Guión Litúrgico para la Misa Crismal

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MONICIÓN DE ENTRADA

El Monitor, dice:

Queridos hermanos, nos hemos congregado en ésta santa iglesia Catedral Metropolitana, para celebrar la solemne Misa Crismal; la eucaristía que nos une a todos los bautizados miembros de esta Arquidiócesis en torno a nuestro Pastor, Su Eminencia Reverendísima Baltazar Enrique Cardenal Porras Cardozo.

Hoy todo el presbiterio de la Arquidiócesis en presencia del señor Arzobispo y del pueblo cristiano, renovarán las promesas realizadas el día de su ordenación sacerdotal, como signo de su continua y necesaria renovación espiritual, para seguir trabajado junto a su pueblo, en la edificación del Reino de Dios.

Renovemos nuestra fe, en la presencia del Espíritu del Señor en medio de su asamblea, y dispongámonos a recibir una nueva efusión de sus dones, recibamos con júbilo a nuestro Cardenal.

ANTÍFONA DE ENTRADA               (Apoc 1, 6)

Jesucristo, ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre.

A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

RITOS INICIALES

Empieza la procesión desde el Palacio Arzobispal, con el ritual de costumbre: la cruz procesional y ciriales, el Diácono que porta el Libro de los Evangelios, monaguillos, seminaristas, el clero de la Arquidiócesis, los sacerdotes que portan las ánforas con el aceite de oliva, el Cardenal, los diáconos asistentes, maestro de ceremonia y los porta insignias.

La preparación del Cardenal, de los concelebrantes y de los otros ministros, su entrada a la Catedral Metropolitana y todo lo que hacen desde el principio de la Misa hasta el final de la Liturgia de la Palabra, se realiza como en las misas concelebradas. Los diáconos que toman parte en la bendición de los oleos, se dirigen al altar delante de los presbíteros concelebrantes, ya que es una celebración netamente sacerdotal.

Las ánforas son puestas en una mesa preparada para tales al pie del presbiterio y permanecen allí hasta el momento de su consagración.

Cuando llega al presbiterio, el Cardenal con los ministros hace la debida reverencia, besa el altar y lo inciensa. Después se dirige con los ministros a la Catedra.

Terminado el canto de entrada, el Cardenal y los fieles, de pie, se santiguan, mientras el Cardenal dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

El pueblo responde:

Amén.

Saludo

El Cardenal, extendiendo las manos, saluda al pueblo con la siguiente fórmula:

La gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador,

que nos invita a ser perfectos y a vivir en el amor, estén con todos ustedes.

El pueblo responde:

Y con tu Espíritu.

ACTO PENITENCIAL

A continuación, se hace el Acto penitencial que incluye: una invitación, una pausa en silencio y una formulación de arrepentimiento. El Cardenal invita a los fieles al arrepentimiento:

El Señor Jesús,

que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión.

reconozcamos, pues, que somos pecadores

e invoquemos con esperanza la misericordia de Dios.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después, hacen todos en común la confesión de sus pecados:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos,

que he pecado mucho

de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Golpeándose el pecho, dicen:

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Luego prosiguen:

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos

y a ustedes, hermanos,

que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

El Cardenal concluye con la siguiente plegaria:

Dios todopoderoso

tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados

y nos lleve a la vida eterna.

El pueblo responde:

Amén.

A continuación, el coro entona el Señor ten piedad, al cual todos acompañan cantando. Inmediatamente se canta el Gloria, el Cardenal introduce el Himno diciendo:

“Gloria a Dios en el cielo”,

y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Por tu inmensa gloria te alabamos,

te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,

te damos gracias,

Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor, Hijo único, Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre;

tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros,

tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica;

tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros;

porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor,

sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo

en la gloria de Dios Padre. Amén.

Acabado el Gloria, el Cardenal con las manos juntas canta:

OREMOS

ORACIÓN COLECTA

Y todos, junto con el Cardenal, oran en silencio durante unos momentos. Después, el Cardenal, con las manos extendidas, dice:

D  

ios y Padre nuestro, que ungiste a tu Unigénito con el Espíritu Santo, y lo constituiste Cristo y Señor,

concede a quienes participamos ya de su consagración que seamos en el mundo testigos de su obra redentora.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

El pueblo responde:

Amen.

