Lecturas y Evangelio de hoy Domingo 14 de Junio de 2026 - Domingo Undécimo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Lecturas y Evangelio de hoy Domingo 14 de Junio de 2026 - Domingo Undécimo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
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Lecturas y Evangelio de hoy Domingo 14 de Junio de 2026 - Domingo Undécimo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
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Tips Litúrgicos del Día

  • Color Litúrgico: Verde. Se utiliza el color verde en el Tiempo Ordinario, que simboliza la esperanza, el crecimiento y la vida, invitándonos a vivir la fe en la cotidianidad y a crecer espiritualmente en el seguimiento de Cristo.
  • Foco de Meditación: La compasión de Jesús por las multitudes desorientadas y su llamada a la misión evangelizadora de la Iglesia, fundamentada en el amor incondicional de Dios revelado en Cristo.
  • Actitud Espiritual: Mirar a nuestro alrededor con la compasión de Cristo, identificando necesidades espirituales y materiales, y sentirnos llamados a ser instrumentos de su amor y esperanza en nuestro entorno familiar y laboral, compartiendo nuestra fe y ayuda.

Citas Bíblicas del Día

  • Primera Lectura: Lectura del libro del Exodo     19, 1b-6a ()
  • Salmo Responsorial: Sal 99, 1b-2. 3. 5 (R.: 3c)
  • Segunda Lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     5, 6-11 ()
  • Evangelio del Día: Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     9. 36-10,8 ()

Santo del Día: Domingo Undécimo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Índice del Artículo

El Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, en el Ciclo A, nos invita a una profunda inmersión en la teología de la elección divina y la misión evangelizadora. Las lecturas de este día tejen un tapiz riquísimo que va desde la Alianza del Sinaí hasta la compasión de Cristo y el mandato apostólico. La Primera Lectura, del libro del Éxodo, nos sitúa en el monte Sinaí, donde Dios no solo libera a Israel, sino que lo consagra como su "propiedad personal, un reino de sacerdotes y una nación santa". Esta elección no es un privilegio estático, sino una vocación dinámica: Israel es llamado a ser un faro, un testigo de la santidad y la fidelidad de Dios para todas las naciones. Este es el fundamento de una identidad teológica que, en el Nuevo Testamento, se transfiere a la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, llamado a vivir en Alianza con Cristo.

La Segunda Lectura, de la Carta de San Pablo a los Romanos, ilumina la naturaleza de esta nueva Alianza. Pablo proclama el amor incondicional de Dios, que se manifestó en que "Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores". Esta es la piedra angular de nuestra justificación y reconciliación. No somos elegidos por nuestros méritos, sino por la gracia desbordante de Dios, que nos amó hasta el extremo de entregar a su Hijo. La Pasión de Cristo es la prueba definitiva de un amor que trasciende la justicia humana y nos abre a la esperanza de la salvación eterna. Esta verdad nos libera de la carga de la culpa y nos impulsa a vivir en una gratitud constante.

El Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús conmovido hasta las entrañas al ver a las multitudes "fatigadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor". Esta compasión es el motor de su misión y el origen del mandato apostólico. Jesús no solo sana y enseña, sino que, consciente de la inmensidad de la "cosecha" y la escasez de "obreros", llama y envía a sus doce discípulos, confiriéndoles su autoridad para sanar, expulsar demonios y proclamar que "el Reino de los Cielos está cerca". Esto revela la vocación ferial y dominical de todo cristiano: ser testigos activos del Reino de Dios. Cada bautizado participa de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo. La Iglesia, como continuación de la misión de Jesús, está llamada a ser esa comunidad que, con entrañas de misericordia, sale al encuentro de las "ovejas perdidas" de nuestro tiempo, ofreciendo la esperanza, la sanación y la Buena Noticia del amor de Dios. La oración por más vocaciones y el compromiso personal de cada fiel en la evangelización son esenciales para responder a esta llamada del Señor, haciendo de cada día una oportunidad para construir el Reino en el seno de nuestras familias, trabajos y comunidades.

Monición de Entrada

Queridos hermanos y hermanas, nos congregamos en este Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, bajo la luz del Ciclo A, para celebrar el misterio central de nuestra fe. La Palabra de Dios hoy nos sumerge en la profunda compasión de Cristo por la humanidad, nos recuerda nuestra identidad como pueblo elegido y el inmenso amor con el que Dios nos rescata. Esta liturgia nos invita a reconocernos como parte del rebaño del Buen Pastor y a asumir nuestra vocación misionera, compartiendo la Buena Nueva con aquellos que, como ovejas sin pastor, buscan dirección y consuelo. Que esta Eucaristía renueve en nosotros el ardor por el Reino y nos impulse a ser testigos fieles de su amor en el mundo.

