RECUERDOS DE MONS. ANTONIO JOSÉ LOPEZ CASTILLO,ANTONIO JOSE LOPEZ CASTILLO




Corre el mes de septiembre de 1957. Muy pronto el cuatro de octubre se lanzaría el primer Sputnik . Empezaba la carrera espacial. Empezaba también mi primera experiencia de trabajo en los seminarios. No eran sino 12 alumnos en el Seminario Menor de Maracaibo. Se ordenaron dos. No está mal. Jóvenes soñadores llegaron a ordenarse como sacerdotes y uno de ellos Antonio José llegó a ser arzobispo. .Menudo y pequeñito, estaba en quinto grado y decía que era del Moján. Recién llegado a Maracaibo, yo no tenía ni idea de esa población. El otro es el Padre Severein que ha sido canciller durante un tiempo.
Después se uniría a nuestro territorio conocido El Moján, Paraguaipoa, la isla de Toas, Sinamaica y otras. Con el paso de los primeros días fui conociendo el ambiente y me fui acostumbrando a eso que llaman calor en las tierras marabinas; el edificio del Seminario era viejo y destartalado. Vivir allí era una prueba difícil tanto para los formadores como para los seminaristas. No había ni un aire acondicionado. No era fácil pasar de Bogotá a Maracaibo y acostumbrarse. Agradezco una vez más al obispo auxiliar de Maracaibo convertido en Administrador Apostólico José Alí Lebrun el empeño que puso para que se terminara para el año siguiente el actual y moderno edificio. Allá estaba de Rector el Padre Marcos Evangelista Gelves, sacerdote Eudista. En mi primer encuentro con él, ya había oído hablar de su rectitud y de su exigente disciplina, que yo encontré mezclada con una bondad de santo. Y allí, en el grupo de seminaristas, estaba mi muy apreciado alumno Antonio José López Castillo.
Me fui haciendo amigo de ese niño cuyos padres eran la bondad ambulante; ellos tenían una pequeña granja agrícola en el Moján y a esa granja la visitábamos cada vez que íbamos a la playa. Era visita frecuente porque todos los seminaristas, yo no sé cómo, cabían en una camionetica.
Siempre que íbamos a la playa entrábamos a la casa de Antonio José. Nos regalaban dos o tres gallinas para el Seminario, que nos caían muy bien, porque como éramos pocos, nos tocaba a cada uno senda presa.
Estuve un año trabajando en Maracaibo y allá me tocó vivir la alegría del 23 de enero. Luego me regresé a Bogotá a estudiar La Teología. Por cierto ese año de 1959, el 25 de enero, el Papa Juan XXIII convocó el concilio Vaticano II. El curso de Teología (59-62) nadaba entre dos aguas… la tradición y la incertidumbre de lo que iría a pasar.
Había un sacerdote profesor que criticaba fuertemente un libro llamado LA LEY DE CRISTO. Yo, intrigado en conocer más a fondo sobre el tema, fui y lo compré casi que inmediatamente en una librería alemana en La Avenida Jiménez de Quesada de Bogotá . Su autor era Bernardo Haring.
Mientras yo estaba en Teología, Antonio José, a quien todavía no se conocía como Chepito, pasó al Seminario de Caracas. Allá lo volví a encontrar. Se ordenó de sacerdote y empezó a trabajar con el gran patriarca de occidente Domingo Roa Pérez. Antonio José sería su vicario general y luego su obispo auxiliar. Como habías sido mi primer alumno que llegó a ser nombrado obispo, lo escogí para que fuera uno de mis Consagrantes. Y cuando cumplí mis bodas de oro sacerdotales le pedí que hiciera la homilía. Mis demás hermanos obispos y hasta el Nuncio de la época me acompañaron en la Misa celebrada en la capilla de la Conferencia Episcopal Venezolana. Le agradezco sus palabras tan sencillas y llenas de cariño. Creo que la gratitud y afecto nos hermanaba en una franca amistad.
Recordábamos con frecuencia al Padre Gelves, al Padre Cabaret , al actual emérito Nicolás Bermúdez, los paseos a Paraguaipoa y a la playa . Cuando se deterioró la salud de Chepito lo sentí hondamente porque era una amistad entrañable. A mi hermano Antonio José tocayo suyo le produjo un gran duelo la noticia de su partida pues se tenían especial confianza.
Le pido a mi hermano obispo Antonio José López Castillo que interceda por mí ante Dios para para que tenga siempre espíritu de gratitud. Son tantos los bienes derramados sobre este emérito que todavía tiene entusiasmo y alegría para el trabajo pastoral. Un día todos nos encontraremos en el cielo junto al Padre , al Hijo y al Espíritu Santo y en la presencia de La Chinita a quien tanto amó el apreciado Chepito. Descanse en paz.
Luis Alfonso Márquez Molina. Obispo Auxiliar emérito de Mérida.
San Cristóbal 20 de julio de 2021

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