LITURGIA DE LA PALABRA

MONICIÓN DE LAS LECTURAS

El Monitor, dice:

La Palabra de Dios en este día, nos presenta la misión sacerdotal de Cristo, los buenos pastores se conocen por tener los mismos sentimientos y actitudes de Jesús, hoy al igual que ayer, los sacerdotes están invitados a llevar la Buena Nueva a los Pobres en medio de una sociedad agobiada por las divisiones sociales, políticas e incluso religiosas. Escuchemos.

PRIMERA LECTURA (Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9).

Ustedes se llamarán: «Sacerdotes del Señor».

LECTURA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.

Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos.

Ustedes se llamarán: «Sacerdotes del Señor», dirán de ustedes: «Ministros de nuestro Dios». Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo. Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos. Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor.

Palabra de Dios.

Te alabamos Señor.

SALMO RESPONSORIAL (Sal 88)

Ustedes se llamarán: «Sacerdotes del Señor».

R. CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR.

L. Encontré a David mi siervo

y lo he ungido con óleo sagrado;

para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. /R

L. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder.

El me invocará:

«Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» /R

L. Señor, feliz el pueblo que te alaba y que a tu luz camina,

que en tu nombre se alegre a todas horas y al que llena de orgullo tu justicia. /R

SEGUNDA LECTURA (Apoc 1, 5-8).

LECTURA DEL LIBRO DEL APOCALIPSIS DEL APÓSTOL SAN JUAN.

Hermanos míos: Gracia y paz a ustedes de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra.

A aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Miren: El viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén.

Dice Dios: Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.

Palabra de Dios.

Te alabamos Señor.

Sigue el canto antes del evangelio. Mientras tanto, el Cardenal, pone incienso en el incensario.

Después el diácono (o el con-celebrante que ha de proclamar el evangelio), inclinado ante el Cardenal, pide la bendición, diciendo en voz baja:

Padre, dame tu bendición.

El Cardenal en voz baja, dice:

El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre y del Hijo

y del Espíritu Santo.

El diácono responde:

Amén.

EVANGELIO (Lc 4, 16 - 21)

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS.

Gloria a ti Señor.

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito:

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Después de ser leído el evangelio, el diacono lleva el Libro de los Evangelios al Cardenal, éste besa el evangeliario, diciendo en secreto:

Las palabras del Santo Evangelio borren nuestros pecados.

Si lo juzga oportuno bendice al pueblo con el Evangeliario, enseguida se lo devuelve al diácono, éste lo lleva a un lugar adecuado fuera del altar.

MONICIÓN A LA HOMILIA

El Monitor, dice:

A continuación, nos disponemos a escuchar atentamente la homilía del Sr. Cardenal. Nos podemos sentar.

Prosigue la Homilía del Cardenal; basándose en los textos que se leyeron en la Liturgia de la Palabra, habla al pueblo y a sus presbiterios a conservar la fidelidad en su ministerio e invitándolos a renovar públicamente sus promesas sacerdotales.

RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS SACERDOTALES

MONICIÓN DE LAS PROMESAS SACERDOTALES

El Monitor, dice:

A continuación, el clero del arquidiócesis de Mérida, delante del Sr. Cardenal, su Padre y Pastor, y de toda la iglesia arquidiocesana aquí presente, renovaran las promesas que realizaron el día de su ordenación sacerdotal, unámonos en oración por todos nuestros sacerdotes.

Terminada la homilía, el Cardenal, sentado, se dirige a los presbíteros, con estas palabras u otras semejantes: El Cardenal:

Amados hijos:

Al celebrar hoy la conmemoración anual del día en que Cristo, nuestro Señor; comunicó a los  Apóstoles  y a  nosotros,  ¿quieren  ustedes renovar  las promesas que hicieron el día de su ordenación, ante su Arzobispo y ante el pueblo santo de Dios?