Monición a la Primera Lectura

En esta primera lectura, desde el libro del Éxodo, escuchamos cómo Dios sella su Alianza con Israel en el Sinaí, escogiendo a un pueblo para sí, un reino de sacerdotes y una nación santa. Escuchemos esta invitación divina a la santidad y a la misión.

Primera Lectura

Lectura del libro del Exodo     19, 1b-6a ()

Los israelitas llegaron al desierto del Sinaí. Habían partido de Refidím, y
cuando llegaron al desierto del Sinaí, establecieron allí su campamento. Israel
acampó frente a la montaña.

Moisés subió a encontrarse con Dios. El Señor lo llamó desde la montaña y le
dijo: «Habla en estos términos a la casa de Jacob y anuncia este mensaje a los israelitas:

Ustedes han visto cómo traté a Egipto,

y cómo los conduje sobre alas de águila

y los traje hasta mí.

Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza,

serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos,

porque toda la tierra me pertenece.

Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes

y una nación que me está consagrada"».

Salmo Responsorial

Sal 99, 1b-2. 3. 5 (R.: 3c)

R. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclame al Señor toda la tierra,

sirvan al Señor con alegría,

lleguen hasta Él con cantos jubilosos. R.

Reconozcan que el Señor es Dios:

Él nos hizo y a Él pertenecemos;

somos su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

¡Qué bueno es el Señor!

Su misericordia permanece para siempre,

y su fidelidad por todas las generaciones. R.

Monición a la Segunda Lectura

La carta de San Pablo a los Romanos nos revela la profundidad del amor de Dios. Cuando éramos pecadores, Cristo murió por nosotros, justificándonos y reconciliándonos con el Padre. Meditemos en esta prueba inigualable de amor que nos ofrece la salvación.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     5, 6-11 ()

Hermanos:

Cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.

Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez
alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama
es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Y ahora que
estamos justificados por su sangre, con mayor razón seremos librados por Él de
la ira de Dios.

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida.

Y esto no es todo: nosotros nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor
Jesucristo, por quien desde ahora hemos recibido la reconciliación.

Monición del Evangelio

Pongámonos de pie para escuchar la Palabra del Señor. En el Evangelio de hoy, Jesús nos muestra su inmensa compasión por las multitudes y, al ver la necesidad, envía a sus discípulos, dándoles autoridad para sanar y proclamar el Reino. Abramos nuestros corazones a esta llamada a la misión.

Evangelio del día

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     9. 36-10,8 ()

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de
ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y
dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y
abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de
los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los
espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia.

Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre
Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y
Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

«No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino,
proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten
a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han
recibido gratuitamente, den también gratuitamente».

Oración de los Fieles

  • Por el Papa Francisco, los obispos y sacerdotes, para que, con entrañas de misericordia como las de Cristo, guíen al rebaño de Dios con sabiduría y santidad, y sean incansables en la proclamación del Evangelio a todas las naciones. Roguemos al Señor.
  • Por los gobernantes de las naciones y por todos aquellos que tienen responsabilidades públicas, para que, movidos por la compasión de Jesús, busquen siempre la justicia, la paz y el bienestar de los más desfavorecidos. Roguemos al Señor.
  • Por los enfermos, por quienes sufren la soledad, la pobreza o la desesperanza en nuestras familias y comunidades, para que la Iglesia sea para ellos un refugio de consuelo y un signo visible del amor sanador de Cristo. Roguemos al Señor.
  • Por la comunidad de fe en internet y por los lectores del portal caminoyoracion.org, para que perseveremos en la oración conjunta, nos nutramos de la Palabra de Dios y seamos testigos de la fe en el vasto campo digital. Roguemos al Señor.
  • Por nuestra comunidad parroquial y por todas las familias aquí presentes, para que, al reconocer la abundancia de la cosecha y la escasez de obreros, nos sintamos llamados a ser misioneros en nuestros propios hogares y entornos, llevando el amor de Dios a cada corazón. Roguemos al Señor.

Monición de Presentación de Ofrendas

Con el pan y el vino, presentamos ante el altar del Señor no solo los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, sino también nuestras vidas. Con ellos, ofrecemos nuestra disposición a ser obreros en su mies, nuestros esfuerzos por vivir la compasión de Cristo en el día a día, y nuestra gratitud por el amor incondicional con el que nos ha justificado y salvado. Que este sacrificio, unido al de Cristo, transforme nuestros corazones y nos capacite para su misión.

Oración de Comunión Espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma. Pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a ti. Señor, no permitas que jamás me separe de ti. Amén.

