Moniciones, Lecturas y Evangelio del Domingo 13 de Septiembre de 2026 - DOMINGO VIGESIMOCUARTO

Índice del Artículo

Queridos hermanos, en este Vigesimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario, la liturgia nos introduce en el corazón mismo del Evangelio: el perdón sin medida. No se trata de una virtud opcional ni de un consejo para almas avanzadas; es la condición para parecernos al Padre y para vivir en libertad. El libro del Eclesiástico nos advierte sobre el veneno del rencor y la venganza; el Salmo 102 canta la misericordia infinita de Dios; San Pablo nos recuerda que ya no nos pertenecemos, sino que somos del Señor; y el Evangelio nos sacude con la parábola del siervo despiadado. Jesús nos dice hoy con claridad: perdona de corazón, porque tú has sido perdonado infinitamente. Que esta Eucaristía nos conceda un corazón reconciliado y una vida que irradie la paz de Cristo.


Tips Litúrgicos del Día

  • Comienza la mañana liberando el corazón. Antes de salir de casa, haz un breve silencio y presenta al Señor a esa persona con la que estás en deuda de perdón. No importa si el sentimiento no acompaña todavía; da el primer paso con la voluntad.
  • El Eclesiástico hoy es una radiografía del rencor. Léelo con calma y subraya las frases que más te toquen. El rencor, la ira y la venganza son cadenas que esclavizan; el perdón es la llave que abre la puerta de la paz.
  • El Salmo 102 es un himno a la ternura de Dios. Reza despacio la antífona: «El Señor es compasivo y misericordioso». Si te cuesta perdonar, deja que estas palabras te inunden: Dios no te ha tratado según mereces; te ha envuelto en su compasión.
  • San Pablo nos recuerda que somos del Señor. Al hacer hoy tu trabajo, al atender a tu familia, al cumplir tus deberes, hazlo todo consciente de que vives para Cristo. Esa conciencia lo transforma todo y te libera del egoísmo.
  • El Evangelio de la parábola del siervo despiadado es un espejo. Pregúntate sinceramente: ¿qué deudas me cuesta perdonar? ¿He sido capaz de pedir perdón yo mismo? Si puedes, programa este día o esta semana el sacramento de la Reconciliación.
  • Haz un gesto concreto de misericordia. Puede ser una llamada, un mensaje, una oración ofrecida por quien te ha herido. No esperes que el otro dé el primer paso; ámalo tú primero, como te amó Cristo.

Citas Bíblicas del Día

  • «Perdona la ofensa a tu prójimo, y cuando reces, tus pecados serán perdonados» (Eclesiástico 28, 2). La conexión íntima entre perdón humano y perdón divino.
  • «Acuérdate de la alianza del Altísimo y olvida las ofensas» (Eclesiástico 28, 9). Una llamada a la memoria del amor de Dios.
  • «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad» (Salmo 102, 8).
  • «Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros pecados» (Salmo 102, 12). La desmesura del perdón divino.
  • «En la vida y en la muerte somos del Señor» (Romanos 14, 8).
  • «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18, 22).
  • «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (Mateo 18, 35).

Santo del Día

Hoy, al celebrar el Domingo, la Iglesia concentra toda su mirada en el misterio pascual de Cristo, que es la fuente de toda gracia. No se celebra una memoria particular de santos, porque el Día del Señor lo ilumina todo. Las lecturas de este domingo nos invitan a contemplar la misericordia como el rasgo más profundo del rostro de Dios y nos llaman a reproducirlo en nuestras relaciones. Es una jornada para dejarse reconciliar y para convertirse en instrumento de reconciliación. Que la Palabra de Dios sea hoy nuestra única guía y que María, Madre de misericordia, interceda por nosotros.


Monición de Entrada

Queridos hermanos, nos reúne en este domingo la misericordia de Dios, que no se cansa de acogernos y perdonarnos. La liturgia de hoy es un canto al perdón sin límites, un espejo en el que contemplamos cuánto hemos recibido y cuánto estamos llamados a dar. El sabio del Eclesiástico nos advierte: el rencor y la venganza envenenan el alma; el perdón es el camino de la vida. El salmista nos invita a bendecir al Señor, que aleja de nosotros nuestros pecados como dista el oriente del ocaso. Y Jesús, con una parábola inolvidable, nos muestra que el siervo perdonado de una deuda inmensa no puede negar el perdón a su hermano sin cerrarse a la misericordia que lo salvó. Al comenzar esta Eucaristía, pidamos al Espíritu Santo que nos conceda un corazón nuevo, libre del resentimiento, y que nos haga capaces de perdonar de corazón, como el Padre nos perdona. De pie, recibamos al Señor que viene a hacer nuevas todas las cosas.