Los presbíteros responden todos al mismo tiempo:

Sí, quiero.

El Cardenal:

¿Quieren unirse más íntimamente a nuestro Señor Jesucristo, modelo de nuestro sacerdocio,

renunciando a sí mismos

y reafirmando los compromisos sagrados que, impulsados por amor a Cristo

y para servicio de la Iglesia, hicieron ustedes con alegría

el día de su ordenación sacerdotal?

Los presbíteros:

Sí, quiero.

El Cardenal:

¿Quieren ser fieles dispensadores de los misterios de Dios, por medio de la sagrada Eucaristía

y de las demás acciones litúrgicas,

y cumplir fielmente con el sagrado oficio de enseñar, a ejemplo de Cristo, Cabeza y Pastor,

no movidos por el deseo de los bienes terrenos,

sino impulsados solamente por el bien de los hermanos?

Los presbíteros responden todos al mismo tiempo:

Sí, quiero.

Enseguida el Cardenal, dirigiéndose al pueblo, prosigue:

Y ustedes, queridos hijos, oren por sus sacerdotes; que el Señor derrame abundantemente

sobre ellos sus dones celestiales,

para que sean fieles ministros de Cristo, Sumo Sacerdote, y los conduzca a ustedes hacia él,

que es la fuente única de salvación.

El pueblo:

Cristo, óyenos; Cristo, escúchanos.

El Cardenal:

Oren también por mí, Cardenal de la santa Iglesia de Roma, para que sea fiel al ministerio apostólico,

encomendado a mis débiles fuerzas,

y que sea una imagen viva y cada vez más perfecta de Cristo Sacerdote, buen Pastor,

Maestro y servidor de todos.

El pueblo:

Cristo, óyenos; Cristo, escúchanos.

El Cardenal:

El Señor nos conserve a todos en su amor

y nos lleve a todos, pastores y ovejas, a la vida eterna.

Todos responden:

Amen.

LITURGIA DE LA BENDICIÓN DE LOS ÓLEOS

MONICIÓN DE BENDICIÓN

El Monitor, dice:

A continuación, se procede a la presentación del aceite de oliva y de los aromas para la consagración del Crisma, la unción con el óleo ha estado presente a lo largo de toda la historia de la salvación, en este momento presenciaremos este acto solemne de bendición.

Después de la renovación de las promesas sacerdotales, los sacerdotes designados para llevar los óleos, se dirigen al lugar donde fueron puestas al principio de la celebración, las ánforas con el aceite de oliva.

En la procesión que se hace desde ese lugar al altar, irán en este orden: precede el diacono que lleva el vaso con aromas; sigue el presbítero con el óleo de los catecúmenos, luego va otro con el recipiente del óleo de los enfermos; después de estos, el presbítero, que lleva el óleo para el Santo Crisma.

Cuando la procesión llega al altar, el Cardenal recibe el aceite. El presbítero que lleva el recipiente para el Sagrado Crisma lo presente al Cardenal y dice en voz alta:

OLEO PARA EL SANTO CRISMA.

El Cardenal lo recibe y lo entrega a uno de los diáconos que le asisten, quien lo lleva a la mesa preparada para este efecto. De la misma manera proceden quienes llevan las ánforas con el óleo para los enfermos y con el óleo para los catecúmenos. El Primero dice: ÓLEO DE LOS ENFERMOS y el segundo dice: ÓLEO DE LOS CATECÚMENOS. El Cardenal los recibe y luego los entrega a los diáconos para que los coloque en la mesa ya preparada.

BENDICIÓN DEL ÓLEO DE LOS ENFERMOS

Estando todo dispuesto, el Cardenal, de pie, y de cara al pueblo, con las manos extendidas, dice la siguiente oración:

Dios nuestro, Padre de todo consuelo, que, por medio de tu Hijo

quisiste curar las dolencias de los enfermos,

atiende benignamente la oración que brota de nuestra fe y envía desde el cielo tu Santo Espíritu Consolador sobre este aceite fecundo,

que quisiste que un árbol vigoroso ofreciera para alivio de nuestro cuerpo;

de manera que, por tu santa bendición, †

se convierta, para todo el que sea ungido con él, en protección del cuerpo, del alma y del espíritu, para quitar todo dolor; toda debilidad

y toda enfermedad.

