Moniciones, Evangelio y Reflexión de hoy Miércoles 20 de Mayo de 2026

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Queridos hermanos, nos encontramos en el Miércoles de la VII Semana de Pascua, a un paso de la gran Solemnidad de Pentecostés. La liturgia de hoy nos sitúa en dos despedidas cargadas de ternura y verdad: Pablo, de rodillas en la playa de Mileto, se arranca del corazón de los presbíteros de Éfeso encomendándolos a la Palabra de la gracia; y Jesús, en el Cenáculo, eleva al Padre su oración más intensa: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno». La memoria de San Bernardino de Siena, incansable predicador del Nombre de Jesús, nos recuerda que la santidad no es una evasión del mundo, sino una inmersión en él con la luz del Evangelio. Celebremos esta Eucaristía pidiendo al Espíritu Santo que nos consagre en la verdad.

Tips Litúrgicos del Día


Comienza la jornada invocando el Nombre de Jesús, como lo hizo San Bernardino. Haz la señal de la cruz con reverencia y repite interiormente: «Jesús, en Ti confío».

El Evangelio de hoy nos revela la oración de Jesús por nosotros. Léelo en voz alta en algún momento del día y haz tuyas sus palabras: «Padre, santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad».

Observa la ternura de la despedida de Pablo en la primera lectura. Hoy puedes tener un detalle de afecto sincero con alguien que se va o con quien has compartido la fe: un mensaje, una llamada, una bendición.

En el Salmo, la respuesta es: “Reyes de la tierra, cantad a Dios”. Participa con todo tu ser en los cantos de la Misa; que tu voz sea expresión de un corazón agradecido.

San Bernardino difundió el trigrama JHS (Jesús, Salvador de los hombres). Coloca hoy en tu hogar, en tu lugar de trabajo o en tu pantalla un signo que recuerde el Santo Nombre de Jesús.

Al terminar el día, pregúntate: ¿He sido fiel a la Palabra de Dios en mis decisiones? Pide al Espíritu que te conceda la valentía de vivir en el mundo sin ser del mundo.

Citas Bíblicas del Día


«Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño, en el que el Espíritu Santo os ha constituido guardianes para apacentar la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre» (Hechos 20, 28).

«Hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20, 35).

«Los reyes de la tierra te confesarán, Señor, cuando escuchen las palabras de tu boca» (Salmo 67, 33).

«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Juan 17, 11).

«Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad» (Juan 17, 17).

Santo del Día: San Bernardino de Siena


Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Bernardino de Siena, presbítero franciscano del siglo XV que renovó la predicación popular en Italia. Nacido en Massa Marittima en 1380, ingresó en la Orden de los Frailes Menores después de haber cuidado a los apestados en Siena. Dotado de una voz débil que milagrosamente se volvió potente y armoniosa, recorrió pueblos y ciudades predicando la conversión, la paz y la devoción al Santísimo Nombre de Jesús. Diseñó el famoso trigrama JHS sobre un sol dorado, que mostraba al pueblo durante sus predicaciones para encender la fe. El Papa Pío II lo canonizó apenas seis años después de su muerte. San Bernardino, en uno de sus sermones, dejó una frase que resume su vida: «El Nombre de Jesús, cuando es invocado con fe, ilumina la inteligencia, enciende el corazón y fortalece al hombre en las obras buenas» (San Bernardino de Siena, Sermón sobre el Nombre de Jesús, 49). Su memoria nos invita a redescubrir el poder del nombre que está sobre todo nombre.

Monición de Entrada


Queridos hermanos: Nos reúne el Señor resucitado en la antesala de Pentecostés, acompañados por la figura luminosa de San Bernardino de Siena, el predicador del Nombre de Jesús. La liturgia de hoy nos introduce en la oración que brota del Corazón de Cristo: suplica al Padre que nos guarde en la unidad y nos consagre en la verdad. Comencemos esta celebración pidiendo al Espíritu Santo que nos haga testigos creíbles del amor de Dios en medio del mundo.

Monición a la Primera Lectura


La primera lectura nos presenta el conmovedor adiós de Pablo a los presbíteros de Éfeso en la playa de Mileto. Después de haberles anunciado el plan completo de Dios, el Apóstol los encomienda a la Palabra de la gracia y les deja un testamento inolvidable: «Hay más dicha en dar que en recibir». Escuchemos con el corazón abierto estas palabras que son también para nosotros, llamados a apacentar la Iglesia con amor.