Reflexión del día

Este Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, en el Ciclo A, nos sumerge en una profunda reflexión sobre la identidad de Dios, la nuestra como su pueblo, y la misión que se desprende de esta relación. Las lecturas de hoy no son meros relatos históricos, sino espejos que reflejan nuestra propia vocación y el compromiso ineludible que tenemos con el Reino de Dios. Nos invitan a contemplar el rostro compasivo de Jesús y a sentirnos parte activa de su misión evangelizadora en un mundo que sigue hambriento de esperanza y verdad.

La Primera Lectura, tomada del libro del Éxodo (19, 1b-6a), nos sitúa en el desierto del Sinaí, un lugar de encuentro fundamental entre Dios e Israel. Aquí, el Señor no solo libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto, sino que establece con ellos una Alianza que define su identidad para siempre. Dios les dice: “Si de veras me obedecéis y guardáis mi Alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos... seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Esta declaración es trascendental. Israel es elegido, no por mérito propio, sino por la pura gracia divina, para ser un testimonio, un faro entre las naciones. Ser "propiedad personal" de Dios no significa posesión, sino un vínculo de amor y exclusividad que implica responsabilidades. Un "reino de sacerdotes" sugiere que todo el pueblo está llamado a mediar entre Dios y el mundo, a ofrecer sacrificios de alabanza y una vida santa, y a mostrar a las demás naciones el camino hacia el verdadero Dios. Ser una "nación santa" es vivir de acuerdo con los principios de justicia, misericordia y fidelidad que emanan de la propia santidad de Dios. Para nosotros hoy, esta lectura nos recuerda que, a través del bautismo, hemos sido injertados en el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. También nosotros somos llamados a ser un "reino de sacerdotes" y una "nación santa", no por nuestros propios méritos, sino por la Alianza sellada en la sangre de Cristo. Esto significa que nuestra vida diaria, en la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones, debe ser un reflejo de la santidad de Dios, un testimonio vivo de su presencia en el mundo. Nuestra casa puede ser un altar, nuestra oficina un espacio de testimonio, y nuestra comunidad un reflejo del amor divino.

El Salmo Responsorial (Sal 99) refuerza esta idea de pertenencia y alegría: "Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño." Es un canto de acción de gracias que nos invita a reconocer que el Señor es Dios, que "Él nos hizo y a Él pertenecemos." Esta es la base de nuestra identidad y nuestra seguridad: somos obra de sus manos, amados y protegidos. Nos invita a servir al Señor con alegría y a llegar hasta Él con cantos jubilosos. En la cotidianidad de nuestros hogares, en medio del ajetreo, ¿recordamos esta alegría de pertenecer a Dios? ¿Nuestras acciones y palabras reflejan esta gratitud y amor?

La Segunda Lectura, de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos (5, 6-11), es una joya teológica que profundiza en el amor incondicional de Dios. Pablo nos confronta con la paradoja de la salvación: "Cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores." ¡Qué verdad tan asombrosa! No cuando éramos dignos, justos o santos, sino cuando estábamos sumidos en nuestra debilidad y pecado, Cristo se entregó por nosotros. Pablo incluso contrasta esto con la lógica humana: "Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor." Pero Dios trasciende esta lógica, demostrando su amor supremo precisamente en el momento de nuestra mayor indignidad. "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores." Esta es la esencia del Evangelio, la buena noticia que nos libera del peso de la culpa y nos abre a una esperanza inquebrantable. Hemos sido "justificados por su sangre" y "salvados por él del castigo." Más aún, hemos sido "reconciliados con Dios" por la muerte de su Hijo. Este amor nos invita a vivir una vida de gratitud y de confianza plena en Dios. En nuestras luchas diarias, en nuestros fracasos y debilidades, esta lectura nos recuerda que el amor de Dios es inquebrantable, que Él siempre nos ofrece una nueva oportunidad, y que su gracia es más grande que cualquier pecado. ¿Cómo podemos llevar este mensaje de reconciliación y amor incondicional a nuestros entornos familiares y laborales? Quizás perdonando, escuchando, ofreciendo una mano amiga sin juzgar, recordando que todos somos "débiles" y que la misericordia debe prevalecer.

Finalmente, el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (9, 36-10, 8), nos presenta a Jesús en su ministerio activo. La escena comienza con una imagen poderosa: "Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias." Es un retrato de la misión integral de Jesús: Palabra y Obra, enseñanza y curación, evangelización y servicio. Pero lo más conmovedor es su reacción al ver a la multitud: "Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor." La palabra griega para "compasión" (splagchnizomai) es muy fuerte; significa que sus entrañas se conmovieron, sintió un profundo dolor y empatía por el sufrimiento ajeno. Esta compasión no es una mera emoción, sino el motor de su acción. Percibe la profunda necesidad espiritual de un pueblo desorientado, sin guía, expuesto a peligros.

