Sucesión y Presencia de la Arquidiócesis de Mérida-Venezuela

Bernardo Moncada Cárdenas

Admira, en la Basílica de San Pedro, la placa enumerando los Papas que, desde Simón Bar-Jonás, llamado Pedro, han llevado el encargo que Jesús encomendó con las palabras “Apacienta mis corderos” (Juan 21: 15). 264 nombres, uno tras otro, marcan la sucesión hasta Francisco. Un dato indiscutible, cuyos números pueden comprobarse historia tras historia.

Con mayor o menor ventura, los pontífices cabezas de la Iglesia católica han personificado la presencia de Cristo en el mundo. Ha habido mártires y santos, como ha habido algunos que, con sus manchas, han apenas logrado mantener el depositum fidei consignado en sus manos. Desde Pio XII hasta Francisco he contemplado figura y actuación de siete Papas. Todos me han merecido reconocerlos como Santos Padres, incluso en el periodo de mi alejamiento. Han sido además protagonistas de la convulsa historia contemporánea.

Lo mismo puede decirse de la arquidiócesis donde mis padres eligieron traerme a vivir. Diez episcopados y siete arzobispados han punteado la historia de nuestra provincia desde 1782, cuando Fray Juan Ramos de Lora recibió la mitra para fundar la Diócesis de Mérida de Maracaibo. 

Testigo presencial desde tiempos de Monseñor Acacio Chacón Guerra, también expreso sin dudas mi admiración por quienes, con ejemplar santidad, han conducido a Mérida -la que San Juan Pablo II calificó como reserva espiritual de Venezuela- manteniéndola “colocada en la cima del monte” (Mateo 5), como reza el escudo.

Comparando la personalidad y ejecutorias de los jefes de nuestra Iglesia local con las de dirigentes políticos actuantes en la historia reciente de Venezuela, se evidencian abismales diferencias -mayoritariamente favorables a nuestros pastores- y cabe preguntarse por la fuente de donde manantal voluntad de bien, mesura y consideración ante el otro, capacidad organizativa y entrega tesonera al cuidado de su grey, la lucidez y el calibre intelectual que los ha distinguido, para ganar el afecto popular que producen en nosotros.

Y he intuido con fuerza esa fuente en la cercanía de quien acaba de entregar la sede arquidiocesana en manos de su sucesor, en Su Eminencia Monseñor Baltazar Cardenal Porras Cardozo. En su prominente arzobispado, ha sido permanente el humilde reconocimiento de la luz que su antecesor, Siervo de Dios Monseñor Miguel Antonio Salas, arrojó en su formación y trayectoria, como si toda su valía se tratase de ese fulgor heredado.

Mirando las dos imponentes manifestaciones de afecto en que fue posible participar hace una semana -la toma de posesión de Monseñor Helizandro Terán como nuevo arzobispo de Mérida, y la despedida y agradecimiento del Cardenal Baltazar Porras como arzobispo saliente- comprendo haber sido testigo de actos mucho más grandes que simples ceremonias institucionales, y sentir la presencia de   Jesucristo vivo y contemporáneo en su Iglesia. 

Ello desplegó en mí la conciencia de cómo ha llegado a mi vida esa presencia, actuando desde hace más de dos mil años para alcanzarme a través de la fe de mi abuela y de mis padres. Me siento conmovido por su amor y su profunda inteligencia, en la sencillez de aquella campesina de Rubio -primera catequista- en la historia que me ha ganado y a la cual pertenezco, y en la personalidad de estos pastores vivos que inspiran mi admiración y acatamiento.

Mérida, la ciudad en la cima del monte, disfruta y agradece el privilegio de haber sido tocada y llamada por Dios de manera así de deferente, a través de las intocables bellezas que luce y de la presencia de Cristo tan prístinamente experimentable en su Arquidiócesis. El Señor continúe distinguiéndonos así.

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