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 20, 28-38



En aquellos días, Pablo dijo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
«Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño, en el que el Espíritu Santo os ha constituido guardianes para apacentar la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Incluso de entre vosotros mismos surgirán hombres que propondrán doctrinas perversas para arrastrar a los discípulos detrás de sí. Por tanto, velad, recordando que durante tres años, de noche y de día, no cesé de aconsejar con lágrimas a cada uno de vosotros. Ahora os dejo en manos de Dios y de la palabra de su gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de todos los santificados.
No he codiciado la plata, el oro o los vestidos de nadie. Bien sabéis que estas manos han trabajado para atender a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que, trabajando así, hay que socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”».
Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Todos se echaron a llorar y, abrazando a Pablo, lo besaban, afligidos sobre todo por lo que les había dicho, que ya no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.

Palabra de Dios.

Salmo


Salmo 67, 29-30. 33-35a. 35b-36

R/. Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Oh Dios, muestra tu poder,
la fuerza, oh Dios, que has empleado por nosotros.
A tu templo de Jerusalén
vengan los reyes con sus dones. R/.

Reyes de la tierra, cantad a Dios,
tocad para el Señor,
que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos,
que lanza su voz, su voz poderosa. R/.

Reconoced el poder de Dios.
Sobre Israel se eleva su majestad,
y su poder sobre las nubes.
Dios es temible en su santuario.
El Dios de Israel da fuerza y poder a su pueblo.
¡Bendito sea Dios! R/.

Monición del Evangelio


El Evangelio de hoy nos permite escuchar, en la intimidad del Cenáculo, la oración de Jesús al Padre. Él, que va a partir, no pide que nos saque del mundo, sino que nos guarde del maligno y nos consagre en la verdad. Es la oración del Sumo Sacerdote que intercede por nosotros, los que hemos creído en Él. De pie, con reverencia y gratitud, acojamos estas palabras que son luz para nuestro camino.

Evangelio del día


Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 11b-19



En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y hablo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Palabra del Señor.
Gloria a Ti, Señor Jesús.

Oración de los Fieles


Unidos a la oración de Cristo, que intercede por nosotros ante el Padre, presentemos nuestras peticiones con confianza.

Por la Iglesia de Dios, que el Señor adquirió con su propia sangre: para que sus pastores la apacienten con fidelidad, velando sobre el rebaño y defendiéndolo de los lobos rapaces. Roguemos al Señor.

Por el Papa, los obispos y los presbíteros: para que, a ejemplo de San Pablo, sirvan con humildad y sin apegos, recordando siempre que hay más dicha en dar que en recibir. Roguemos al Señor.

Por el apostolado digital y, en particular, por los contenidos de “Camino y Oración”: para que su anuncio llegue a quienes buscan la verdad y encuentren en la Palabra de Dios la fuente de la verdadera alegría. Roguemos al Señor.

Por quienes son odiados a causa del Evangelio y por los que experimentan persecución en su fe: para que, por intercesión de San Bernardino, no se cansen de proclamar el Nombre de Jesús y encuentren consuelo en la promesa de la vida eterna. Roguemos al Señor.

Por nosotros, reunidos en esta asamblea: para que, consagrados en la verdad, sepamos vivir en el mundo sin ser del mundo, llevando la luz de Cristo a las realidades que nos tocan. Roguemos al Señor.

Padre santo, que en tu Hijo nos has revelado tu amor infinito, escucha las súplicas de tu Iglesia y santifícanos en la verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Monición de Presentación de Ofrendas

Llevemos al altar el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo. Junto a ellos, depositemos nuestro deseo de ser santificados en la verdad y nuestra voluntad de vivir en el mundo sin dejarnos arrastrar por el mal. Que el Espíritu Santo transforme estos dones y nos haga una ofrenda viva y agradable a Dios.

Oración de Comunión Espiritual

Para aquellos que no pueden recibir a Jesús sacramentalmente, hagamos juntos este acto de comunión espiritual:

«Señor Jesús, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. No pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Me abrazo a Ti y quiero unirme a Ti para siempre. No permitas que jamás me separe de Ti. Amén».

Reflexión del Día: Una santidad que no escapa, sino que abraza
«No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno» (Juan 17, 15). Con estas palabras, Jesús define el tono de la vocación cristiana: no somos una comunidad de iluminados que huye de la realidad, sino una familia de enviados que se sumerge en el mundo con la certeza de que Dios nos guarda. Este Evangelio es un bálsamo para quienes, viviendo en medio de las contradicciones del mundo, se preguntan si su fe es sostenible o si deben aislarse para mantenerla.

