La ciencia y el objeto

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Por Dr. Horacio Carrero

Cada ciencia busca la exactitud y el rigor. Por supuesto, ambos caracteres son empleados de modo distinto en una u otra ciencia, por ejemplo, en la matemática y en la historia. Ahora bien, de modo general el conocimiento del objeto requiere la exactitud en la investigación de su contenido esencial, y el rigor en la explicación de su modo de ser.


El contenido esencial consiste en no manipular inexpertamente al objeto en aquello que es, y el modo de ser indica que aquello que es el objeto, elucidado por el estudioso, es algo otro.
Estos aspectos exactitud, rigor, contenido esencial y modo de ser, aplicados en la ciencia de modo general al estudio de cualquier objeto, menos o más noble, solicitan considerarlo no intempestivamente al aquello que no existe, porque el conocimiento siempre es conocimiento de algo 1 , y negar esto es negar la misma posibilidad del conocimiento.


El conocimiento desvela el itinerario a través del cual el pensamiento acoge originariamente del objeto la innegable presentación de su ser. Por ende, el científico propone sus presuposiciones, las corrobora afirmándolas o negándolas, con el propósito de alcanzar una determinación superior.
Ésta radica en sistematizar al objeto en una definición, en la que real, lógica, gramatical y epistemológicamente el objeto se anuncia.


La realidad del objeto en modo cierto es una totalidad absoluta, que, de un lado, es inabarcable, y que, de otro lado, el hecho de ser inabarcable exige a la inteligencia la unidad del mismo no cual sombra de un mero accidente. Ambas condiciones evitan la indiferencia de la inteligencia respecto a lo que está conociendo, e impelen los tentativos de asegurar es.


Este asegurar es, según el criterio de la lógica, postula una explicación sucesiva sustentada en la evidencia del objeto como tal; en efecto, éste no da el concepto sino la inteligencia, y ésta observa y define cómo en las proposiciones, dentro de elementales conclusiones, muestra de aquel su sentido propio.


Por supuesto, este sentido propio, apoyado en la realidad del objeto y en la argumentación lógica ya implica un análisis que, secundado con la gramática, acentúa el testimonio integral sobre la manifestación objetiva que esencialmente pertenece al modo de ser del objeto. Esto es, el testimonio integral recoge y ordena correctamente la investigación substraída de lo verdadero de su naturaleza.


Pero, ¿para qué recoger y ordenar correctamente (gramaticalmente) la verdad de la naturaleza del objeto? Para que al surgir los por qué, referidos al estudio del mismo, haya un fundamento epistemológico que garantice la posibilidad de profundización en la actitud cognoscente del otro.

1 Cf. ARISTÓTELES, «Capítulo VII. Categorías». Órganon, 41.

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El objeto menos o más noble


El adjetivo noble alude a objetos animados como inanimados, pues esta diferencia acompaña al entendimiento que los escruta. Efectivamente, es palmario que una piedra carece de estados psíquicos como la ansiedad o la indecencia, y, no obstante, tiene una morfología específica que la distingue
y desde la cual el intelecto emite un juicio, detallado y ordenado, sobre su exclusiva realidad. Por eso, asegura lo que es, y considera una mejor que la otra, por ejemplo, para la construcción.


Ahora bien, la nobleza en un animal, el buey por ejemplo, indica ya un estado vital por el que siempre retorna a lo que es, animalidad, sensibilidad, instinto, y a partir de lo cual puede ser domesticado. Por ende, este objeto, más noble que la piedra, de momento refleja que el intelecto humano no ha
de comportarse con usura en referencia al ser que cada ente desenvuelve, porque cada cosa no es sólo lo que se cuenta, sino principalmente aquello de que objetivamente consiste. En efecto, noble consideran a un toro de lidia como a un buey, y, no obstante, primordialmente tienen lo que los distingue.


Como se ve el conocimiento del objeto no ha de ser relegado a una misteriosa incognoscibilidad, pues con esta afirman: allí yacen los objetos y aquí aparece el hombre que los piensa. Al contrario, salvaguardando su verdad real, es decir, afrontándolos por lo que son, el hombre no sacrifica
en una pura materialidad la autenticidad que brilla de ellos en él y la del más noble objeto, en el plano universal, que es él mismo.

Desde luego, si a alguien le preguntan, ¿es el hombre un objeto?, puede alarmarse e inmediatamente dirá, no. Esta persona pensaría que el ser realizado por el hombre ampara su dignidad. Sin embargo, hasta aquí se ha ido yendo en el conocimiento del objeto menos noble al más noble (piedra,
buey, hombre), pues precisamente el viviente humano posee una realidad física que no se observa de este modo para la utilidad o inutilidad.


