El Almirante ultrajado: 530 años después

Jose Toro
Cristobal Colon Retrato

Bernardo Moncada Cárdenas

«Y porque la carabela Pinta era la más velera, iba delante del almirante, halló tierra e hizo las señas que el almirante había ordenado. Esa tierra vio primero un marinero que se llamaba Rodrigo de Triana. Y el almirante salió a tierra en la barca armada, Y dijo que le fuesen testigos de cómo él, ante todos, tomaba posesión de dicha isla por el rey y por la reina» Cristóbal Colón. Diario.

Un día como hoy, 530 años atrás, pudo escribir ese almirante lo que acabamos de leer. El personaje, como sabemos, fue llamado Cristóbal Colón, Cristoforo Colombo, dicen las crónicas. De su origen no se sabe con certeza, se sabe de su deceso y su sepultura, luego de vivir una existencia llena de dramas: acontecimientos incomparablemente satisfactorios alternados con momentos de profunda contrariedad. Ni siquiera sus restos parecen haberse librado de su destino de errabundo aventurero.

De ser el gran Almirante cuya gesta duplicó el mundo, tanto para europeos como para indígenas, llegó a pasar penurias, estar en prisión, e ir a reposar su humanidad de sempiterno expatriado en el país de donde una vez partió.

Durante décadas se nos enseñó a respetar la figura de este marino que ganó el mayor rango sin disparar cañones en batallas navales. Con su peculiar atavío y serena expresión, cuyo nombre -no en balde- significa “Portador de Cristo”, su efigie se irguió en monumentos alrededor del mundo, de este orbe al que interconectó por primera vez en la historia.

La interculturalidad que se abrió paso forzadamente después de su hazaña ha visto, en el ultramoderno siglo XXI, una oleada de odio ideológicamente inducido, que ha tomado su imagen  paciente como blanco de insensato vandalismo.

Así, mientras en el mundo los abusos contra los pueblos indígenas y africanos campean al son de un indigenismo hipócrita, la memoria del almirante es usada para descargar la confusa e iracunda frustración de tropeles armados con celulares y jeans.

Pero no pueden negar que El Nuevo Mundo, como llamó en su tiempo el continente con que finalmente topó, no solamente fue esta tierra. El mundo entero se hizo nuevo, a causa de su empeño y su osada abnegación ante los peligros del océano.

Donde se encuentre, Colón está libre de las insensatas oleadas de odio que han afrentado su imagen alrededor de la “civilización” que se empeñó en difundir.

Un monumento más o un monumento menos que sea destruido, atentando en realidad contra el patrimonio común de nuestros pueblos, no afectan su tranquilo ademán de nadie-me-quita-lo-bailao.

Queda limpia su memoria para quienes sepamos leer esa lección histórica de decidida curiosidad y emprendimiento ilimitado.

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