HOMILÍA DE EUCARISTÍA CON LOS MIEMBROS DE LA VIDACONSAGRADA POR LOS 25 AÑOS DE LA CONVER

Mis queridos religiosos y religiosas.

A todos gracia y paz de parte de Dios Padre y de Jesús el Señor. Es motivo de alegría que podamos celebrar esta eucaristía dominical para elevar a Dios nuestra acción de gracias, por el hermoso trabajo que Conver, a lo largo de sus veinticinco años de existencia, ha llevado adelante en nuestra iglesia venezolana.

La misión de la Conver continúa siendo un desafío permanente: acompañar a la Vida Consagrada y fortalecer su identidad mediante la reflexión y la articulación de los Carismas, en el compromiso de hacer vida el Evangelio en comunión eclesial, para generar nuevas respuestas a las realidades que afronta el país.

Dichas palabras sonarían a un simple sueño, para no decir utopía, pero es el Espíritu del resucitado el que hace que se vayan alcanzando metas y logros que vayan perfilando el rostro del reino de Dios en nuestra comunidad eclesial.
Considero que el evangelio de este domingo vigésimo sexto del tiempo ordinario nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre qué sendero andamos en nuestra vida religiosa. Jesús nos presenta una parábola que no requiere grandes explicaciones por lo sencilla y diáfana que es ante nuestros ojos.

Él nos narra que un padre tiene dos hijos y les pide a ambos que vayan a trabajar en su viña; uno le dice que va ir, pero al final no hace caso a su padre; el otro de entrada le dice a su padre que no, pero después de pensarlo bien acude a la viña de su padre y trabaja toda la jornada.

La lección que nos deja la parábola es muy clara, ante Dios lo decisivo no son las simples palabras, o razones, o ideas, sino las obras, los hechos, nuestras actuaciones. Jesús es incisivo cuando le dice a los sumos sacerdotes
y a los ancianos del pueblo de Israel, es decir, a los expertos en religión de su pueblo, que: los publicanos y las prostitutas van por delante de ellos en el Reino de Dios. ¿Y por qué les dice Jesús esas palabras tan duras? La
respuesta es muy sencilla, sumos sacerdotes, los ancianos, los fariseos, dicen sí a la voluntad de Dios, pero su religiosidad acaba siendo una rutina, y Dios ya no los inquieta. Y Jesús les recuerda que: “vino Juan a ustedes
enseñándoles el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, ustedes no se arrepintieron ni le creyeron” (Mt 21,31-32).

La lección que le da Jesús a los sacerdotes y ancianos de su tiempo, también nos la da a nosotros hoy. Somos religiosos, religiosas, personas que nos llamamos consagradas, pero ¿existe de verdad una coherencia en
nuestras vidas? ¿Cuántas veces no hemos hecho de nuestra consagración algo rutinario? Misa diaria, rezo del oficio divino, llenamos nuestras bocas con oraciones, cantos y jaculatorias a Dios, a la Virgen, nuestros santos fundadores, etc.; sin embargo, nuestros corazones no son tocados por la fuerza del Espíritu de Dios que los lleve a una verdadera conversión, a un verdadero cambio de vida.

El evangelio de este domingo nos pide, nos exige coherencia de vida; cuando somos incoherentes suscitamos escándalo porque damos un anti testimonio a quienes no creen, y a los creen también. No es sólo serconsagrado, sino vivir como consagrado.

Y para vivir con coherencia nuestra consagración es necesaria la oración, porque la coherencia en la vida consagrada es un don de Dios. Es un don que debemos esforzarnos por pedir: “Señor, que tu Espíritu de vida, haga de mi vida una unidad entre lo que profeso y lo que hago en mi cotidianidad; que yo no sea escándalo para nadie. Que sea una persona que piense como consagrado, que sienta como consagrado y que actúe como consagrado”.

La coherencia y la conversión son dos caras de una misma moneda; son dos principios que sustentan y mantienen nuestra vida consagrada. La coherencia, a mi modo de ver, no es otra cosa que beber continuamente del manantial del Evangelio, de la Palabra de Dios. Nuestro mayor enemigo será siempre el estancamiento. La acomodación a la rutina; el dejarse llevar por los vientos que más soplan; el conformarse con ser “un religioso, una
religiosa normal”; es decir, ser, como me dijo una vez alguien; como la mayoría de las personas. Quien se estanque perdió la batalla.

Decía San Agustín: “No encontramos a Dios, porque no lo deseamos. Hay una oración que no cesa nunca: Es el deseo. No interrumpas, pues, tu deseo y no interrumpirás tu oración. Mantén vivo tu deseo: tu deseo continuado es tu oración ininterrumpida”. (In Ps. 37, 14). “El deseo es el seno del corazón. Poseeremos a Dios si ensanchamos nuestro deseo cuanto podamos” (Tr. in Io.,40,10). Allí está la clave de nuestra felicidad el deseo por Dios, seamos fieles y seremos felices.

Quisiera que no olvidásemos que hay hombres y mujeres por nuestras calles que no visitan nuestros templos, que no llevan quizá una vida tan moral, que no hablan de Dios, ni sobre Dios con nadie, pero que en sus corazones hay un verdadero deseo por el bien; se dejan inspirar por el Espíritu de Dios para saber estar al lado de los que sufren, sentir compasión por sus prójimos y hacer, sin saberlo, de los valores del evangelio la norma de sus vidas.

Repito nuevamente que la palabra de Dios, en este domingo, nos debe hacer reflexionar mucho, es más, nos debe impactar a todos profundamente. Alguno podría decirme que por todo lo que he dicho se desprende que en la vida religiosa sólo hay incoherencia No, no es así; nos alienta el ver también religiosos y religiosas que viven y trabajan en unidad de vida con Jesús y la causa del Reino de Dios.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos escrito y predicado mucha doctrina sobre Dios, muchas normas morales, muchas pautas para hacer esto o aquello, sin embrago no olvidemos que la verdadera voluntad de nuestro Padre Dios la cumplen los hombres y mujeres que traducen en hechos, en obras concretas, el Evangelio de Jesús.

Hoy más que nunca la Conver debe empeñarse en animarnos a todos los religiosos y religiosas a llevar una Vida Consagrada articulada en Cristo Resucitado, presente y comprometida con nuestro pueblo; Conver debe ayudarnos a recrear en nuestras vidas ese querer, ese ardor, por vivir ya en el aquí y en el ahora, la realidad que soñamos poseer en plenitud, cuando estemos cara a cara con Jesús, nuestro único Señor.

Agradecemos al Señor por todo el trabajo que realiza la Conver; felicitamos de corazón a su directiva, y desde Mérida queremos seguir caminando con la Conver, dando testimonio de nuestra consagración.

Pidámosle, pues, a Jesús que nos enseñe a cumplir la voluntad del Padre bueno que nos ama; que su Espíritu nos anime, y que podamos hacer realidad entre nosotros el tan soñado reino de Dios. Que así sea.

Mons. Helizandro Terán OSA
Arzobispo Metropolitano de Mérida

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