De esta manera, tal realidad objetual propia del hombre, estudiada física y anímicamente, es algo afín, pues en ella conserva aquello que también en el otro funda la integridad del ser; y en ésta el singular individuo humano respecto del otro corrobora que el semejante le es semejante sólo en cuanto
le es diverso. Por consiguiente, el hombre, que sabe distinguir la nobleza de los demás objetos, no es un objeto cualquiera, pero pensarlo inobjetivamente es de alguna manera considerarlo nada cuando en realidad, en corporeidad, tiene custodiada en sí una verdad que continuamente comunica sustento al modo de ser que paulatinamente está incrementando.

La verdad del ser


El ser tiene sus raíces en la realidad de cada objeto, y por las cuales se nutre. En dicha realidad el ser sostiene suficientemente la verdad, y concede a la inteligencia refrendar su transparencia. El ser del objetoobjetivamente no es una representación, porque ésta acaece cuando el hombre se hace cargo de la definición. Desde luego, ésta limita la representación a la autenticidad del objeto en tanto que objeto, y administra la nobleza del mismo determinándolo según la eficacia del ser que cada cual tiene y descubre.
Es cierto que la naturaleza del hombre radica en la de un ser viviente dotado de razón, pero, en su confrontación con los elementos de su entorno se da cuenta que le distinguen, además de o por ser racional, por ser alguien que está definiéndose físicamente entre ellos y a través de ellos.


Por ejemplo, el apenas concebido, la persona en vida vegetativa, etc., ¿cómo están definiéndose entre los objetos menos y más nobles? Ciertamente, otros los están definiendo, pero ellos físicamente despejan de
algún modo, el recurso al fundamento objetivo que guarece su ser, y el cual asegura que la verdad del mismo no es algo que el otro contabiliza. Por eso, la cercanía a lo que parece lejano, aquel objeto allí apenas desarrollándose o aquel al que un aparato hace respirar, aun en su condición, pertenece a una esencia que para el conocimiento no es una simple representación.


Al hablar del ser que se anuncia es necesario aclarar que, de un lado es aquel que dice yo soy, pero de otro lado, también aquel que de él no depende anunciarse, y que, sin embargo, en él no ha concluido la
especificidad de su fundamento; aún está siendo el objeto más noble, y no como ese mecanismo lejano que está en un mero desinterés del pensamiento o en una ligereza del decir (Cfr. HEIDEGGER, Martin, Che cos’è metafisica?, 97.) .


En consecuencia, el hombre como el objeto más noble es aquel que no puede considerarse sustituible, cualquiera sea su condición personal o social, por otro (otro objeto, otro hombre) que no sea sí mismo. Esto, en regímenes políticos e incluso en instituciones muy serias, es común, puesto que ven la indigencia del otro no para socorrerla, sino para ponerla al servicio de reemplazos desencarnados de una entereza noble y concreta; favoreciendo la utilidad inmediata y lo lastimosamente desechable. Por ende, se afirmó, la piedra carece de estados psíquicos como la ansiedad y la indecencia.

El testimonio integral


El conocimiento humano intensifica sus esfuerzos trasladándolos a las categorías del lenguaje, y en éstos ha de transparentar noblemente lo que le ha llegado en forma de donación. En forma de realidad, objetividad, actividad y existencia.
El lenguaje también habla de entidades reales desde el hombre hasta la más pequeña semilla. De ellas hay un soporte que en la profundización epistemológica transciende las apariencias; es decir, con anterioridad al conocimiento hay una realidad en la que está desenvolviendo sus cualidades, y en las que está abierta para las caracterizaciones, incluso imprevistas, que en su devenir están siendo principalmente ofrecidas. En este sentido, la transcendencia no es un salto fortuito al es o al no-es de las caracterizaciones, sino un estar presente que la inteligencia domina porque lo estudia en el dominio real en que perdura.


Este dominio instituye una singular localidad en la que la realidad de la cosa está pronta a la apertura de su ser. En ésta el pensamiento confronta tanto lo adecuado como lo inadecuado. Lo adecuado porque lo originario en que perdura el hombre o la semilla requiere una evidencia segura y auténtica; y lo inadecuado, porque la denominación ulterior no recae en un contenido propio (hombre, semilla), sino en una restricción de excepciones, en las que la objetividad concreta del hombre o de la semilla, incluso la
más pequeña, es presa únicamente de las invenciones o suposiciones.