Que sea para nosotros óleo santo, bendecido por ti, Padre,

en el nombre de Jesucristo, Señor nuestro.

El que vive y reina por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amen.

BENDICIÓN DEL ÓLEO DE LOS CATECÚMENOS

Terminada la bendición del óleo de los enfermos, el Cardenal bendice el óleo de los catecúmenos con la siguiente oración:

Dios nuestro, fuerza y protección de tu pueblo, que hiciste del aceite un signo de fortaleza, dígnate a bendecir este óleo, †

y fortalece a los catecúmenos que con él serán ungidos, para que, al recibir la fuerza y la sabiduría de Dios, comprendan más profundamente el Evangelio de Cristo, afronten animosamente las exigencias de la vida cristiana y, hechos dignos de renacer y vivir en tu iglesia.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos responden:

Amen.

CONSAGRACIÓN DEL CRISMA

Enseguida el Cardenal, en silencio, derrama perfume en el óleo y elabora el Crisma. Terminado esto, el Cardenal exhorta al pueblo, a orar diciendo:

Hermanos muy queridos: pidamos a Dios Padre todopoderoso, que bendiga y santifique este Crisma para que cuantos sean ungidos externamente con él, también reciban esta unción interiormente y los haga dignos de la divina redención.

Entonces el Cardenal, si lo considera conveniente, sopla sobre el ánfora del Crisma y, con las manos extendidas, pronuncia la oración Consecratoria.

D  

ios nuestro,

autor de todo crecimiento y progreso espiritual acepta complacido el homenaje de acción de gracias que, por nuestra voz, te presenta, gozosa, la Iglesia.

Pues, al principio del mundo, tú hiciste brotar de la tierra árboles que dieran fruto

y que, de entre ellos, surgiera el olivo,

cuyo suavísimo aceite habría de servir para el santo Crisma.

Ya David, presintiendo con espíritu profético los sacramentos de tu gracia,

anunció que nuestros rostros habrían de quedar ungidos

con aceite en señal de alegría; y cuando, en tiempos pasados,

fueron purificados los pecados del mundo por el diluvio, con una rama de olivo, signo de la gracia futura,

la paloma mostró que había vuelto la paz a la tierra.

Lo cual está significado en el tiempo presente cuando, ya borradas las culpas de todos los delitos por las aguas bautismales,

la unción con este aceite

llena nuestros rostros de alegría y de paz.

También mandaste a Moisés, tu servidor,

que a su hermano Aarón, una vez purificado con agua, lo consagrara sacerdote, ungiéndolo con este aceite.

A todo lo cual se le añadió un honor más alto cuando tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro,

le exigió a Juan que lo bautizara en las aguas del Jordán.

Porque entonces, al enviar sobre él

el Espíritu Santo en forma de paloma, y con el testimonio de tu voz,

declaraste tener, en tu Unigénito, toda tu complacencia.

Y así pusiste de manifiesto que en él se cumplía lo que David había profetizado

al cantar en el salmo que tu Hijo sería ungido

con el óleo de la alegría, entre todos sus compañeros.

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el Crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

TE SUPLICAMOS, SEÑOR,

QUE SANTIFIQUES CON TU BENDICIÓN ESTE ÓLEO FECUNDO Y QUE INFUNDAS EN ÉL LA FUERZA DE TU ESPÍRITU SANTO, JUNTO CON EL PODER DE CRISTO,

DE QUIEN EL SANTO CRISMA TOMA SU NOMBRE

Y CON EL CUAL UNGISTE A TUS SACERDOTES Y REYES, A TUS PROFETAS Y MÁRTIRES.

