamos en paz, para amar y servir al Señor.

Referencias

Conferencia Episcopal Española. (2018). Liturgia de las Horas: Solemnidad del día. Madrid: Coeditores Litúrgicos.

Catecismo de la Iglesia Católica. (1997). Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.

Evangelio del día en la Liturgia Oficial de la Iglesia. Recuperado de la fuente oficial y literal: https://www.curas.com.ar/Leccionarios/Dominical/L13dgotoA.htm

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