¿Hasta cuándo rumiar el mal?

Jose Toro
Fuente: Pixabay

Buenos días! Con permiso…

¿Hasta cuándo rumiar el mal?
Bernardo

«Echando mil pestes / al verse encerrada, / en vez de ponerse / serena y con calma / a buscar por donde / salir de la estancia, / ¿sabéis lo que hizo? / ¡Se puso más brava! / Se puso en los vidrios / a dar cabezadas, / sin ver en su furia / que a corta distancia / ventanas y puertas / abiertas estaban.» Aquiles Nazoa, Fábula de la avispa ahogada

«Quien tiene un corazón sintonizado con Dios, no se queda quieto sobre los errores. No señala con el dedo el mal, sino que se alegra por el bien, por el bien del otro, porque el bien del otro es también el mío. Y nosotros, ¿sabemos ver a los otros así?» Papa Francisco, en el Ángelus del IV domingo de Cuaresma

En la compleja galaxia de nuestras relaciones personales, todos solemos tener desavenencias y encontronazos. La tendencia es a ser intolerantes, ciegos a los puntos de vista ajenos.

Hace pocos días me hallé en medio de la absurda situación de intransigente (e injusto) bloqueo, protagonizada por un puñado de vecinos que, arrogándose la representatividad de toda una urbanización, y sin atender razones, impidieron la realización del concierto gratuito de música de cámara que ofrendaría una institución en el inmueble que ésta adquirió para ese tipo de fines. Mi sensata tía Rosalía comentaba de algunas personas: “Dice, yo no doy mi brazo a torcer, porque eso duele mucho”. Así muchos entran a supuestos diálogos que se convierten en infructuosos intercambios de terquedades, agravando entonces las diferencias con resquemores que se hacen personales.

De estos frecuentes conflictos quedan resentimientos, sed de revancha, rupturas irreconciliables que permanecen, aún olvidado lo que les dio origen. Pero la venganza hoy no es tan sencilla, y la tirria entonces se siente impotente. “¡Qué impotencia!” es una expresión que leemos o escuchamos como manifestación de una rabia interna, oculta, que solamente lleva al estrés moral y corporal y a padecimientos que se hacen crónicos. Y esa ira guardada se desahoga deseando al que fue contrincante todo mal, hasta la muerte.

La ira, la soberbia, se apoderan de nosotros, y prácticamente rogamos a Dios que aniquile al objeto de nuestra frustración. En muchos casos, esa malevolencia nutre el negocio de quienes hacen hechizos que prometen el daño a hombres y mujeres que no podemos alcanzar directamente con nuestro deseo de maldad. Pero, amigos, ni el daño ni la muerte ajenos son solución para nuestros problemas. Por lo contrario, suelen ser fuente de empeoramiento: Ese mal, sordo y ciego, incapaz de perdón ni comprensión, se devuelve, es el mal que paraliza, bloquea, la historia.

A tantos compatriotas que odiaron a Hugo Chávez, y le deseaban la muerte, les decía “no deseen su muerte, la muerte no es arreglo de nada, incluso puede venir algo peor”; ignoro si alguien está en desacuerdo, me parece que la situación que era ya mala, efectivamente, empeoró. ¡Y a cuántos deseó el mal, maldiciéndoles de todo corazón y en público, el mismo presidente! No se necesita comentar más los respectivos resultados.

Sabiamente ha dicho Su Santidad Francisco lo que citamos al comienzo: no perder tiempo ni energías maldiciendo a troche y moche, sino alegrarnos “por el bien, por el bien del otro, porque el bien del otro es también el mío”. Desear al otro que encuentre su verdadero bien para que redunde en mi paz y mi mejora como humano, debería ser mi respuesta más sagaz.

Pero “nosotros, ¿sabemos ver a los otros así?”, dice Francisco…

Por Bernardo Moncada

2 comentarios

  1. Desear el mal no es correcto. Las cosas así se devuelven. El bien triunfará siempre sobre el mal.
    No, no debe ser alegría el mal de otro; no seríamos cristianos, pues es el amor el que inspira Dios.

  2. Excelente es totalmente cierto jamás debemos ser esclavos de la maldad, del odio, la envidia eso solo perturba nuestra vida espiritual y va debilitando el alma

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