Haz que este Crisma

sea sacramento de vida y perfecta salvación en favor de quienes nacerán espiritualmente del agua bautismal,

a fin de que, santificados por esta unción, y borrada la mancha original,

se hagan templo de tu gloria

y exhalen la fragancia de una vida agradable a ti,

para que así, conforme a la eficacia de tu sacramento, habiéndoles concedido la dignidad real, sacerdotal y profética, sean revestidos con el don incorruptible.

Que de esta manera sea Crisma de salvación para aquellos que hayan renacido

del agua y del Espíritu Santo,

y lo haga participes de la vida eterna y herederos de la gloria celestial.

Por Jesucristo, nuestro señor.

Todos responden:

Amen.

LITURGIA EUCARÍSTICA

OFERTORIO

Terminada la bendición de los óleos, éstos son trasladados a la sacristía para ser distribuidos en las ánforas de cada comunidad parroquial; los fieles designados para ello llevan el pan, el vino y el agua para la celebración de la Eucaristía.

El Diacono prepara el altar el Cardenal se acerca al altar, toma la patena con el pan y manteniéndola un poco elevada sobre el altar dice en secreto:

Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre que recibimos de tu generosidad y ahora te lo presentamos: ellos serán para nosotros pan y bebida de Salvación.

Deja caer sobre el corporal la patena mientras el pueblo responde:

Bendito seas por siempre Señor.

El Sacerdote, echa vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto:

El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.

Después el Cardenal toma el cáliz y manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, dice en secreto:

Bendito seas Señor, Dios del Universo por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre que recibimos de tu generosidad ya ahora te lo presentamos; él será para nosotros bebida de Salvación.

Después deja caer sobre el corporal el cáliz con el vino mientras el pueblo responde:

Bendito seas por siempre Señor.

Continuación el Cardenal inclinado la cabeza dice en secreto:

Acepta Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, que sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios Nuestro.

El Cardenal, Inciensa las ofrendas y el altar, A continuación, el diacono lo inciensa igual que a los con- celebrantes al pueblo mientras tanto el Cardenal se lava las manos diciendo en secreto:

Lava del todo mi delito Señor, limpia mi pecado.

Después de pie en el centro del altar y de cara hacia el pueblo, el Cardenal con las manos extendidas dice:

En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia, oremos a Dios Padre todopoderoso.

Pueblo Responde:

El Señor reciba de tus manos este sacrificio de alabanza y gloria para nuestro bien

y el de toda su santa iglesia.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Luego el Cardenal con las manos extendidas dice la oración sobre las ofrendas:

T  

e rogamos, Señor,

que la eficacia de este sacrificio lave nuestras antiguas culpas,

y nos haga crecer en novedad de vida y en plenitud de salvación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

El Pueblo responde:

Amen.

PREFACIO

El sacerdocio de Cristo y el ministerio de los sacerdotes

V. El Señor esté con ustedes.                       R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.                           R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.      R. Es justo y necesario.

E  

n verdad es justo y necesario, nuestro deber y salvación,

darte gracias siempre y en todo lugar Señor, Padre santo,

Dios todopoderoso y eterno.

Ya que, por la unción del Espíritu Santo, constituiste a tu Unigénito

Pontífice de la alianza nueva y eterna, y, en tu designio salvífico,

has querido que su sacerdocio único se perpetuará en la Iglesia.

En efecto, Cristo no sólo confiere

la dignidad del sacerdocio real a todo su pueblo santo,

sino que, con especial predilección, elige a algunos de entre los hermanos, y mediante la imposición de las manos,

los hace participes de su ministerio de salvación, a fin de que renueven en su nombre,

el sacrifico redentor,

preparen para tus hijos el banquete pascual, fomenten la caridad en tu pueblo santo,

lo alimenten con la Palabra,

lo fortifiquen con los sacramentos, y, consagrado en su vida a ti

y a la salvación de sus hermanos,

se esfuercen por reproducir en sí mismos la imagen de Cristo y te den un constante testimonio

de fidelidad y de amor.

Por eso, Señor, con todos los ángeles y los santos, te alabamos, cantamos llenos de alegría:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.

Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Hosanna en el cielo.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

Hosanna en el cielo.

