Turquía ya cuenta con un obispo autóctono

Camino y Oración
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«Recuerdo con gratitud cuando recibía mi salario semanal y corría a comprar pan o huevos». Antuan Ilgit tenía entonces 7 años. Para ayudar en casa trabajaba en una tienda de Mersin, al sur de Turquía. Había nacido en 1972 en Alemania, donde sus padres emigraron, «como muchos otros turcos, con la esperanza de una vida más digna». Pero ya apenas recuerda el país porque la nostalgia ganó la batalla y, cuando él tenía 5 años, la familia regresó a Turquía. El padre puso en marcha una pequeña fábrica de plásticos, pero empezó a beber. «Lo perdió todo» y tuvo que hacerse pescador.

De niño y adolescente «me cuestionaba mucho sobre la pobreza de mi familia a pesar de tantos esfuerzos», confiesa. Con el tiempo, ha visto que «esta experiencia me ayuda a comprender mejor a los inmigrantes, a los jóvenes que se enfrentan a la precariedad y a los que sufren alcoholismo»; un aprendizaje que, como «hombre de fe», atribuye a «la Providencia». Porque Antuan se convirtió al catolicismo a los 25 años, se ordenó sacerdote y el pasado sábado fue el primer turco en convertirse en obispo, en una celebración en la que participaron los patriarcas ecuménico y armenio de Constantinopla. Es el nuevo auxiliar del vicariato apostólico de Anatolia; es decir, de media Turquía.

País

Población:

83,6 millones de habitantes

Religión:

Musulmanes, 99,8 %, y cristianos 0,3 % (unos 250.000)

El detonante de este cambio fue el cáncer de mama que sufrió su madre. No se lo trataron porque no tenían cobertura sanitaria. Siempre inquieto, «me preguntaba sobre esta injusticia social y sobre el sufrimiento». Empezó a frecuentar la mezquita y a hablar con un imán. «Trató de disuadirme para que no hiciera muchas preguntas y aceptara la enfermedad de mi madre como parte del plan de Alá. Esas respuestas prefabricadas no me convencieron». Siempre buscando la verdad, pasó por el judaísmo y por el protestantismo, hasta llegar a la Iglesia católica. En el abajamiento de Jesucristo, muerto y resucitado, «encontré todas las respuestas sobre el sentido de la vida, de la enfermedad y del sufrimiento». Se enfrentó a algunas resistencias, más «socioculturales» que religiosas. Pero está orgulloso de ser «un turco cristiano». La misma búsqueda que lo guió a la Iglesia lo llevó a ingresar en la Compañía de Jesús en 2005 en Génova (Italia) y a «ser sacerdote para ayudar a los pobres». Luego, a estudiar bioética en Italia y en Estados Unidos con el objetivo de «profundizar en cuestiones sobre la vida y la muerte» y llevar a Dios a los demás por medio de ellas.

Una gran búsqueda de Dios

En 2024 volvió a Turquía. Al año siguiente lo nombraron vicario general en la circunscripción de Anatolia. Como único sacerdote turco, se ha relacionado bastante con las autoridades, en las que «solo he encontrado acogida y apertura». De hecho, afirma que «en las últimas décadas las comunidades cristianas en Turquía se han beneficiado de una mayor libertad»: han recuperado propiedades confiscadas y a la Iglesia siriaca ortodoxa se le permitió construir un templo en Estambul. «Las buenas relaciones son muy importantes y siempre hay que desarrollarlas», apunta. También de cara a «vendar las heridas de las víctimas del terremoto» del pasado 6 de febrero, en medio de «mucha precariedad por la crisis económica» y de la inquietud por «las noticias de guerra de los países de nuestro entorno».

Ilgit (con polo verde y gorra) durante un viaje con jóvenes católicos
Ilgit (con polo verde y gorra) durante un viaje con jóvenes católicos. Foto cedida por Antuan Ilgit.

En estas circunstancias, «transmitir fe, esperanza y caridad, predicar el amor fiel de Dios, promover la paz y la armonía es un verdadero desafío». Pero al mismo tiempo constata que «hay una gran búsqueda de Dios». Como obispo auxiliar, Ilgit seguirá dedicándose a la que ha sido su gran labor hasta ahora: los jóvenes. Disfruta con ellos porque, como le pasó a él, «se hacen preguntas importantes y les faltan interlocutores». Ya ha organizado varios encuentros para jóvenes católicos locales, refugiados cristianos y estudiantes africanos. «Ellos, que viven en contextos predominantemente musulmanes, en estos encuentros se sienten libres». Además, «si estamos con ellos sin pretensiones lo perciben, nos acogen y poco a poco se abren». En la JMJ de Lisboa, «a menudo eran ellos los que me sugerían rezar». Sueña con que de este pequeño rebaño surjan vocaciones. «La Iglesia de Turquía está agradecida a muchos extranjeros que la han servido con gran generosidad. Pero necesitamos un clero turco». Reconoce que «una de mis mayores preocupaciones son esas parroquias sin sacerdotes, sin monjas» porque a las congregaciones tradicionales cada vez les cuesta más enviarlos.

Pero su labor con jóvenes no se limita a los cristianos. Hay otros, «especialmente los universitarios, que en busca de la verdad llaman a nuestras puertas» o contactan con él en las redes sociales. «En la medida de lo posible les doy la bienvenida, los escucho. Si vuelven, les digo quién es el Señor para mí. Entonces es Él quien obra. A mí me corresponde acompañarlos».

Claves

  • En 2024 fue traductor entre el Papa y el presidente Erdogan, una experiencia que expresa su deseo de «ser puente entre la Iglesia y mi país».
  • 3,3 millones siguen desplazados tras el seísmo de febrero. «Las ciudades retoman la vida lentamente».
  • Su lema es Bajo tu amparo. Además de su devoción a María, lo ha elegido porque «también es venerada en el islam. Tengo fe en que ella me acompañará».



2023-12-01 02:19:00 María Martínez López Turquía ya cuenta con un obispo autóctono

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