Por ende, la realidad y la objetividad de cada cual también acciona la actividad de cada cual. En ella, los objetos más o menos nobles experimentan cambios ventajosos o dañinos, cada uno según la efectividad
peculiar al dominio de su naturaleza. O sea, la actividad es en acto lo que a la semilla o al hombre mueven a un fin específico.


¿Y cuál es este fin específico? Precisamente el de la existencia, pues ésta necesariamente marca el curso de una integridad manifiesta. Por ejemplo, hablan de la semilla humana, y, desde luego, de la semilla de mostaza (Cfr. Mt 13, 31, 32; Mc 4, 30-32.) , y deellas de su fertilidad. Ésta en tanto que actividad puntualiza una diferencia: que la semilla humana no existe como un advenimiento al lado de muchos
otros. De modo que es una existencia ya acaecida hasta ahora –en el cuerpo existe la célula más grande (óvulo) y la más pequeña (espermatozoide)– y aún por acontecer, pues con la unión y la fecundación lo que ya existía en la información genética empieza a desplegar su apoyo originario.

El fin de la existencia


La existencia es la realidad manifiesta, y de este modo la nobleza del objeto ni se puede falsificar ni mucho menos olvidar. No se puede falsificar, porque en cada realidad, principalmente la
humana, están sucediendo transformaciones inevitables que sostiene suficientemente dentro de sus límites, desde la inteligencia hasta la adquisición del conocimiento y la virtud.


Tampoco puede olvidarse que dentro de sus límites y las transformaciones que alimentan tal adquisición, respalda una abnegación que pone al servicio del ser no sólo para sí sino también para el otro. Por
eso no se olvida que antes de que el hombre amplifique libremente su existencia está una realidad en la que se traza el pasaje de la SagradaEscritura: esfuérzate y sé hombre (1 Re 2, 2.) .
Éste es justamente el fin de su existencia, pues ella apenas acontece en el mundo no fija un destino definitivo, sino una destinación que va enriqueciéndose, a pesar de los despistes, en la autenticidad de su poder ser más propio (HEIDEGGER, Martin, Op-cit, 133.) El poder ser más propio revela el sentido de la responsabilidad y el empeño en perdurar de modo durable en lo que primaria y existencialmente subsiste el decoro de la vida. Asimismo, el fin consiste en que el hombre al exponer el ser lo hace transparente a la comprensión; pero, ¿qué transparenta? Un contenido real, una actuación que en sí y en el otro fundan la referencia al objeto más noble, no nobilísimo, que prueba la distinción radical de todo aquello a lo
que mundanalmente aventaja.
En conclusión, estas páginas describen el interés a la cercanía del conocimiento al objeto, y de éste a aquel más noble. Por eso, evalúan la posibilidad de denominar la piedra, el buey, la semilla, el hombre tanto en la distinción radical de su objetividad como la que en ella ya transparenta una modalidad de ser más elevada, actuada y de este modo manifestada en una existencia, que aún no es concluyente, sino que ha de ser despropiándose de lo que la hace inestable e impide la genuina donación de lo más legítimo que desde ella refiere a un testimonio integral.

Pbro. Horacio R. Carrero C.

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5 Cfr. HEIDEGGER, Martin, Op-cit, 133.

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BIBLIOGRAFÍA

ARISTÓTELES, Órganon. Escritos de lógica, ed. esp. Gaspar Quintana
Alberni, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, 548.
Específicamente: Categorías, pp. 29-62.
DESCARTES, Renato, Discurso del método — Meditaciones metafísicas,
Trad. al esp. Manuel García Morente, ESPASA – CALPE, Madrid, 1970,
148.
Particularmente: parte I, II, III y IV, pp. 29-54.
HEIDEGGER, Martin, Che cos’è metafisica?, ed. it. de Franco Volpi,
ADELPHI, Milano, 2003, 163.
MARCEL, Gabriel, OBRAS SELECTAS I. El misterio del ser. El dardo. La
sed. La señal de la cruz, Trad. esp. Mario Parajón, BAC, Madrid, 2011,
608.
Concretamente: «4.ª LECCIÓN. LA VERDAD COMO VALOR. EL
MEDIO INTELIGIBLE», pp. 61-78.

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Padre Horacio Carrero

Doctor en Filosofía - Profesor del Seminario San Buenaventura de Mérida

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