Y de esta compasión brota su llamado a la misión. Primero, una observación: "Entonces dijo a sus discípulos: ‘La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a su cosecha.’" Esta frase resuena hoy con la misma urgencia. Hay una inmensa necesidad de Evangelio, de sentido, de esperanza en nuestro mundo, pero los obreros que estén dispuestos a salir al campo son escasos. La oración por las vocaciones no es solo por sacerdotes y religiosos, sino por que cada uno de nosotros, laicos, padres de familia, profesionales, jóvenes, adultos mayores, descubra y viva su vocación de ser "trabajador" en la mies del Señor. Luego, Jesús no solo ora, sino que actúa: "Después llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias." Él los inviste con su propia autoridad y misión. Les da instrucciones concretas: "Vayan, sobre todo, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen: ‘El Reino de los Cielos está cerca.’ Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."

Esta es nuestra misión, queridos hermanos y hermanas. No somos meros espectadores de la fe, sino llamados a ser protagonistas. La compasión de Jesús nos interpela a mirar a quienes nos rodean con sus mismos ojos: ¿quiénes son las "ovejas sin pastor" en nuestra vida? ¿Quizás un familiar agobiado, un compañero de trabajo desilusionado, un vecino solitario, o incluso nosotros mismos, en momentos de fatiga espiritual? La misión no es solo para algunos privilegiados; es para todos los bautizados. Hemos recibido gratuitamente el don de la fe, el amor de Dios, la salvación de Cristo. Por lo tanto, estamos llamados a dar gratuitamente. Esto se traduce en actos concretos: una palabra de aliento, un oído atento, una ayuda desinteresada, una oración ofrecida, el testimonio de una vida íntegra y alegre, la defensa de la justicia, la construcción de la paz en nuestros ambientes. La Iglesia entera está llamada a ser "hospital de campaña," a salir al encuentro de las heridas del mundo. Nuestra familia puede ser un pequeño "equipo misionero" donde se viva la fe, se comparta la caridad y se ore juntos. En nuestros trabajos, nuestra ética, nuestra honestidad, nuestra capacidad de servir y de perdonar pueden ser un poderoso anuncio del Reino.

Este domingo, la invitación es clara: dejémonos conmover por la compasión de Jesús. Oremos intensamente para que el Señor envíe más trabajadores a su mies, y, al mismo tiempo, reconozcamos que nosotros mismos somos esos trabajadores que Él quiere enviar. No esperemos a que "otros" lo hagan. El amor de Dios en Cristo nos justifica y nos impulsa a una vida de misión. Vayamos, pues, con la alegría del Salmo, con la confianza en el amor de Dios que nos revela Pablo, y con la compasión de Jesús, a proclamar el Reino, sanar las heridas y dar testimonio de la esperanza que tenemos. Es una misión de vida, que se vive en lo ordinario, pero con un corazón extraordinariamente lleno del Espíritu Santo.

Para fortalecer nuestra vida espiritual y cumplir con esta misión, es fundamental alimentar nuestra oración diaria. Te invitamos a rezar el Santo Rosario, una poderosa herramienta para meditar en los misterios de Cristo con María. También, para profundizar en las lecturas de cada día y nutrir tu espíritu, puedes visitar Evangelio de hoy, donde encontrarás reflexiones y comentarios. Y si buscas inspiración para comunicarte con Dios, explora nuestra colección de oraciones, que te acompañarán en cada momento de tu jornada.

Que esta Eucaristía nos dé la fuerza y el valor para ser esos "obreros" que el Señor necesita, transformando nuestros ambientes con la gracia que gratuitamente hemos recibido.

Monición de despedida

Hemos sido alimentados con la Palabra y con el Pan de Vida. Ahora, con la fuerza de este encuentro, volvamos a nuestros hogares, a nuestras familias y a nuestros trabajos, como "ovejas de su rebaño" y como misioneros de su amor. Que la compasión de Cristo nos impulse a ser portadores de esperanza y reconciliación en cada rincón de nuestro mundo. Vayamos en paz, y que el Señor los acompañe siempre.

Referencias

Conferencia Episcopal Española. (2018). Liturgia de las Horas: Solemnidad del día. Madrid: Coeditores Litúrgicos.

Catecismo de la Iglesia Católica. (1997). Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.

Evangelio del día en la Liturgia Oficial de la Iglesia. Recuperado de la fuente oficial y literal: https://www.curas.com.ar/Leccionarios/Dominical/L11dgotoA.htm

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