Monición a la Primera Lectura

La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, nos habla con un realismo que incomoda. El rencor y la ira son descritos como plagas que destruyen la convivencia y cierran el corazón a la gracia. El sabio no idealiza: reconoce que las ofensas existen y duelen; pero propone un camino distinto al de la venganza. Perdonar la ofensa del prójimo no es un acto de debilidad, sino de fortaleza y de sabiduría. Y añade una motivación decisiva: si tú no perdonas, ¿cómo pedirás perdón a Dios? Acuérdate de la alianza, del amor infinito con que el Altísimo te ha amado, y deja caer el peso del resentimiento. Escuchemos esta lectura como una invitación a revisar nuestras heridas y a dar el paso valiente de la reconciliación.


Primera Lectura del día de Hoy

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30 -- 28, 7

El rencor y la ira son abominables, y el pecador los posee. El que se venga sufrirá la venganza del Señor, que lleva cuenta exacta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo, y cuando reces, tus pecados serán perdonados. Si un hombre guarda rencor a otro, ¿cómo puede pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón por sus pecados? Si él, que es carne, guarda rencor, ¿quién expiará sus pecados? Acuérdate de la alianza del Altísimo y olvida las ofensas. Deja ya de irritarte y aparta la discordia; no te entregues a la rencilla, ni siquiera por poco tiempo, para que no se acreciente el pecado. ¿Por qué te dejas llevar de la ira y del rencor? ¿Quieres ser semejante a los pecadores? El que se deja llevar de la ira se arrepentirá de su conducta. Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor al prójimo. Acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.


Salmo del día de Hoy

Salmo 102, 1-4. 9-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
rescata tu vida de la fosa
y te corona de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
así de grande es su amor para sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros pecados. R/.


Monición a la Segunda Lectura

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos ofrece una verdad que transforma la vida: ninguno de nosotros se pertenece a sí mismo. Vivimos para el Señor y morimos para el Señor. Esta certeza no es una esclavitud, sino la más profunda liberación: ya no tenemos que defender con uñas y dientes nuestro pequeño reino; todo lo que somos y tenemos está en manos de Cristo. Y si Él nos ha acogido en su amor, ¿cómo podemos negar acogida a un hermano? La soberanía de Cristo sobre nuestra vida es el fundamento de una comunidad donde el juicio cede el paso a la misericordia. Escuchemos esta palabra que nos centra en lo esencial y nos prepara para acoger el Evangelio del perdón.


Segunda Lectura del dia de Hoy

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. Así que, en la vida y en la muerte, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.


Monición del Evangelio

El Evangelio de Mateo nos confronta con una pregunta que todos llevamos dentro: ¿cuántas veces hay que perdonar? Pedro, con una generosidad que le parece admirable, propone siete veces. Pero Jesús rompe todos los esquemas: no siete, sino setenta veces siete, es decir, siempre. Y para que lo entendamos, narra la parábola del siervo despiadado. Un hombre es perdonado por el rey de una deuda inmensa, impagable, equivalente a millones de jornales. Apenas sale, se encuentra con un compañero que le debe una miseria, cien denarios, y lo trata con una crueldad extrema. La desproporción es escandalosa y nos interpela directamente: si Dios nos ha perdonado tanto, ¿cómo nos atrevemos a negar a otros una migaja de misericordia? La conclusión de Jesús es un despertador: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano». De pie, acojamos esta Palabra que nos libera del resentimiento y nos invita a la reconciliación.


Evangelio del día de Hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contestó:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara la deuda. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”. El señor tuvo compasión de aquel empleado, lo dejó marchar y le perdonó la deuda.
Pero al salir, el empleado se encontró con un compañero que le debía cien denarios; lo agarró y lo estrangulaba, diciendo: “Paga lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue a meterlo en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Al verlo sus compañeros, se entristecieron mucho y fueron a contar al señor todo lo ocurrido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.


Oración de los Fieles

Confiando en la misericordia infinita de Dios, que no nos trata como merecen nuestros pecados, presentemos nuestras súplicas.

  • Por la Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, para que, alimentada por el perdón del Señor, sea en el mundo signo creíble de fraternidad y no se canse de ofrecer a todos la medicina de la misericordia. Roguemos al Señor.
  • Por el Papa, los obispos y todos los pastores, para que, como el rey de la parábola, tengan entrañas de compasión y guíen al pueblo santo de Dios por caminos de acogida, paciencia y perdón sin límites. Roguemos al Señor.
  • Por el apostolado digital y, en especial, por el portal “Camino y Oración”, para que sus contenidos siembren paz en los corazones heridos y recuerden a todos que el perdón es la puerta de la libertad. Roguemos al Señor.
  • Por quienes viven atrapados en el rencor, la culpa o la desesperanza, para que experimenten el abrazo del Padre que perdona, y encuentren la fuerza para reconciliarse con Dios y con los hermanos. Roguemos al Señor.
  • Por nuestra comunidad reunida en esta Eucaristía, para que, conscientes de la deuda inmensa que nos ha sido perdonada, sepamos perdonar de corazón a los que nos ofenden y construir la paz en los hogares y en la vida diaria. Roguemos al Señor.

