
Cuando la fotografía de un encuentro entre un líder de la Iglesia y un gobernante controversial circula, las preguntas y el desconcierto pueden inundar el corazón de los fieles. ¿Qué hace el pastor dialogando con quienes, en muchas ocasiones, han generado las heridas que sufre el rebaño? La tentación de juzgar desde la comodidad de nuestras certezas es grande. Sin embargo, la fe nos invita a ir más allá de la superficie, a calzarnos las sandalias del Evangelio para comprender la verdadera naturaleza de la misión.
Lejos de ser un gesto de afinidad política, un encuentro así puede ser una de las expresiones más radicales del deber pastoral en un terreno hostil. Nos obliga a preguntarnos: ¿Cuál es la misión de la Iglesia en una nación fracturada? ¿Acaso el Buen Pastor elegiría con quién hablar para buscar a la oveja perdida o sanar a la herida? Este artículo no busca defender personas, sino iluminar, desde la Doctrina y la Tradición, el corazón de la misión profética de la Iglesia en medio de las complejidades del mundo.
El Pastor no Elige el Terreno, Elige al Rebaño
La primera clave para comprender estas acciones se encuentra en la esencia misma del ministerio pastoral. Un pastor no tiene el lujo de elegir un campo de trabajo cómodo y seguro. Su misión lo llama a adentrarse precisamente donde el rebaño está más vulnerable, donde los lobos acechan y el camino es escarpado. Jesucristo, el Buen Pastor, nos dio el ejemplo supremo: no esperó en el templo a que los pecadores y publicanos se convirtieran; fue a sus casas, comió en sus mesas y los llamó por su nombre (cf. Lc 15, 1-2).
El Papa Francisco lo expresa con una imagen poderosa: prefiere "una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades" (Francisco, 2013, n. 49).
Por tanto, la presencia de un obispo ante cualquier autoridad civil no debe interpretarse automáticamente como una señal de aprobación, sino como el cumplimiento de su deber de ser "pastor con olor a oveja", un pastor que no le teme al barro con tal de rescatar, sanar o abogar por una sola de sus ovejas. La misión es hacia el rebaño, sin importar cuán hostil sea el terreno.
Diálogo Profético: Anuncio y Denuncia, no Complicidad
Ahora bien, este acercamiento no es ingenuo ni cobarde. Es un acto de diálogo profético. La tradición profética de la Iglesia, desde los profetas del Antiguo Testamento hasta los santos y mártires de nuestros tiempos, ha entendido que la misión incluye dos dimensiones inseparables: el anuncio de la esperanza y la denuncia de la injusticia.
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que la Iglesia tiene "el derecho y, a la vez, el deber de 'enseñar su doctrina social, ejercer sin trabas su misión entre los hombres y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas'" (Pontificio Consejo «Justicia y Paz», 2005, n. 71).
Por lo tanto, dialogar no significa silenciar la verdad. Al contrario, es buscar el resquicio, por pequeño que sea, para hacerla llegar a quienes toman decisiones que afectan a millones. Es llevar la voz de los que no tienen voz directamente a los oídos del poder. Es un acto que requiere más valentía que la protesta a distancia, pues implica mirar a los ojos a la persona y, al mismo tiempo, ser fiel al Evangelio de la justicia y la caridad. Este diálogo no busca la complicidad, sino la conversión del corazón y la rectificación de las estructuras de pecado.
"Buscad el Bien de la Ciudad": Una Misión de Paz en Medio del Conflicto
En el libro del profeta Jeremías, Dios da una instrucción sorprendente a los israelitas exiliados en la Babilonia pagana y opresora: "Buscad el bien de la ciudad a la que os he desterrado y orad por ella al Señor, porque de su bien depende vuestro bien" (Jer 29, 7). Este mandato bíblico es una luz potente para la situación actual. La Iglesia, aunque se sienta en el exilio dentro de su propia nación, está llamada a ser un agente incansable del bien común.
Cuando un pastor se reúne con una autoridad, no lo hace para negociar cuotas de poder. Lo hace para buscar el bien concreto y urgente de la gente: la liberación de un preso político, la apertura de un canal humanitario para medicinas y alimentos, la defensa de los derechos de una comunidad vulnerable, la protección de las obras educativas y de caridad de la Iglesia. Son gestiones que raramente aparecen en los titulares, pero que pueden significar la vida o el alivio para muchas personas. Es la caridad política en su máxima expresión, la búsqueda de la paz y la justicia por todos los medios legítimos y evangélicos.
Para una persona que se siente abrumada por la ansiedad o la soledad en medio de la crisis, ver a la Iglesia luchando activamente por soluciones concretas puede ser un testimonio de esperanza más poderoso que mil sermones. Demuestra que la fe no es una huida de la realidad, sino un compromiso valiente para transformarla desde dentro.
¿Qué nos Pide Dios en Tiempos de Crisis?: Discernimiento y Esperanza Activa
Finalmente, estos acontecimientos nos interpelan a todos. Es fácil caer en el cinismo o en la condena simplista. Sin embargo, la fe nos pide algo más difícil y más fecundo: el discernimiento espiritual y la esperanza activa. En lugar de ser espectadores que juzgan desde el balcón, estamos llamados a ser parte del Cuerpo de Cristo que sufre y que lucha.
Esto implica, en primer lugar, orar por nuestros pastores. Rezar para que el Espíritu Santo les conceda la sabiduría para discernir, la fortaleza para resistir y la caridad para no odiar. En segundo lugar, nos llama a preguntarnos: ¿cuál es mi rol en la construcción del Reino en mi entorno? Quizás no estemos llamados a dialogar con los poderosos, pero sí a ser puentes de reconciliación en nuestra familia, a organizar una olla común en nuestra comunidad, a enseñar al que no sabe o a consolar al que está triste.
Ser Iglesia en terreno hostil es una misión de todos. El testimonio de un pastor que se arriesga nos recuerda que la fe cristiana no es pasiva. Es una fe que se encarna, que dialoga, que profetiza y que, sobre todo, ama sin condiciones, buscando siempre y en toda circunstancia la dignidad de cada persona y el bien de toda la ciudad.
La misión de la Iglesia se teje con la oración y la acción de todos sus miembros. ¿Qué pensamientos o sentimientos te genera ver a la Iglesia actuar como puente en medio de la polarización? ¿Cómo podemos, desde nuestro lugar, ser también pastores y profetas? Comparte tu reflexión y tus oraciones en los comentarios. Construyamos juntos una comunidad de esperanza activa.
Referencias
- Francisco. (2013). Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Vaticano: Libreria Editrice Vaticana. Recuperado de https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
- Pontificio Consejo «Justicia y Paz». (2005). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Vaticano: Libreria Editrice Vaticana. Recuperado de https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html
- Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. (2011). BAC.
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