PLEGARIA EUCARÍSTICA III

El Cardenal, con las manos extendidas, dice:

CP Santo eres en verdad, Padre,

y con razón te alaban todas tus criaturas,

ya que, por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo,

das vida y santificas todo,

y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor

un sacrificio sin mancha

desde donde sale el sol hasta el ocaso.

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:

CC Por eso, Padre, te suplicamos

que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:

de manera que se conviertan

en el Cuerpo † y la Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro,

Junta las manos.

que nos mandó celebrar estos misterios.

En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse con claridad, como lo requiere la naturaleza de éstas.

Porque él mismo,

la noche en que iba a ser entregado,

Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó pan,

y dando gracias te bendijo, lo partió

y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

"TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO,

QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES".

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión. Después prosigue:

Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar prosigue:

tomó el cáliz,

dando gracias te bendijo,

y lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

"TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,

PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES

Y POR MUCHOS

PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA".

Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.

Luego dice una de las siguientes fórmulas:

Este es el misterio de la Fe. Cristo se entregó por nosotros.

Y el pueblo prosigue, aclamando:

Salvador del mundo, sálvanos,

tú que nos has liberado por tu cruz y resurrección

Después el Cardenal, con las manos extendidas, dice:

CC Por eso, Padre,

al celebrar ahora el memorial

de la pasión salvadora de tu Hijo,

de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa,

te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.

Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima

por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad,

para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo,

formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.

C1 Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad

junto con tus elegidos:

con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José,

los apóstoles y los mártires,

[san N.: Santo del día o patrono]

y todos los santos, por cuya intercesión

confiamos obtener siempre tu ayuda.

C2 Te pedimos, Padre,

que esta Víctima de reconciliación

traiga la paz y la salvación al mundo entero.

Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra:

a tu servidor, el Papa Francisco,

a nuestro Arzobispo Cardenal Baltazar Enrique, Reúne en torno a ti, Padre misericordioso,

a todos tus hijos dispersos por el mundo.

C3 A nuestros hermanos difuntos

y a cuantos murieron en tu amistad recíbelos en tu reino,

donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria,

Junta las manos.

Por Cristo, Señor nuestro,

por quien concedes al mundo todos los bienes.

Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:

Por Cristo, con él y en él,

a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria

por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:

Amén.

RITO DE LA COMUNIÓN

Una vez dejado el cáliz y la patena, el Cardenal, con las manos juntas, dice:

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado;

digamos con fe y esperanza:

Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

El Cardenal, con las manos extendidas, prosigue él solo:

Líbranos de todos los males, Padre,

y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado

y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Junta las manos.

El pueblo concluye la oración, aclamando:

Tuyo es el reino,

tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el Cardenal, con las manos extendidas, dice en voz alta:

Señor Jesucristo,

que dijiste a tus apóstoles:

"La paz les dejo, mi paz les doy",

no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia

y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.

Junta las manos.

Tú que vives y reinas

por los siglos de los siglos.

El pueblo responde:

Amén.

El Cardenal, extendiendo y juntando las manos, añade:

La paz del Señor esté siempre con ustedes.

El pueblo responde:

Y con tu espíritu.

Luego, el diácono o en su defecto el mismo Cardenal añade:

En Cristo que nos ha hecho hermanos con su cruz, dense la paz como signo de reconciliación.

Y todos, según la costumbre del lugar, se dan la paz.

Después, el Cardenal, toma el pan consagrado, lo parte sobre la patena, y deja caer una parte del mismo en el cáliz, diciendo en secreto:

El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz,

sean para nosotros alimento de vida eterna.

Mientras tanto se canta:

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,

danos la paz.

A continuación, el Cardenal, con las manos juntas, dice en secreto la siguiente oración:

Señor Jesucristo, que la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación,

sino que, por tu piedad,

me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable.

El Cardenal hace genuflexión., toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:

Éste es el Cordero de Dios,

que quita el pecado del mundo.

Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Y, juntamente con el pueblo, añade:

Señor, no soy digno

de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

El Cardenal dice en secreto:

El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna.