Padre de misericordia, que alejas nuestros pecados como dista el oriente del ocaso, escucha nuestras oraciones y haznos testigos de tu perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Monición de Presentación de Ofrendas

Junto al pan y al vino, depositemos hoy en el altar nuestra deuda de amor, nuestra necesidad de perdón y nuestro deseo de perdonar. Presentemos también las heridas que nos cuesta sanar y los rencores que nos atan. Que el Espíritu Santo transforme estos dones y nos conceda la gracia de vivir como hijos del Padre misericordioso, que no guarda rencor perpetuo y nos corona de gracia y ternura.

Oración de Comunión Espiritual

Para quienes no pueden recibir sacramentalmente a Jesús, hagamos juntos este acto de comunión espiritual:

«Señor Jesús, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Ya que no puedo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no me permitas jamás separarme de ti. Amén.»

Reflexión del Día: Perdonar de corazón, la puerta de la libertad

La liturgia de este domingo es una llamada urgente a romper las cadenas del rencor. No se trata de un consejo piadoso, sino de una cuestión de vida o muerte espiritual. El libro del Eclesiástico lo dice con claridad: el rencor y la ira son abominables, y quien guarda resentimiento contra su semejante no puede pedir con coherencia la salud del Señor. El perdón no es un sentimiento que se impone desde fuera, sino una decisión que brota de la memoria del amor recibido. Acuérdate de la alianza del Altísimo, dice el sabio, y olvida las ofensas. La memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros es la fuente de la que mana la fuerza para perdonar.

El Salmo 102 nos ofrece un retrato conmovedor de ese Dios que perdona. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas; aleja de nosotros nuestros delitos como dista el oriente del ocaso. Es decir, nuestro pecado queda infinitamente lejos, sepultado en el abismo de la misericordia. Si esto es verdad —y es la verdad central del Evangelio—, ¿cómo podemos guardar rencor? ¿Cómo podemos cerrar el puño contra el hermano cuando el Padre nos ha abierto sus brazos? San Juan Pablo II decía que «el perdón es la condición para que la justicia no se convierta en venganza y el amor no se apague» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002, n. 3). El perdón no elimina la justicia; la supera y la plenifica.

San Pablo nos recuerda que ya no nos pertenecemos: si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. Esta verdad transforma radicalmente nuestras relaciones. El orgullo, que exige cuentas y guarda rencor, nace del falso sentido de propiedad sobre nuestra vida. Cuando reconocemos que todo es don, que incluso la existencia es prestada, aprendemos a soltar. El que vive para el Señor no puede vivir esclavo del resentimiento, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

El Evangelio es la cumbre de esta enseñanza. La parábola del siervo despiadado es una de las páginas más duras y más necesarias del Nuevo Testamento. La desproporción entre los diez mil talentos y los cien denarios es tan enorme que resulta casi ridícula. Es la distancia entre el pecado contra Dios y las ofensas que podemos recibir de los hombres. Y sin embargo, con qué facilidad olvidamos lo primero y nos aferramos a lo segundo. El siervo de la parábola no es un monstruo ajeno a nosotros; es el retrato de lo que somos cada vez que, habiendo sido perdonados tantas veces, nos negamos a perdonar una sola.

El Papa Francisco, en una de sus catequesis, afirmó: «El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio. Es el camino para no dejarnos vencer por el mal» (Audiencia General, 10 de noviembre de 2021). Perdonar no es olvidar, como si la memoria pudiera borrarse con un acto de voluntad. Es recordar sin desear el mal, sin exigir venganza, sin permitir que la herida siga gobernando mi vida. Es abrir la puerta para que el otro pueda volver, aunque no lo haga. Y es, sobre todo, ponerse en manos de Dios, que es el único que conoce los corazones y hace justicia con misericordia.

Este domingo nos deja una tarea concreta: mirar a la cara a nuestro rencor y llamarlo por su nombre. Puede que sea un resentimiento antiguo, una herida familiar, una palabra que nos dijeron y no hemos soltado. Jesús nos dice hoy, sin rodeos: perdona de corazón. No porque el otro lo merezca, sino porque tú has sido perdonado. No para humillarte, sino para liberarte. Porque el rencor encadena; el perdón rompe las cadenas.

Que la Eucaristía que celebramos, memorial del perdón definitivo, nos dé la gracia de salir de aquí con el corazón más liviano y las manos abiertas. Que María, Madre de misericordia, interceda por nosotros y nos enseñe a guardar y meditar en el corazón las maravillas del amor de Dios.

Monición de Despedida

Hermanos, hemos escuchado la Palabra que nos llama al perdón sin medida y hemos recibido el Pan que nos une en un solo cuerpo. Ahora salimos a vivir esta gracia en el mundo. No os llevéis rencores escondidos; dejadlos al pie del altar. Llevad, en cambio, la paz de Cristo, la libertad de los hijos de Dios y la alegría de saberse perdonados. Y recordad: perdonar no es un peso, es la puerta de la vida. Podéis ir en paz. Amén.

Referencias

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