
- ¿Quién fue san Marcos? Un discípulo forjado entre dos gigantes
- El Evangelio según san Marcos: el más antiguo y dinámico
- El león alado: un símbolo que habla de poder y resurrección
- Huella histórica: de Roma a Alejandría y Venecia
- Cinco lecciones pastorales de san Marcos para hoy
- Fuentes de autoridad para profundizar
El Evangelio según san Marcos es el más breve y, sin embargo, encierra una fuerza narrativa única. Cada 25 de abril, la Iglesia celebra a este evangelista que supo plasmar, con la vivacidad de un testigo directo, el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios. Pero ¿quién fue realmente Marcos? ¿Por qué lo acompañan las imágenes de un león alado? Y, sobre todo, ¿qué puede enseñarnos hoy, siglos después, a quienes servimos en las comunidades parroquiales?
Este artículo se adentra en la figura de san Marcos más allá de los tópicos. Exploraremos su relación con los grandes apóstoles, el perfil único de su Evangelio y, por supuesto, las claves que su testimonio ofrece a todo líder pastoral.
¿Quién fue san Marcos? Un discípulo forjado entre dos gigantes
La tradición más antigua de la Iglesia identifica al autor del segundo Evangelio con Juan Marcos, un cristiano de origen judío que aparece en varias ocasiones en el Nuevo Testamento, siempre en un segundo plano y, sin embargo, decisivo.
Su casa familiar en Jerusalén era un lugar de encuentro para la primera comunidad cristiana. Allí acudió Pedro tras ser liberado milagrosamente de la cárcel (cf. Hch 12,12). Este detalle no es menor: la casa de Marcos era un espacio de acogida, oración y refugio, un auténtico centro de misión primitiva.
Más tarde, acompañó a Pablo y Bernabé en su primer viaje apostólico, aunque por motivos que no se especifican, se separó de ellos en Perge (Hch 13,13). Este abandono causó un desacuerdo tan fuerte entre Pablo y Bernabé que terminaron tomando caminos distintos. Sin embargo, la historia de Marcos no acabó en una ruptura: años después, el mismo Pablo lo reclamó a su lado, reconociendo su utilidad para el ministerio (2 Tim 4,11).
La relación más profunda de Marcos fue con el apóstol Pedro. Los escritos de los Padres de la Iglesia son unánimes al afirmar que Marcos fue el intérprete de Pedro y que puso por escrito su predicación. Papías de Hierápolis, ya en el siglo II, lo expresa con claridad:
«Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba; pero no en orden, de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro». (Citado por Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, III, 39, 15)
Este origen —la predicación viva del primer Papa— confiere al Evangelio de Marcos una autoridad y una frescura únicas.
El Evangelio según san Marcos: el más antiguo y dinámico
El Evangelio de Marcos es, según el consenso mayoritario de los estudiosos, el primero que se escribió. Data aproximadamente de entre los años 65 y 70 d.C., en un contexto de persecución en Roma bajo el emperador Nerón.
Sus características principales lo convierten en un texto ideal para quien busca un encuentro directo con Jesús:
- Ritmo ágil: El término griego euthys («enseguida», «inmediatamente») aparece más de 40 veces. Todo en Marcos es urgente; el Reino irrumpe y reclama una respuesta.
- Jesús humano y divino: Marcos no oculta las emociones de Cristo: se compadece, se indigna, se entristece. Pero al mismo tiempo, lo presenta como el Hijo de Dios que domina la naturaleza y expulsa demonios.
- El «secreto mesiánico»: Jesús manda callar a los demonios y a los sanados sobre su identidad. Solo ante el sumo sacerdote y en la cruz se revela plenamente. La confesión del centurión romano («Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», Mc 15,39) es la cumbre del Evangelio.
- Un Evangelio para catecúmenos: Está escrito para una comunidad que necesitaba conocer quién es Jesús y qué significa seguirle en medio del sufrimiento. El discipulado, con sus fracasos y su llamado a la cruz, es uno de sus ejes.