Y comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo. Después toma el cáliz y dice en secreto:

La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna.

Y bebe reverentemente la Sangre de Cristo.

Cuando el Cardenal comulga el Cuerpo de Cristo, comienza el canto de comunión

El diácono y los ministros que distribuyen la Eucaristía observan los mismos ritos. Si se comulga bajo las dos especies, se observa el rito descrito en su lugar. Cuando el sacerdote comulga el Cuerpo de Cristo, comienza el canto de comunión.

Acabada la comunión, el diácono, el acólito, o el mismo sacerdote, purifica la patena sobre el cáliz y también el mismo cáliz, a no ser que se prefiera purificarlo en la credencia después de la misa. Si el sacerdote hace la purificación, dice en secreto:

Haz, Señor,

que recibamos con un corazón limpio el alimento que acabamos de tomar,

y que el don que nos haces en esta vida nos sirva para la eterna.

Después el Cardenal puede ir a la sede. Si se juzga oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Luego, de pie en la Catedra, el Cardenal dice:

Oremos

Y todos, junto con el Cardenal oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.

T  

e pedimos Señor, Dios todopoderoso, que, alimentados por tus sacramentos,

merezcamos convertirnos en buen olor de Cristo. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

Todos responden:

Amen.

BENDICIÓN APOSTÓLICA

En este momento se hacen, si es necesario y con brevedad, los oportunos anuncios o advertencias al pueblo. El Cardenal se sienta en la sede mientras que el maestro de ceremonia le coloca la mitra; mientras tanto el Diacono invita al pueblo a recibir la bendición Apostólica:

Su Eminencia Reverendísima Baltazar Enrique Cardenal Porras Cardozo, por voluntad de Dios y de la Sede Apostólica, Arzobispo de esta Iglesia de Mérida, en nombre del Romano Pontífice dará la bendición con indulgencia plenaria a todos los aquí presentes que estén verdaderamente arrepentidos, se hayan confesado y recibido la Sagrada Comunión.

Rueguen a Dios por el Santo Padre el Papa Francisco, por nuestro Cardenal Baltazar Enrique y por la santa madre Iglesia, y hagan el esfuerzo por permanecer en plena comunión con ella y en santidad de vida.

El Cardenal con Mitra extiende las manos sobre el pueblo dice:

El Señor este con ustedes.

El pueblo responde:

Y con tu Espíritu.

El Cardenal con las manos extendidas hacia el pueblo dice:

Por las suplicas y los méritos

de la bienaventurada Santa María Virgen, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo,

y de todos los Santos,

Dios omnipotente y misericordioso

les conceda tiempo de verdadera y fructuosa penitencia, corazón arrepentido

y perseverancia en el buen obrar, y perdonados todos sus pecados los conduzca a la vida eterna.

El pueblo responde:

Amen.

El Maestro de Ceremonia le entrega el Báculo y enseguida el Cardenal bendice al pueblo, diciendo:

Por la Intercesión de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, los bendiga Dios todopoderoso, † Padre, † Hijo y † Espíritu Santo.

El pueblo aclama:

Amén.

Luego el diácono, o el mismo Cardenal, con las manos juntas, despide al pueblo con una de las fórmulas siguientes:

La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Pueden ir en paz.

El pueblo responde:

Demos gracias a Dios.

El Cardenal junto con los demás con-celebrantes, besan con veneración el altar, como al comienzo, y hecha la debida reverencia se retiran a la sacristía, mientras se entona el canto de despedida.

Se procede entonces a realizar la entrega de la ofrenda “Campaña Compartir” y distribuir los Santos Oleos entre las comunidades parroquiales asistentes.

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    1 Comentarios

  1. Gracias y alabanzas a Nuestro Padre Celestial por las benditas vocaciones sacerdotales, religiosas, laicales. Que la vocación universal a la SANTIDAD, nos haga renacer y reconfortar el Reino de Dios tan herido en este siglo. Bendiciones y gracias a los sacerdotes. Paz, Sabiduría, Fortaleza y Alegría.

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