El Papa Benedicto XVI, en una de sus homilías, iluminó esta paradoja: «El cristiano no es alguien que se evade del mundo, sino alguien que, gracias a la Palabra de Dios, puede ver en profundidad la realidad y, por tanto, puede y debe vivir plenamente su responsabilidad en el mundo» (Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal, 5 de abril de 2012). La verdadera fuga no es espacial, sino interior: huimos del pecado, no de las personas ni de las estructuras que necesitan ser redimidas. San Bernardino de Siena entendió esto a la perfección. En lugar de retirarse a la soledad tras el cuidado de los apestados, se lanzó a las plazas de una Italia dividida para predicar la paz, la conversión y el Nombre de Jesús. Con su famoso trigrama JHS, no ofrecía un amuleto mágico, sino un recordatorio visual de que Jesús es el centro de la historia y de cada alma.

La primera lectura nos muestra a Pablo en una escena que conmueve hasta las entrañas. Se arrodilla en la arena, ora con los ancianos de Éfeso y les confía el rebaño. No les oculta los peligros: vendrán lobos, incluso de dentro. Pero los deja en manos de Dios y en «la palabra de su gracia, que tiene poder para construiros». Aquí se revela uno de los secretos más profundos de la pastoral cristiana: la Palabra no es un adorno, es el poder que edifica la Iglesia y santifica al creyente. Como dice el Salmo: «Reconoced el poder de Dios». La Palabra es el instrumento de la verdad que nos santifica. San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, lo expresaba con fuerza: «Aprovechar más en la virtud, y tener más luz de las cosas de Dios, no se alcanza con agudos discursos, sino con el corazón humilde» (San Juan de Ávila, Audi, filia, cap. 23). La verdad se acoge, no se conquista.

Para quienes sienten la presión de un ambiente hostil a la fe —en el trabajo, en la universidad, en la familia—, la oración de Jesús es un escudo. Él mismo declara que nos ha dado su Palabra, y que el mundo nos odia porque no somos del mundo. Pero ese odio no es motivo de orgullo sectario, sino la consecuencia inevitable de vivir a contracorriente del pecado. San Pedro, años después, escribiría: «Si sois ultrajados por el nombre de Cristo, sois dichosos, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1 Pedro 4, 14). La santidad no es una meta para élites; es la llamada de todo bautizado a vivir en el mundo como testigos de la alegría cumplida de Cristo.

San Bernardino recorría los caminos con un sol radiante en la mano. Aquel trigrama JHS decía a todos, doctos y analfabetos, que la salvación está en un Nombre, no en una ideología. Hoy, en medio de una cultura que fragmenta y polariza, necesitamos redescubrir el poder unificador del Nombre de Jesús. La oración de Cristo es que seamos uno, como Él y el Padre son uno. La unidad de los cristianos no es uniformidad; es comunión en la verdad que nos ha sido dada. Consagrados en la verdad, somos enviados al mundo, no a conquistarlo con estrategias humanas, sino a amarlo con el amor del que se ha dejado santificar.

«Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad». Esta petición, que Jesús dirige al Padre la noche de su Pasión, es nuestra herencia más preciosa. Pidamos hoy, por intercesión de San Bernardino, la gracia de no escapar de nuestras responsabilidades, sino de transformarlas desde dentro, con la fuerza del Espíritu y la alegría de sabernos amados por el Padre.

Monición de Despedida


Hermanos, el Señor nos ha alimentado con su Palabra y con su Cuerpo. No nos envía a un mundo fácil, pero nos promete que su alegría está con nosotros. Recordad las palabras de Pablo: «Hay más dicha en dar que en recibir». Id en paz, llevad el Nombre de Jesús a todos y sed testigos de la verdad que santifica. Amén.

Referencias


Benedicto XVI. (5 de abril de 2012). Homilía en la Misa Crismal. Librería Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20120405_messa-crismale.html

Curas.com.ar. (2026). Libros Litúrgicos: Lecturas del 20 de mayo de 2026. https://curas.com.ar/wp/libros-liturgicos/

San Bernardino de Siena. (s.f.). Sermón sobre el Nombre de Jesús, 49.

San Juan de Ávila. (1556). Audi, filia, cap. 23.

San Pedro. (c. 64 d.C.). Primera Epístola de San Pedro, 4, 14. Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

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