«El Evangelio de Marcos es el Evangelio del discípulo, que en el camino hacia Jerusalén va descubriendo poco a poco quién es Jesús y qué exige de él». (Benedicto XVI, Audiencia General del 5 de abril de 2006)
El león alado: un símbolo que habla de poder y resurrección
Desde los primeros siglos, la tradición cristiana ha asociado a los cuatro evangelistas con los cuatro seres vivientes del Apocalipsis (Ap 4,7) y del profeta Ezequiel (Ez 1,10). A Marcos le corresponde el león, y el motivo es teológicamente profundo.
El Evangelio de Marcos comienza con un grito profético en el desierto: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor» (Mc 1,3). La voz potente de Juan Bautista anuncia al Mesías como un león que irrumpe. Además, el león es símbolo de realeza y de resurrección, porque según antiguas leyendas, el cachorro de león nacía muerto y al tercer día su padre le insuflaba vida con su aliento.
Esta imagen conecta directamente con el núcleo del Evangelio: Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios que, tras la pasión, resucita victorioso al tercer día.
Huella histórica: de Roma a Alejandría y Venecia
Tras su ministerio junto a Pedro y Pablo en Roma, la tradición señala que Marcos fue enviado a Alejandría, en Egipto, donde fundó una de las iglesias más ilustres de la cristiandad antigua. Allí, según el Martirologio Romano, sufrió el martirio: fue arrastrado por las calles de la ciudad hasta morir, en torno al año 68.
Sus reliquias, sin embargo, emprendieron un largo viaje siglos después. En el año 828, unos mercaderes venecianos las trasladaron desde Alejandría hasta Venecia, donde reposan hasta hoy en la majestuosa Basílica de San Marcos. El león alado se convirtió, desde entonces, en el emblema de la Serenísima República de Venecia.
El 25 de abril, la Iglesia celebra su fiesta litúrgica. En el canon romano (Plegaria Eucarística I) se le nombra junto al resto de los apóstoles y evangelistas, testimonio de su lugar privilegiado en la comunión de los santos.
Cinco lecciones pastorales de san Marcos para hoy
La vida y el Evangelio de Marcos ofrecen claves valiosísimas para un líder parroquial:
- El fracaso no define al discípulo. Marcos abandonó la misión en Perge, pero no fue descartado. Pablo mismo lo rehabilitó. En nuestras comunidades, conviene recordar que las caídas no cancelan la llamada.
- La fidelidad está en escuchar y transmitir. Marcos no fue un testigo directo de Jesús, sino un oyente atento de Pedro. Su grandeza estuvo en la humildad de escuchar bien y proclamar fielmente. Un líder no necesita inventar nada: le basta con transmitir lo que ha recibido de la Iglesia.
- La casa como centro de misión. La casa de la madre de Marcos era un espacio de oración, refugio y envío. La parroquia está llamada a ser también un hogar abierto, una «casa de Marcos» para tantos que buscan a Cristo.
- Urgencia evangelizadora. El Evangelio de Marcos respira una santa prisa. El anuncio no puede esperar. Revisar si la inercia o el exceso de burocracia pastoral apagan el fuego misionero es un examen necesario.
- Predicar a un Cristo cercano y verdadero. Los fieles de hoy necesitan encontrarse con el Jesús de Marcos: el que se conmueve, se cansa, se indigna y, sobre todo, se entrega. Un Cristo real, no un concepto abstracto.
Fuentes de autoridad para profundizar
Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la inspiración de la Sagrada Escritura (n. 18-19): Leer el documento
Audiencia General del Papa Benedicto XVI sobre san Marcos (5 de abril de 2006): Leer en vatican.va
Catecismo de la Iglesia Católica sobre la formación de los Evangelios (nn. 124-127): Consultar aquí
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